La historia de aparecidos, fantasmas o almas en pena sigue dividiendo a los seres humanos: unos creen que todo es producto de la mente histérica, mientras que otros afirman que se trata de experiencias paranormales que no se pueden negar. El thriller que en la década del 60 vivió la familia Bahamonde en una vieja casona de Pizarro, la 232, abona más a favor de los segundos. Nadie sospecharía que el lugar donde hoy se aloja una moderna empresa de seguridad haya sido, tres décadas atrás, una casona como de película de terror japonesa. Por ironías de la vida – o de la muerte – se juntaron, en un mismo lugar, la “seguridad” y el “miedo”. Partimos de la Plaza de Armas y recorremos la calle que debe su nombre a un conquistador hispánico. Un grupo de obreros, unos montados en Caterpillars y otros armados con combos, crean un barullo de los mil demonios mientras trabajan en la pista de esta cuadra. Hemos llegado a nuestro destino.
Lo más interesante de la casona es que tiene a un testigo y lo único interesante de este testigo es que no es un fantasma. Porque un Cuco o un Sin Cabeza sería tan aburrido como el frío, tan aburrido como el tráfico de Trujillo, o más bien como uno más de la colección de relatos paranormales que abundan por estos lares. Quién mejor para contarla que el hombre que nació en la casona y que, como sabremos después, no murió en ella: Luis Bahamonde Amaya. Con lentes oscuros y un traje de color negro, este periodista de look enigmático bien pasaría por un Corleone. La verdad, todo es tan enigmático como la historia que nos va a contar.
Hacia 1956, la residencia signada como jirón Pizarro 232 pertenecía a la familia Peralta. Era una casona como muchas de las que abundan en el centro histórico de Trujillo: fachada color ocre, clásica ventana colonial, portón de madera pino oregón y más de doscientos años de antigüedad. Pero los Peralta se mudaron. La dividieron. La pusieron en alquiler. El ala derecha, por el que estaba la puerta principal y la ventana colonial, lo tomó la familia Yábar; y el ala izquierda, donde estaba el portón, la familia Bahamonde.
- He alquilado una casona a una cuadra de la Plaza de Armas. ¡Y a buen precio!- le dijo emocionado el señor Bahamonde a su esposa.
Lo que no sabían – porque los Peralta nunca se lo dijeron – es que la baja renta del caserón no era precisamente por la bondad de sus dueños: allí sucedían “extraños eventos” relacionados con “presencias”. O sea, fantasmas, duendes, puertas que se abren, pisadas crujientes, lobos aullando, y todo el repertorio. Sin conocer este pequeñísimo detalle – no incluido en el contrato de arrendamiento – unos sonrientes Bahamonde se instalaron en el que sería su hogar por los próximos catorce años. Algún tiempo después, en 1963, la señora Amaya de Bahamonde dio a luz, ayudada por una comadrona, a su hijo Luis en la habitación principal. Ya desde pequeño, él supo que había algo raro en su morada. ¿Sería el perfume vetusto de la madera carcomida? ¿El aire denso que hacía flotar el polvo? No, era algo más. Lo podía sentir. Y, para su alivio, no era el único. “Mi hermana tendría seis años. Me acuerdo que a veces la veía hablando sola en su cuarto, hasta que un día mi madre la oyó”, recuerda.
- ¿Por qué hablas sola, hijita?- le preguntó, preocupada.
- No, estoy hablando con mi amigo. ¿No lo ves?- respondió, señalando un rincón de la habitación.
La mirada de su madre siguió la dirección y, tal como sospechaba, sólo pudo ver la cómoda de su hija. Nada más. Pero cuando la chica empezó a describirle a su enigmático amigo, un sudor frío recorrió su espalda.
- Viste un lindo saquito y también un sombrerito...
“Dios mío, ¿qué le ha pasado a mi hijita?” pensó, temiendo que fuesen síntomas de una esquizofrenia.
Antes de llegar a la 232, todos los miembros de la familia Bahamonde, incluyendo a la empleada, no creía en “presencias extrañas”. Pero, en su contacto diario con la casona, una serie de acontecimientos terroríficos y sin explicación sucedían cada vez con mayor frecuencia. Entonces no tardaron en pasar del escepticismo más acérrimo a la convicción de que era algo “del más allá”.
