Las comparaciones son odiosas, cuando se trata de un viaje. Lo importante es disfrutar y no pensar cuándo será la hora de llegada o de partida, sobre todo, si entre las sorpresas que nos tiene reservada la vida, conocemos a alguien encantador.- Hola, ¿cómo estái? Sí po’, acabamo’ de aterriza’, pero no puedo baja’ todavía, el pasillo etá lleno, ¿cachái?- dijo el hombre cuando contestó su celular.
Al escuchar esta bizarra configuración de la lengua castellana, sé que ya no estoy más en el Perú. Después de tres horas y media de vuelo, encadenada a un asiento vertical y sometiendo con el Ipod a una masiva descarga melódica a mis ya inflamados oídos, hemos aterrizado en una metrópolis próxima al Polo Sur. Janice, mi compañera en este viaje, cierra su libro sobre el cerebro emocional y se quita los lentes rectangulares que le dan un aire intelectual. Luce agotada. No quiero imaginarme como me vería yo frente al espejo. Cruzamos la manga que une al avión de LAN con el aeropuerto Andrés Merino Benítez, que nos recibe, solitario, en medio de un silencio sepulcral. Después de pasar bajo la severa mirada de la Policía Internacional, llegamos a las luminosas tiendas del Duty Free al ritmo de música disco: hay perfumes, chocolates y souvenirs por doquier. Janice compra el perfume que olvidó en Lima. Mientras tanto, me apresuro a empujar el carrito con las pesadas maletas y, al cruzar la puerta, sé que es la salida del aeropuerto, pero también, la entrada a Santiago de Chile.
Es lunes a medianoche. El cielo se asemeja a un inmenso manto negro sin estrellas. A cada segundo que pasa, el frío es más intenso. Dos miembros de la familia Ruiz, emigrantes peruanos que me acogerán en su hogar, nos recogen del aeropuerto en una camioneta pick-up blanca. Christian pisa el acelerador y avanza a ciento veinte kilómetros por la despejada autopista que nos llevará a Santiago. Empieza a llover. Él trata de ver a través del salpicado parabrisas y yo de la ventana empañada, que me sirve como una suerte de marco para las fotografías que captura mi mente de estos lares. Los campos se extienden hacia un nebuloso, incierto horizonte; los álamos se multiplican a lo largo de nuestro camino y… de súbito, nos encontramos dentro de un amplio túnel alumbrado por pequeños faros de neón verde. Diez minutos después, salimos, por fin, a la capital. Mi primer recuerdo es el de un Santiago atrapado entre sus altísimos edificios, como una acuarela pintada con la brumosa luz de los postes y los colores de la noche. Las paletas publicitarias anuncian el estreno de la película Oxford Crimes, así como el de un especial de TV sobre Salvador Allende. Irónicamente, la señora Ruiz se jacta de que todo el desarrollo que estoy observando se moldeó gracias a la mano de hierro de Augusto Pinochet.
Los primeros tres días de mi viaje los pasé en una modesta casa de madera de la comuna Las Condes, ubicada en el sector oriente de Santiago. Debe curiosamente su nombre a unas condesas peruanas que vivían en uno de los fundos de la zona a comienzos del siglo XX. En ese entonces, los extensos terrenos de Las Condes habían sido campos agrícolas; hoy, conservan la humedad y la vegetación como frágiles recuerdos de su pasado bucólico, ya que el cemento es el símbolo de su presente urbano.
- Hija, tengo que decirte algo. Estamos sin calefacción. Se malogró hace tres meses.- anunció, fatalista, la señora Ruiz.
Y como si no fuera suficiente, agregó:
- Y la llave de agua caliente de la ducha se rompió. Así que aquí todos nos bañamos con agua helada.
Helada me quedé después de escucharla. Me sentí como una Bridget Jones en medio de una racha de mala suerte. Pero, al igual que la regordeta inglesa, tenía que hacer frente con estoicismo y una sonrisa a la presente situación. ¡Estaba a miles de kilómetros lejos de casa! Nada ni nadie iba a impedir que disfrutara este viaje. Así que tuve que ingeniármelas. El baño se convirtió en una suerte de ritual: calentaba el agua con el hervidor eléctrico y la mezclaba con agua fría en un balde. Luego, usaba un bol para bañarme. En las noches, la temperatura podía descender hasta menos tres grados. Vestía un atuendo - que era todo menos pijama - con el que parecía una esquimal: calentadores, pijama de polar, bata de polar, medias de lana y guantes. Sin contar, por supuesto, las cinco frazadas que envolvían mi cama y las innumerables tazas de manzanilla calientita. Y aún así, el frío seguía atrapado en mis rodillas. Las mañanas sirvieron para reencontrarme con un pasatiempo que creía perdido: las caminatas. Recorrí la avenida Paul Harris y las calles cercanas. Hay un parque con juegos sin niños y con bancas sin enamorados. El invierno es soleado y melancólico. Arriba, justo debajo del cielo, los cerros albergan las portentosas casas de la clase alta santiaguina. Y detrás, siguiendo la línea del horizonte, la Cordillera de los Andes exhibe sus montañas azules con un topping de nieve. ¿Podría esta norteña, acostumbrada al calor de la línea ecuatorial, resistir el frío del fin de Sudamérica?
- ¿Eres colombiana?- preguntó la secretaria, con una sonrisa afable.
