sábado 28 de febrero de 2009

El Teatro en Llamas


¿Qué ocurre cuando el azar, la distracción y el descuido de un proyectista pueden más que el goce de los espectadores?

Armando Orozco manejaba el proyector sin mayores dificultades. Sus manos callosas y manchadas de grasa, eran la mejor prueba de su trabajo como técnico; con ellas se aseguraba que el aparato estuviera funcionando correctamente. Cerca de la once y media de la calurosa noche del 21 de febrero de 1910, el Teatro Municipal de Trujillo ofrecía su última función. Orozco estaba de pie, oculto en un rincón oscuro, próximo al palco número siete. Hacía rato que su mirada estaba concentrada, no en la película, que había visto reiteradas veces, sino en el silencioso público. Los palcos estaban casi vacíos. Y es que ésa había probado ser una función popular. Entre los contados caballeros y damas vestidos con lo último de la moda europea, el técnico reconoció al coronel Mariano Galdós y al ayudante de la Prefectura. La expresión de los habitantes de los palcos estaba cargada de una gélida indiferencia: contemplaban la película como si fuera un deber, más que un placer. Pero Orozco estaba seguro de que estarían igual de alegres y divertidos que el resto de asistentes, sino hubieran aprendido a ser tan buenos hijos y seguir al pie de la letra el código de elegancia y buenos modales. Sus ojos recorrieron desde la platea, pasando por la cazuela y finalmente a la galería. En esta última, por los niños y sus madres, que no podían evitar expresar su alegría con gritos ahogados, risas y exclamaciones. Con sus ropas sencillas, sus rostros mestizos, sudorosos que evidenciaban una larga jornada de trabajo. Y en eso, la película terminó y se encendieron las luces del teatro. Un murmullo general se alzó, mientras algunos exclamaban, a toda voz: “¡Que se repita!, ¡Pongan la última escena!”.
Perdido en sus pensamientos, Armando Orozco no sintió el recalentamiento del proyector, ni mucho menos evitar que los alambres conductores de electricidad hicieran cortocircuito y el dínamo del proyector estallara. Las chipas cayeron sobre unos sacos que contenían otros rollos de películas que se habían proyectado antes. Sólo sintió cómo una ola de fuerza lo lanzó hacia atrás y se golpeó contra la pared. Perdió el conocimiento.
El infierno comenzó con una gran explosión e iluminación en el palco de la Prefectura, contiguo a donde estaban Armando Orozco y el proyector, y situado frente al proscenio. Así también estalló el pánico de los cerca de doscientos asistentes, que sólo buscaban la manera de salir de ahí. Lenguas de fuego de seis metros de longitud aparecieron en los palcos del lado izquierdo de la entrada, que no tardaron en llegar hasta el techo, que era el piso de la galería. Los gritos de auxilio y desesperación sucedieron mientras sillas incendiadas empezaron a caer a la platea, y los que estaban ahí veían como el piso empezaba a consumirse.
Los habitantes de los palcos salieron rápidamente, gracias a las dos amplias escalinatas que los condujeron rápidamente al foyer; los de la platea también lograron salir por las puertas laterales de escape, abiertas hace pocos años por don Alberto Larco Herrera, y por la puerta principal. Sin embargo, la desesperación por salir efectuándose en ambos lugares atropellos para llegar a la calle.
La cazuela se había convertido en una trampa mortal. Ahí estaba concentrada la mayor parte del público, y sólo contaba con una estrecha puerta de salida. La gente que intentaba salir en vano la había bloqueado completamente, entre las mujeres se empujaban, se jaloneaban y trataban de impedir que los demás salgan. Los niños lloraban y se aferraban a las piernas de sus madres, algunos se abrazaban entre ellos, cómo dándose fuerzas de que los adultos resolverían el asunto muy pronto. No había nada que temer. Pero el tiempo pasaba, el aire se hacía cada vez más irrespirable, el humo negro iba cubriendo todo el lugar y la destrucción avanzaba a la misma rapidez que las llamaradas.
El piso se desplomó por el extremo izquierdo y muchas personas cayeron sobre los palcos. Otros lo hicieron voluntariamente, sólo para caer contra el piso de la platea y morir con los cráneos destrozados. Cuando se abrió un forado desde una de las casas vecinas, ya no quedaba casi nadie de pie. Muy tarde. En las puertas de la platea se veía sangre y, desperdigados por el piso del foyer, bastones, sombreros y sillas destrozadas.
Desde los tiempos de la colonia, el repiqueteo de las campanas de la iglesia había sido señal de alarma de los desastres y los incendios. Y esa noche, volvieron a sonar para congregar a todos los trujillanos y emprender el rescate de las personas atrapadas en el teatro. Las autoridades, el pueblo, la policía y otras personas, sin importar su clase ni condición, unieron fuerzas para aplacar el fuego. Uno de ellos fue José Dileo, empleado de la Compañía de Luz Eléctrica. Lo primero que hizo al llegar al teatro en llamas fue cortar la conexión del alumbrado, para evitar que la corriente cause más desgracias.
Gracias a la falta de viento, se evitó que el fuego se propagara a las casas colindantes de la calle del Carmen (hoy jirón Bolívar); no obstante, también permitió que el fuego se concentrara solamente en el teatro, como un gran caldero que se consumía a sí mismo.
A la una y media de la mañana, en un tren extraordinario de Salaverry, llegó el prefecto del departamento, acompañado por el gerente del ferrocarril y otras personas provenientes de Moche y del mismo Salaverry, trayendo una bomba contra incendio, que no pudo funcionar por deficiencias de las mangueras.
A las tres de la mañana se logró aislar el fuego, gracias a las acertadas medidas de las autoridades y al estoicismo de los colaboradores. A las cinco de la mañana ya estaba controlado totalmente el fuego.
Luego, un grupo ingresó por la casa del doctor Valderrama, en el calle del Progreso (hoy jirón Pizarro), para seguir combatiendo el fuego, que después de echar abajo el teatro, había formado una suerte de hoguera terrible en el interior, quedando de pie solamente dos columnas de fierro, colocadas a la entrada del foyer. Todo lo demás se había derrumbado, desde el fondo del proscenio hasta la puerta de la platea. Las dos anchas escalinatas que conducían a los palcos estaban quemadas casi en su totalidad. Las paredes y cuadros al óleo, estaban completamente ennegrecidos. Luego, se trajeron mangueras desde los tanques de la casa Valderrama, del almacén de Achayar, Goicochea y Compañía, y otras casas.
Don Pedro Otiniano, un carpintero humilde, mientras conducía el agua hacia la entrada principal del teatro, le cayó una de las cornisas de la fachada, recibiendo graves heridas en el cráneo. Fue conducido al hospital inmediatamente y allí se curó, junto con Armando Orozco, que logró salir finalmente.
Más de cuatro mil personas asistieron a los funerales de las víctimas del incendio del Teatro Municipal. El numeroso séquito se reunió a las cuatro de la tarde en el Cementerio General para dar el último adiós a los hombres, mujeres y niños que no pudieron salir del teatro en llamas.
Febrero 2009
(Publicado en Día Treinta)