Una noche, la hermana de Luis cayó enferma y su madre se quedó a dormir con ella. Cerca de las cinco de la mañana, mientras las aves trinaban y el cielo se aclaraba, su madre despertó.
- … y todavía me duele un poco la cabeza…- escuchó que decía su hija. Pero esta vez, una voz le respondía.
Volteó súbitamente. Sentado al borde de la cama, estaba un niño de unos doce años, vestido con ropas del siglo XIX, tal como lo había descrito su hija. Fantasma y madre intercambiaron una mirada de asombro. El Gasparín se esfumó, así como se esfuma el humo de un cigarrillo. Lento.
Otra noche, cuando los padres de Luis estaban a punto de irse a dormir, la puerta del zaguán se abrió con violencia. De pronto, un conjunto de chirridos como de cadenas y fierros arrastrándose por el piso se dirigía al cuarto de sus hermanos mayores. El señor Bahamonde corrió hacia el origen del ruido, creyendo que eran presos que se habían escapado de la cárcel, que quedaba al frente de la casona. Encendió las luces de la habitación y no encontró nada. Al día siguiente, su hijo mayor regresó a la casa llorando desconsoladamente. Les mostró a todos la portada del periódico que acababa de comprar: CAE AVIÓN Y MUERE PILOTO JORGE CISNEROS. Su querido tío Jorge. Comprobaron que la hora del trágico deceso coincidía con la hora en que el ruido de las cadenas y los fierros invadieron la casona. Y que el recorrido hasta el cuarto de los hijos mayores era el mismo que hacía el tío Jorge cada vez que los visitaba.
Aquí viene la pregunta del millón. ¿Existe el mundo paranormal conviviendo con el mundo real, o todo es producto de la imaginación, debido a una histeria colectiva y a un condicionamiento a la mente, como afirma la psiquiatría? Entre esos dos frentes en eterna batalla, Luis Bahamonde opta por el primero. Su familia nunca llamó a un cura o a un brujo para que echara a los malos espíritus.
La otra historia. En la parte trasera de la casona había un patio, un corral y un grupo de cuartos para el servicio. Una noche, a las 7 p.m., la hermana de Luis paseaba por el patio, mientras saboreaba una jugosa mandarina. Cuando terminó, juntó las cáscaras y las lanzó a los patos del corral. Repentinamente, vio que alguien venía corriendo del fondo. En la oscuridad pudo distinguir a su empleada, con una expresión de pánico. Detrás de ella, una turba de unos veinte niños negritos, todos desnudos, la perseguían. Su hermana quedó paralizada. La empleada la cogió del brazo y la arrastró hasta la cocina. Una vez adentro, cerraron la puerta y empezaron a gritar. Los negritos golpeaban la puerta con furia desenfrenada. Querían entrar como sea. El padre de Luis escuchó los ruidos, y creyendo que eran ladrones, corrió hasta la cocina. Abrió la puerta que daba al patio y ya no había nada. La siguiente mañana, el señor Bahamonde ordenó a un grupo de trabajadores que excavaran la tierra próxima a los cuartos de servicio. No podían creer lo que hallaron allí: cientos de huesitos, probablemente de niños. Después supieron que en el siglo pasado, esos cuartos los ocupaban la servidumbre y los esclavos negros. En esa época, el índice de mortalidad infantil era muy elevado, por lo que sus hijos morían a los pocos años de nacidos. Para evitar algún gasto, los enterraban en la misma casona.
“Estos hechos ocurrían todos los días. Se aparecían personas de diferentes edades, las puertas se abrían, se escuchaba el ruido de pasos cuando todos estábamos ya acostados. Mi familia se acostumbró, y con el tiempo fuimos perdiendo el miedo. Nunca nos hicieron daño, porque sabíamos que sólo eran espíritus”, recordó Luis Bahamonde, haciendo un mohín con su boca decorada con un fino bigote negro.
