
Mientras muchas jóvenes aspiran a vivir en un mundo de glamour y ensueño, las que llegan a la cúspide de la belleza y la admiración sólo piensan en abandonar este mundo fabricado de ilusiones vacías.
Las supermodelos son seres de otro planeta. Este término, acuñado en la década de los 80’s, se le atribuye a Janice Dickinson –una de sus mejores representantes– para intentar una aproximación a esas mujeres altísimas, de cuerpos perfectos y lindos rostros, que muchas veces no es posible en la realidad. Cuenta la anécdota que su mánager, preocupada por la carga de trabajo que Janice tenía en el pináculo de su carrera, le dijo: “Tú no eres Superman”. A lo que ella, suelta de huesos, le respondió: “No soy Superman, soy una supermodelo”.
Algunas matarían, literalmente, por ser como una de ellas. Pero otras, dejarían este mundo antes de tiempo por dejar de ser lo que eran: objetos del deseo. Como Ruslana Korshunova, que de camarera de pub de una ex república soviética había acaparado la portada de la Biblia del fashion business, Vogue, se tirara por la ventana de su departamento en el noveno piso de un edificio de Manhattan. La veinteañera escribió en su blog poco antes de morir: “Estoy tan perdida. ¿Me encontraré a mí misma alguna vez?”.
Esa misma desolación fue la que empujó a la colombiana Lina Marulanda a encerrarse en su habitación y caer del balcón al vacío. Mientras tanto, en la sala de su apartamento conversaban sus padres, su ex esposo y un médico sobre cómo ayudarla a salir de la crisis emocional que la afectaba. “Locura depresiva y sobretrabajo, cuanto más gano más sola estoy. Soy como un fantasma”, posteó Daul Kim antes de ahorcarse en su departamento de París. Un amigo descubrió el cuerpo de la surcoreana que había sido una de las favoritas de Chanel.
Lo mismo ocurrió con una modelo británica que había cambiado las pasarelas por la pantalla grande. Dos días antes de cumplir 29 años, Lucy Gordon, una de las protagonistas de Spiderman 3, puso fin a sus días en su piso en la capital francesa. Su novio irrumpió en una tienda, clamando a gritos por ayuda, pero ya era demasiado tarde. Al margen, existen otras formas de suicidio, lentas y dolorosas, que van borrando cualquier rastro de felicidad hasta que no queda otra salida que el abismo. Como las que empiezan y terminan con una jeringa cargada de heroína.
Estrella fugaz
Gia Marie Carangi nació el 29 de enero de 1960 en un suburbio de Filadelfia, Estados Unidos. Era la niña de los ojos del matrimonio conformado por Joe, un pequeño empresario, y Kathleen, una ex modelo de catálogos. La felicidad duró poco, ya que el ambiente familiar era tenso. Su hermano, Michael, recordó en una entrevista para E! True Hollywood Story: “Gia y yo solíamos sentarnos en las escaleras todas las noches y escuchar cómo discutían, lo odiábamos”. El divorcio era inminente. Gia, que era muy cercana a su madre, sufrió muchísimo cuando esta los abandonó a su suerte.
Musicalmente hablando, el disco era el rey indiscutible de las pistas de baile de los años 70’s. Sin embargo, fue en otros géneros más oscuros como el glam rock y el punk en los que la adolescente Gia encontró refugio a su soledad. La escasa atención que le dio su padre contribuyó decisivamente a forjar ese carácter rebelde y temerario que fascinaría al mundo de la moda años después. The Bowie Kids, grupo que rendía culto al andrógino intérprete de Modern Love, acercó a Gia a sus primeras experiencias con el alcohol, las pastillas, la marihuana y las relaciones bisexuales.