jueves 5 de febrero de 2009

El Muro


Berlín Este era la mitad de una ciudad.
Y en un lúgubre y pequeño departamento del bloque A7, el teléfono sonó en medio de la noche. Los cuerpos de una pareja de treintañeros yacían entrelazados sobre una estrecha cama en la única habitación. Dormían. A la quinta timbrada, el hombre despertó; los oxidados resortes crujieron mientras se removía. Alargó la mano izquierda hacia la mesita de noche y, tanteando en la oscuridad, cogió el auricular.
- ¿Sí?- contestó, con un bostezo. Restregó su rostro perlado de sudor con la otra mano.
- ¿Werner Gottlieb?- preguntó una voz femenina.
- Sí, soy yo.
- Llamamos del hospital Karl Marx. Es sobre su madre…
Saltó de la cama. Los últimos rezagos de sueño se habían esfumado cuando escuchó el nombre de su madre.
- ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?
- Hace una semana ingresó…
- ¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué recién me avisan?!
- Cálmese, camarada Gottlieb. Recién le estamos informando porque no teníamos la seguridad de un diagnóstico preciso. Pero ahora sí.
Werner colgó el teléfono con un seco golpe. De repente, una corriente eléctrica sacudió cada rincón de su atlético cuerpo, al que cubrió rápidamente con la camisa a cuadros, los jeans desteñidos y las zapatillas negras que habían estado desperdigadas por el piso.
Martina seguía durmiendo plácidamente. “No hay nada que pueda arrancarme de los brazos de Morfeo”, le había dicho alguna vez, bromeando. Werner no se atrevió a despertarla. Le subió la frazada hasta los hombros y dejó en su frente la húmeda señal de un beso. Fuera, hacía una noche fría y ventosa. No había nadie en la calle Otto Grotewohl; sólo los robles proyectaban su larga sombra negra en las paredes de los edificios. Varios automóviles Lada estaban aparcados al filo de las veredas. Werner se abrigó con la primera casaca que encontró y salió a perderse entre ese paisaje otoñal.