¿Y cómo terminó esta historia? Quizá esperaba un típico final de Hollywood, donde la casa embrujada termina destruida con una explosión de proporciones apocalípticas y el héroe huye para siempre. En la 232 fue algo así. En la tarde del domingo 31 de mayo de 1970, el país entero estaba sintonizado a la radio o al televisor para seguir el partido Perú – Bulgaria del Mundial de Fútbol México 70. Unos vecinos invitaron a la familia Bahamonde a verlo en su casa. A las 3:32 p.m., la tierra tembló durante más de un minuto y dejó a medio Trujillo reducido a escombros. Incluyendo la casona del jirón Pizarro 232, que quedó como una accidentada cordillera formada por montes de adobe y de madera.
Junio 2008
Lo más interesante de la casona es que tiene a un testigo y lo único interesante de este testigo es que no es un fantasma. Porque un Cuco o un Sin Cabeza sería tan aburrido como el frío, tan aburrido como el tráfico de Trujillo, o más bien como uno más de la colección de relatos paranormales que abundan por estos lares. Quién mejor para contarla que el hombre que nació en la casona y que, como sabremos después, no murió en ella: Luis Bahamonde Amaya. Con lentes oscuros y un traje de color negro, este periodista de look enigmático bien pasaría por un Corleone. La verdad, todo es tan enigmático como la historia que nos va a contar.
Hacia 1956, la residencia signada como jirón Pizarro 232 pertenecía a la familia Peralta. Era una casona como muchas de las que abundan en el centro histórico de Trujillo: fachada color ocre, clásica ventana colonial, portón de madera pino oregón y más de doscientos años de antigüedad. Pero los Peralta se mudaron. La dividieron. La pusieron en alquiler. El ala derecha, por el que estaba la puerta principal y la ventana colonial, lo tomó la familia Yábar; y el ala izquierda, donde estaba el portón, la familia Bahamonde.
- He alquilado una casona a una cuadra de la Plaza de Armas. ¡Y a buen precio!- le dijo emocionado el señor Bahamonde a su esposa.
Lo que no sabían – porque los Peralta nunca se lo dijeron – es que la baja renta del caserón no era precisamente por la bondad de sus dueños: allí sucedían “extraños eventos” relacionados con “presencias”. O sea, fantasmas, duendes, puertas que se abren, pisadas crujientes, lobos aullando, y todo el repertorio. Sin conocer este pequeñísimo detalle – no incluido en el contrato de arrendamiento – unos sonrientes Bahamonde se instalaron en el que sería su hogar por los próximos catorce años. Algún tiempo después, en 1963, la señora Amaya de Bahamonde dio a luz, ayudada por una comadrona, a su hijo Luis en la habitación principal. Ya desde pequeño, él supo que había algo raro en su morada. ¿Sería el perfume vetusto de la madera carcomida? ¿El aire denso que hacía flotar el polvo? No, era algo más. Lo podía sentir. Y, para su alivio, no era el único. “Mi hermana tendría seis años. Me acuerdo que a veces la veía hablando sola en su cuarto, hasta que un día mi madre la oyó”, recuerda.
- ¿Por qué hablas sola, hijita?- le preguntó, preocupada.
- No, estoy hablando con mi amigo. ¿No lo ves?- respondió, señalando un rincón de la habitación.
La mirada de su madre siguió la dirección y, tal como sospechaba, sólo pudo ver la cómoda de su hija. Nada más. Pero cuando la chica empezó a describirle a su enigmático amigo, un sudor frío recorrió su espalda.
- Viste un lindo saquito y también un sombrerito...
“Dios mío, ¿qué le ha pasado a mi hijita?” pensó, temiendo que fuesen síntomas de una esquizofrenia.
Antes de llegar a la 232, todos los miembros de la familia Bahamonde, incluyendo a la empleada, no creía en “presencias extrañas”. Pero, en su contacto diario con la casona, una serie de acontecimientos terroríficos y sin explicación sucedían cada vez con mayor frecuencia. Entonces no tardaron en pasar del escepticismo más acérrimo a la convicción de que era algo “del más allá”.
Una noche, la hermana de Luis cayó enferma y su madre se quedó a dormir con ella. Cerca de las cinco de la mañana, mientras las aves trinaban y el cielo se aclaraba, su madre despertó.
- … y todavía me duele un poco la cabeza…- escuchó que decía su hija. Pero esta vez, una voz le respondía.