Me encontraba en la mesa de inscripción para el evento que era el principal motivo de mi viaje a Santiago: el V Congreso Mundial para el Talento de la Niñez, organizado por la Fundación ELIC y auspiciado por la UNESCO. Le devolví la sonrisa a la secretaria y le dije no, yo no vengo de la tierra del café, sino de la de Macchu Picchu. La cita se dio en el Centro Cultural Gabriela Mistral, construido en 1972 por el gobierno de Allende y ubicado en pleno corazón de Santiago Centro. Fueron cinco jornadas de intenso intercambio cultural, de conocimientos y de experiencias, en las que cerca de cuatrocientas personas de todas partes del globo – científicos, educadores, artistas, comunicadores, entre otros – trabajábamos para impulsar el potencial de la niñez. En una tarde pude conocer parte de la zona antigua de Santiago, caminando por la avenida Libertador O’Higgins. Se respira un aire europeo. La arquitectura neoclásica domina el escenario: para muestra, el Palacio de la Moneda o la Universidad Católica de Chile. Los carabineros, enfundados con sus abrigos marrones y apostados en cada esquina, saludan cordialmente a los apresurados transeúntes. Al borde de las veredas, los escasos ambulantes ofrecen barras de chocolate Cadbury y Nestlé. Prometen que con un mordizco ya no sentiré más frío.
En el metro, una chica lee la última novela de Carlos Ruiz Zafón mientras saborea una manzana. Hinchas del Colo Colo saltan y corean el himno del equipo de sus amores. Dos enamorados se funden en un profundo beso. Son casi las seis de la tarde y la mayoría de santiaguinos retornan a sus hogares. Janice y yo hemos salido a conocer el otro lado de la ciudad, al que llegaremos en quince minutos por la línea L3. Las puertas se cierran. Hay que sujetarse con fuerza, mientras todo se acelera. Un afiche reza ¿Sabe Ud. de qué están hechas las cosas? y explica en cinco párrafos el origen de la materia. Así como éste, son muchos los carteles en Santiago con similar contenido: muestra tus buenos modales, dile no a las drogas, protege el medioambiente. Es evidente cómo se impulsa la educación y la cultura en esta sociedad.
Llegamos a la Escuela Militar, última estación del metro en la comuna Providencia, vecina de Las Condes. Subimos a uno de los buses verde y blanco de Transantiago. Un panel electrónico sobre el parabrisas anuncia el número y la ruta a la que se dirige. Pasamos la tarjeta Bip! por el sensor electrónico y automáticamente cobra el pasaje. Qué tranquilidad sin la música chicha a todo volumen, sin las frenadas en seco que sacan el alma del cuerpo y sin los empujones de los otros pasajeros: el chófer sólo se detiene en las paradas que le corresponden. La nuestra es el mall Parque Arauco, el más exclusivo de Santiago. Construido al aire libre en tres niveles, este shopping center enciende sus letreros de luces multicolores. Los concurridos restaurantes y cafés rodean un pequeño escenario donde toca una banda de rock, y el blah blah blah se pierde con las tonadas de You Get What You Give. Chicos y chicas llegan en relucientes BMW y Mercedes Benz, usan lo último de moda - con gamas entre morado, negro y gris - con peinados de peluquería y hablando con sus nuevos Iphone 3G. Acompaño a Janice a comprarse unas zapatillas: ya no aguanta las altísimas botas con las que ha caminado todo el día. Mientras buscábamos en Ripley, un chico delgado y de ojos verdes se acercó, haciéndose el disimulado. Nos preguntó, coqueto, de dónde éramos y que hacíamos en Santiago.
- Me llamo Guido, ¿y tú?
- Andrea.- le respondí y, en un rápido movimiento, capturó mi mano entre las suyas.
- Tienes las manos tan suaves… como el papel higiénico.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reírme frente a él, pero su rostro tomó el color del tomate y más aún cuando Janice le dijo chau de una vez. Se despidió rápidamente y su figura se perdió entre los maniquíes.

Conocí a Daniel, como diría Kundera, por dos casualidades. El domingo asistimos, después de la última conferencia del día, al concierto “Sinfonía Oriente y Occidente” de la Orquesta Sinfónica Estudiantil Región Metropolitana, en el campus de la Universidad Andrés Bello. Mientras la música erizaba los sentidos, nuestras miradas se cruzaron furtivamente. Primera casualidad. Un amigo común nos presentó y conversamos durante el regreso al Centro Cultural Gabriela Mistral. Janice había salido con unos amigos a cenar y yo no sabía cómo regresar al hospedaje. Segunda casualidad. Daniel vivía en una casona en una calle paralela a la mía, así que me acompañó junto con Gabriel, su roommate, y Yolanda, una comunicadora cuzqueña que también se hospedaba en San Marino. Así, los cuatro nos “perdimos” entre los caminos del centro de Santiago. Daniel y yo reíamos intercambiando las jergas de nuestros países; éramos una aspirante a escritora y un fotógrafo amateur hablando sobre el arte y con un paisaje no menos artístico: plazuelas, cafés, museos y calles adoquinadas. Una noche inmortalizada.
"Pasajeros de LAN con destino a la ciudad de Lima, sírvanse abordar la puerta de embarque 18". Estoy en el avión de regreso, soñolienta, pero recordando los días de Santiago. Pienso en lo maravilloso que es viajar. Por la ventanita observo un mar de nubes y el horizonte multicolor que despide a la luz y da la bienvenida a la noche. Aterrizamos con una hora de retraso en Lima porque el viento sopló fuerte y en contra, como anunció el capitán. En el aeropuerto Jorge Chávez llueve como nunca. Como el primer día en Santiago.
Octubre 2008
(Publicado en Dia Treinta)