El hospital Karl Marx estaba en uno de los distritos más antiguos y olvidados de Berlín Este, una zona caracterizada por los agónicos edificios y las calles estrechas que casi siempre terminaban en una pared de ladrillos. Parecían las engañosas rutas de un laberinto. El hospital, antes de ser reconstruido por los soviéticos en la década del cincuenta, había sido un edificio de oficinas durante la era Hitler.
Werner entró en el hospital con una sensación de vértigo. La creciente palidez de su rostro delataba el pánico que se había apoderado de él. Lo siguiente que supo fue que una regordeta enfermera lo había acompañado hasta el cuarto 21B. Entró solo. Había unas veinte camas alineadas junto a una pared de mayólica celeste. En las cabeceras, bombillas de bajo voltaje desafiaban la presencia de la oscuridad. Werner se paseó entre las camas. Todos los pacientes dormían, incluido un enfermero que roncaba desde un rincón. ¿Reconocería a su madre entre esas personas que, enredadas entre tubos, respiradores y vías, libraban una batalla inmóvil contra la muerte? Se detuvo en la quinta cama, sobre la que Gerda estaba tendida, conectada con el suero. Sus cabellos caían como ríos de oro sobre el camisón blanco. Bajo la luz amarillenta parecía frágil e inocente, algo que nunca había sido.
- Hola, mamá.- dijo Werner.
No la veía desde hacía cinco meses. Lo cierto era que no la visitaba muy a menudo. Y ella nunca se lo había reprochado. Cuando Werner tenía cuatro años, Gerda se fugó con un amante ocasional. Este le había prometido lo que para ella era la única felicidad posible: vivir en Berlín Oeste. Dos meses después, Gerda regresó al hogar destruido a pedir perdón. El padre de Werner le tiró la puerta en la cara. Werner creció sabiendo que el arrepentimiento de su madre era falso y sólo lo había hecho porque no tenía adonde ir; porque su amante la había engañado y había escapado a Occidente solo. Estaba seguro de que si su madre hubiese cruzado la frontera, nunca habría regresado.
Werner se recostó a su lado, sin tocarla. El odio y la frustración que sentía desde pequeño le habían permitido alzar un muro entre su madre y él, uno que ocasionalmente escalaban para encontrarse. Lentamente, tomó su mano izquierda entre las suyas. La sintió áspera y venosa, helada como el viento que corría en las calles, y se preguntó si esta caricia, este repentino impulso de estar junto a ella, podría abrir una brecha en el muro. O derribarlo, para siempre. Se quedó dormido.
Una voz cálida le habló entre sueños:
- Despierte, señor Gottlieb.
Abrió los ojos cuando sintió un leve apretón en el hombro izquierdo. No podía haber dormido mucho: todavía estaba oscuro. Un hombre calvo y longevo estaba de pie frente a él. Vestía el uniforme de médico y una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas.
- Soy el doctor Lehmann- se presentó. Su acento era el de una persona cultivada.- Por favor, póngase de pie.
Los ojos azules del médico, escondidos detrás de unas gruesas gafas de montura negra, recorrieron el cuerpo de Werner de una manera que lo incomodó profundamente.
Prosiguió:
- Sé que tiene muchas preguntas, así que iré al grano. Estoy a cargo del caso de su madre desde hace un mes, cuando vino aquí por un fuerte dolor abdominal. Al principio, creí que se trataba de una gastritis, entonces le receté unas pastillas.
- Entonces, no es nada grave…
- No, señor Gottlieb. Su madre regresó a la semana siguiente. El dolor era más intenso esta vez. Le sugerí que se internara para hacerle los análisis. Y así encontramos el tumor en su estómago.
De repente, Werner sintió un ligero escozor en el estómago. Extraño, era como si pudiera sentir el dolor de su madre en su propio cuerpo. Volteó a mirarla, preocupado.
- Quiero que me diga la verdad, doctor.
- Vamos a mi consultorio. Sígame.