Volteó súbitamente. Sentado al borde de la cama, estaba un niño de unos doce años, vestido con ropas del siglo XIX, tal como lo había descrito su hija. Fantasma y madre intercambiaron una mirada de asombro. El Gasparín se esfumó, así como se esfuma el humo de un cigarrillo. Lento.
Otra noche, cuando los padres de Luis estaban a punto de irse a dormir, la puerta del zaguán se abrió con violencia. De pronto, un conjunto de chirridos como de cadenas y fierros arrastrándose por el piso se dirigía al cuarto de sus hermanos mayores. El señor Bahamonde corrió hacia el origen del ruido, creyendo que eran presos que se habían escapado de la cárcel, que quedaba al frente de la casona. Encendió las luces de la habitación y no encontró nada. Al día siguiente, su hijo mayor regresó a la casa llorando desconsoladamente. Les mostró a todos la portada del periódico que acababa de comprar: CAE AVIÓN Y MUERE PILOTO JORGE CISNEROS. Su querido tío Jorge. Comprobaron que la hora del trágico deceso coincidía con la hora en que el ruido de las cadenas y los fierros invadieron la casona. Y que el recorrido hasta el cuarto de los hijos mayores era el mismo que hacía el tío Jorge cada vez que los visitaba.
Aquí viene la pregunta del millón. ¿Existe el mundo paranormal conviviendo con el mundo real, o todo es producto de la imaginación, debido a una histeria colectiva y a un condicionamiento a la mente, como afirma la psiquiatría? Entre esos dos frentes en eterna batalla, Luis Bahamonde opta por el primero. Su familia nunca llamó a un cura o a un brujo para que echara a los malos espíritus.
La otra historia. En la parte trasera de la casona había un patio, un corral y un grupo de cuartos para el servicio. Una noche, a las 7 p.m., la hermana de Luis paseaba por el patio, mientras saboreaba una jugosa mandarina. Cuando terminó, juntó las cáscaras y las lanzó a los patos del corral. Repentinamente, vio que alguien venía corriendo del fondo. En la oscuridad pudo distinguir a su empleada, con una expresión de pánico. Detrás de ella, una turba de unos veinte niños negritos, todos desnudos, la perseguían. Su hermana quedó paralizada. La empleada la cogió del brazo y la arrastró hasta la cocina. Una vez adentro, cerraron la puerta y empezaron a gritar. Los negritos golpeaban la puerta con furia desenfrenada. Querían entrar como sea. El padre de Luis escuchó los ruidos, y creyendo que eran ladrones, corrió hasta la cocina. Abrió la puerta que daba al patio y ya no había nada. La siguiente mañana, el señor Bahamonde ordenó a un grupo de trabajadores que excavaran la tierra próxima a los cuartos de servicio. No podían creer lo que hallaron allí: cientos de huesitos, probablemente de niños. Después supieron que en el siglo pasado, esos cuartos los ocupaban la servidumbre y los esclavos negros. En esa época, el índice de mortalidad infantil era muy elevado, por lo que sus hijos morían a los pocos años de nacidos. Para evitar algún gasto, los enterraban en la misma casona.
“Estos hechos ocurrían todos los días. Se aparecían personas de diferentes edades, las puertas se abrían, se escuchaba el ruido de pasos cuando todos estábamos ya acostados. Mi familia se acostumbró, y con el tiempo fuimos perdiendo el miedo. Nunca nos hicieron daño, porque sabíamos que sólo eran espíritus”, recordó Luis Bahamonde, haciendo un mohín con su boca decorada con un fino bigote negro.
¿Y cómo terminó esta historia? Quizá esperaba un típico final de Hollywood, donde la casa embrujada termina destruida con una explosión de proporciones apocalípticas y el héroe huye para siempre. En la 232 fue algo así. En la tarde del domingo 31 de mayo de 1970, el país entero estaba sintonizado a la radio o al televisor para seguir el partido Perú – Bulgaria del Mundial de Fútbol México 70. Unos vecinos invitaron a la familia Bahamonde a verlo en su casa. A las 3:32 p.m., la tierra tembló durante más de un minuto y dejó a medio Trujillo reducido a escombros. Incluyendo la casona del jirón Pizarro 232, que quedó como una accidentada cordillera formada por montes de adobe y de madera.
Junio 2008
(Publicado en Día Treinta)