Con 17 años a cuestas, había desarrollado una figura perfecta. Su madre, creyendo que el modelaje podría cambiar la personalidad conflictiva de su hija, la impulsó a seguir ese camino. Y fue así como Maurice Tannenbaum, un estilista y aspirante a fotógrafo, la descubrió. “La vi una noche en un club. Estaba fascinado por la idea de que quería fotografiarla, y que ella quería ser fotografiada. Tenía una belleza pura”, contó. Luego, envió las fotografías a Wihelmina Cooper, que dirigía una de las agencias de modelos más importantes de Nueva York. Quería conocerla personalmente.
La Gran Manzana recibió a Gia en 1978 y la envolvió en su vertiginosidad. Con un contrato con Wihelmina Models bajo el brazo, esta descendiente de italianos, que vestía jeans rotos y casaca de cuero, supo abrirse paso en una industria dominada por las rubias glamorosas y ojiverdes. Así, llegó a trabajar con fotógrafos de la talla de Richard Avedon, Francesco Scavullo, Arthur Elgort y Chris Von Wangenheim. Precisamente, con este último trabajó su primer gran reportaje para Vogue. Una vez terminado, le pidió que se quedara para hacerle unas tomas más conceptuales.
Von Wangenheim también invitó a la conocida maquilladora Sandy Linter a unirse a la sesión, que posteriormente bautizaría como The girl behind the fence. Ambas se quitaron la ropa y posaron desnudas en un alambrado para el lente del artista gráfico. Este encuentro despertó en ellas una mutua atracción, que las condujo a un tórrido romance. “Era el tipo de persona, y todos los que la conocieron lo sabían, que si se aparecía en tu puerta y entraba a tu departamento, inevitablemente entraba a tu vida. Así era ella”, detalló, en una entrevista brindada a la cadena ABC.
Infierno personal
Para mala suerte de Gia, que creía haber encontrado cierta estabilidad emocional en una época convulsa y frívola, su relación con Sandy no sobrevivió más allá de un año. Esto, aunado a la inesperada muerte de su mentora y amiga, Wihelmina Cooper, en 1980, la sumió en una profunda depresión de la que nunca consiguió librarse. Mientras la cocaína, la droga chic del momento, que consumía eventualmente en sus salidas nocturnas a Studio 54 y The Mudd Club, fue reemplazada por otra vía de escape, más destructiva que la anterior: la heroína.
Al poco tiempo, nada quedaba de aquella chica vivaz y ocurrente que había sido la engreída de las revistas Vogue, Cosmopolitan, Harper’s Bazaar y Glamour, así como de diseñadores top como Giorgio Armani, Christian Dior, Yves Saint Laurent y Gianni Versace. Ni el maquillaje podía disimular las horribles marcas que en sus brazos habían dejado las inyecciones de heroína, no menos evidente que su demacrado y amarillento semblante. Su adicción la llevó a gastar toda su fortuna en ese polvo marrón, incluso a prostituirse en los bajos fondos de Atlantic City para poder comprarla.
El inicio de la década de los 80’s coincidió con la expansión de un nuevo y mortal virus: el sida. Gia, quien alguna vez ganara US$ 10 mil dólares por sesión, finalmente se declaró indigente para poder acceder a un programa de rehabilitación en el Hospital Eagleville de Pennsylvania. Si bien lo llegó a completar, tres meses después regresó a su natal Filadelfia, robó dinero a su madre y volvió a las andadas. Por un cuadro de neumonía, es internada y los análisis concluyeron que la enfermedad era generada por el VIH. Su muerte era inevitable.
Un 18 de noviembre de 1986, a las 10 de la mañana, Gia falleció a los 26 años de edad. Su madre, que había permanecido día y noche a su lado, velaba por ella como no lo había hecho muchos años atrás. El 23 de noviembre se realizó su funeral, al cual sólo asistieron familiares. Nadie de la industria de la moda se hizo presente, salvo Francesco Scavullo, que envío una tarjeta de condolencias unas semanas después de enterarse de su partida.