El capitán Witte odiaba esperar. Sentado sobre el escritorio, movía las piernas con creciente impaciencia y jugueteaba con un encendedor de plata entre sus manos. Se le antojó que todos los objetos del consultorio del doctor Lehmann seguían un esquema de orden y pulcritud. Especialmente, su colección literaria de tomos gruesos y una fotografía enmarcada de Erich Honecker que colgaba de la pared. La puerta se abrió, el doctor Lehmann ingresó seguido por el joven del que tanto habían hablado. Con un pie, empujó la silla metálica frente a él.
- Siéntese, Gottlieb.- dijo, sin la menor cortesía.
Werner obedeció, confundido. El doctor Lehmann se colocó detrás de él y lo sujetó por los hombros. El capitán Witte, como un buitre al acecho, daba vueltas por la habitación. Encendió un cigarrillo y lanzó una larga bocanada de humo. Era alto y fornido, de rasgos morenos acentuados por la casaca de cuero negro que llevaba encima.
- La camarada Gerda Müller es una buena paciente. Lamentablemente, este hospital no está equipado para tratar el tipo de cáncer que padece.
- Pero hay otros hospitales, ¿no?
- No en nuestro país.- terció el doctor Lehmann.- Pero nosotros podríamos llevarla al mejor hospital de Oeste. Y sanaría, seguramente.
Werner volteó para mirar al doctor Lehmann, que le respondió con una sonrisa. A pesar de la aparente calma del ambiente, una furtiva tensión se iba acumulando entre los tres personajes.
- ¿Cómo podrían hacer eso?- preguntó Werner.- Es imposible cruzar la frontera… pero si conocen otra manera, estoy dispuesto a pagar todos los gastos.
El capitán Witte aspiró su cigarrillo y se inclinó sobre Werner.
- Eso no es cierto. Un obrero metalúrgico jamás podría pagar un tratamiento como éste.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sabemos muchas cosas, Gottlieb. Quizá la más importante, y que hoy comparto con usted, es que cuando una vida está en juego, no podemos permitirnos ni una sola vacilación.
- No sé adónde quieren llegar ustedes. Pero ya no quiero seguir con esta conversación, así que iré a consultar con otro doctor.
Werner se levantó con tanta fuerza que casi golpea al doctor Lehmann. Sin pronunciar ni una palabra, se acercó a la puerta y cogió la manija.
- Si cruza esa puerta, mataré a su madre ahora mismo.- amenazó el capitán Witte.
Como haciendo una señal, se quitó el cigarrillo de los labios, lo tiró al piso y lo apagó de un pisotón. Werner experimentó los primeros síntomas del odio: el escozor ardiéndole en la garganta, las lágrimas acumulándose en sus ojos. El doctor Lehmann meneó la cabeza, pero el joven encaró al capitán Witte.
- ¿Qué es lo que quieren?- habló con fuerza. No se permitió ni un temblor de su voz.
- Ah, veo que al fin nos entendemos. Muy bien, se lo diré. Queremos que sea un informante.
- ¿Un qué?- respondió Werner, estupefacto.
El doctor Lehmann intervino.
- Vamos, no es nada del otro mundo. Usted sabe que todo el mundo lo hace en su momento, ¿no es cierto? Piense en que su madre estará muy bien atendida, sanará pronto y…- miró al capitán Witte.
- Podría quedarse en Oeste, si lo desea.- agregó, mientras encendía otro cigarrillo.
- Son de la Stasi, ¿no?
- Nuestra oferta ya está hecha, Gottlieb. Y sólo la ofrecemos una vez.
Las opciones de Werner se reducían a dos, tratándose de la policía secreta. Era la misma historia de siempre: blanco o negro. Pero de ninguna manera dejaría a su madre abandonada a su suerte. Después de todo, la propuesta era buena: en Oeste, su madre sanaría y viviría feliz, como siempre lo quiso.
- Sea sensato, camarada.- agregó el doctor Lehmann, para calmar las aguas.
- No me pida eso, doctor. Porque si fuera sensato realmente, haría todo lo contrario de lo que haré ahora. Acepto su propuesta.
El capitán Witte y el doctor Lehmann intercambiaron una sonrisa de mutua satisfacción. Uno se había puesto del lado de Werner y le había hablado como un padre; el otro, lo había amenazado y le había hablado como un verdugo. Empujando con menos y más fuerza, ambos lo habían encaminado hacia el no retorno.
Werner se puso de pie y el doctor Lehmann, a modo de despedida, le dijo:
- Sabemos que vive en uno de los bloques de departamentos que se construyeron en el ‘84. Son cientos de personas viviendo allí; bien pueden ser leales servidores del socialismo, como todos afirman serlo, o los futuros traidores que destruyen los sueños de nuestra patria. Descúbralos, señor Gottlieb.
- Vamos, el auto espera afuera-. sonrió el capitán Witte.
Werner lo siguió a través del pasillo del hospital. Y miró hacia delante, olvidándose, de pronto, a quién iba a culpar.
Ganador del Concurso de Cuento de la Cuarta Feria del Libro de Trujillo