Algunas matarían, literalmente, por ser como una de ellas. Pero otras, dejarían este mundo antes de tiempo por dejar de ser lo que eran: objetos del deseo. Como Ruslana Korshunova, que de camarera de pub de una ex república soviética había acaparado la portada de la Biblia del fashion business, Vogue, se tirara por la ventana de su departamento en el noveno piso de un edificio de Manhattan. La veinteañera escribió en su blog poco antes de morir: “Estoy tan perdida. ¿Me encontraré a mí misma alguna vez?”.
Esa misma desolación fue la que empujó a la colombiana Lina Marulanda a encerrarse en su habitación y caer del balcón al vacío. Mientras tanto, en la sala de su apartamento conversaban sus padres, su ex esposo y un médico sobre cómo ayudarla a salir de la crisis emocional que la afectaba. “Locura depresiva y sobretrabajo, cuanto más gano más sola estoy. Soy como un fantasma”, posteó Daul Kim antes de ahorcarse en su departamento de París. Un amigo descubrió el cuerpo de la surcoreana que había sido una de las favoritas de Chanel.
Lo mismo ocurrió con una modelo británica que había cambiado las pasarelas por la pantalla grande. Dos días antes de cumplir 29 años, Lucy Gordon, una de las protagonistas de Spiderman 3, puso fin a sus días en su piso en la capital francesa. Su novio irrumpió en una tienda, clamando a gritos por ayuda, pero ya era demasiado tarde. Al margen, existen otras formas de suicidio, lentas y dolorosas, que van borrando cualquier rastro de felicidad hasta que no queda otra salida que el abismo. Como las que empiezan y terminan con una jeringa cargada de heroína.
Estrella fugaz
Gia Marie Carangi nació el 29 de enero de 1960 en un suburbio de Filadelfia, Estados Unidos. Era la niña de los ojos del matrimonio conformado por Joe, un pequeño empresario, y Kathleen, una ex modelo de catálogos. La felicidad duró poco, ya que el ambiente familiar era tenso. Su hermano, Michael, recordó en una entrevista para E! True Hollywood Story: “Gia y yo solíamos sentarnos en las escaleras todas las noches y escuchar cómo discutían, lo odiábamos”. El divorcio era inminente. Gia, que era muy cercana a su madre, sufrió muchísimo cuando esta los abandonó a su suerte.
Musicalmente hablando, el disco era el rey indiscutible de las pistas de baile de los años 70’s. Sin embargo, fue en otros géneros más oscuros como el glam rock y el punk en los que la adolescente Gia encontró refugio a su soledad. La escasa atención que le dio su padre contribuyó decisivamente a forjar ese carácter rebelde y temerario que fascinaría al mundo de la moda años después. The Bowie Kids, grupo que rendía culto al andrógino intérprete de Modern Love, acercó a Gia a sus primeras experiencias con el alcohol, las pastillas, la marihuana y las relaciones bisexuales.
Con 17 años a cuestas, había desarrollado una figura perfecta. Su madre, creyendo que el modelaje podría cambiar la personalidad conflictiva de su hija, la impulsó a seguir ese camino. Y fue así como Maurice Tannenbaum, un estilista y aspirante a fotógrafo, la descubrió. “La vi una noche en un club. Estaba fascinado por la idea de que quería fotografiarla, y que ella quería ser fotografiada. Tenía una belleza pura”, contó. Luego, envió las fotografías a Wihelmina Cooper, que dirigía una de las agencias de modelos más importantes de Nueva York. Quería conocerla personalmente.
La Gran Manzana recibió a Gia en 1978 y la envolvió en su vertiginosidad. Con un contrato con Wihelmina Models bajo el brazo, esta descendiente de italianos, que vestía jeans rotos y casaca de cuero, supo abrirse paso en una industria dominada por las rubias glamorosas y ojiverdes. Así, llegó a trabajar con fotógrafos de la talla de Richard Avedon, Francesco Scavullo, Arthur Elgort y Chris Von Wangenheim. Precisamente, con este último trabajó su primer gran reportaje para Vogue. Una vez terminado, le pidió que se quedara para hacerle unas tomas más conceptuales.
Von Wangenheim también invitó a la conocida maquilladora Sandy Linter a unirse a la sesión, que posteriormente bautizaría como The girl behind the fence. Ambas se quitaron la ropa y posaron desnudas en un alambrado para el lente del artista gráfico. Este encuentro despertó en ellas una mutua atracción, que las condujo a un tórrido romance. “Era el tipo de persona, y todos los que la conocieron lo sabían, que si se aparecía en tu puerta y entraba a tu departamento, inevitablemente entraba a tu vida. Así era ella”, detalló, en una entrevista brindada a la cadena ABC.
Infierno personal
Para mala suerte de Gia, que creía haber encontrado cierta estabilidad emocional en una época convulsa y frívola, su relación con Sandy no sobrevivió más allá de un año. Esto, aunado a la inesperada muerte de su mentora y amiga, Wihelmina Cooper, en 1980, la sumió en una profunda depresión de la que nunca consiguió librarse. Mientras la cocaína, la droga chic del momento, que consumía eventualmente en sus salidas nocturnas a Studio 54 y The Mudd Club, fue reemplazada por otra vía de escape, más destructiva que la anterior: la heroína.
Al poco tiempo, nada quedaba de aquella chica vivaz y ocurrente que había sido la engreída de las revistas Vogue, Cosmopolitan, Harper’s Bazaar y Glamour, así como de diseñadores top como Giorgio Armani, Christian Dior, Yves Saint Laurent y Gianni Versace. Ni el maquillaje podía disimular las horribles marcas que en sus brazos habían dejado las inyecciones de heroína, no menos evidente que su demacrado y amarillento semblante. Su adicción la llevó a gastar toda su fortuna en ese polvo marrón, incluso a prostituirse en los bajos fondos de Atlantic City para poder comprarla.
El inicio de la década de los 80’s coincidió con la expansión de un nuevo y mortal virus: el sida. Gia, quien alguna vez ganara US$ 10 mil dólares por sesión, finalmente se declaró indigente para poder acceder a un programa de rehabilitación en el Hospital Eagleville de Pennsylvania. Si bien lo llegó a completar, tres meses después regresó a su natal Filadelfia, robó dinero a su madre y volvió a las andadas. Por un cuadro de neumonía, es internada y los análisis concluyeron que la enfermedad era generada por el VIH. Su muerte era inevitable.
Un 18 de noviembre de 1986, a las 10 de la mañana, Gia falleció a los 26 años de edad. Su madre, que había permanecido día y noche a su lado, velaba por ella como no lo había hecho muchos años atrás. El 23 de noviembre se realizó su funeral, al cual sólo asistieron familiares. Nadie de la industria de la moda se hizo presente, salvo Francesco Scavullo, que envío una tarjeta de condolencias unas semanas después de enterarse de su partida.
Septiembre 2010
3 comentarios:
En verdad tienes razón, hay tantas jóvenes (confieso que alguna vez lo soñé también) que darían todo por ser tan hermosas como ellas, pero el dinero no lo es todo, y a veces la soledad te mata más que nada.
Esto fue un golpe directo a mi orgullo Y-Y, pero creo que tienes razon, aun que pienso que el hecho de que todas las chicas queremos ser hermosas como ellas, en verdad solo queremos llamar la atencion y que se den cuenta de nuestra presencia, claro que el factor de la moda influye mucho, espero que este festival me distraiga un poco, por cierto alguien puede ayudarme, no encuentro quien canta la cancion oficial de corso primaveral de este año, ESTE en el blog, solo aparece la cancion para descargar, alguien? ayudeme... y-Y
Una triste realidad que no se lo deseo a nadie en este mundo contradictorio.
Saludos...
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