jueves 12 de junio de 2008

Los débiles no sirven para este oficio


Al ingresar al colegio militar “Ramón Castilla” encontramos un pequeño mundo castrense, un lugar regido por la ley del más fuerte, un territorio famoso por su disciplina inquebrantable. Es cosa de hombres. Sin embargo, desde el 2003, las mujeres también son admitidas en el colegio. ¿Podrá este hecho cambiar toda una tradición?

Hoy es la visita al colegio militar Ramón Castilla y he puesto todas mis esperanzas en que haya un disparo. Sólo uno. Me han contado que los cadetes disparan sus fusiles Máuser en la práctica de tiro y que sus cánticos son tan fuertes que pueden escucharse en toda la periferia: sólo alimentan la esperanza de una guerra inexistente. Pero es un hecho que no he podido presenciar. Todavía.
Esta historia comenzó un jueves a las 6 de la mañana. Me levanté de la cama a duras penas, pero lo cierto es que la curiosidad fue más fuerte que la somnolencia: había ganado mi primera batalla. Monté un destartalado taxi, y mientras viajábamos entre la espesa neblina con los últimos destellos de la madrugada, el aire frozen me congelaba hasta los huesos. Hoy es una mañana nublada en medio del desértico paisaje de Chan-Chan, a unos quince minutos de Trujillo. Llegamos a lo que parece a lo lejos una impenetrable fortaleza de muros pintados de blanco. En la entrada, las efigies de dos altivos cadetes, un hombre y una mujer de uniforme, nos reciben con la gallardía y el honor que representan.
El vigilante abre violentamente la rejilla del portón. Sus penetrantes ojos negros me miran con suspicacia. No deben venir muchos civiles acá. Me indicó que mis compañeros se encontraban en el “rancho”. Un fuerte ruido se escucha en el aire. Mis pies me guían hacia el origen del mismo: el comedor ó “rancho”. Ordenados en largas mesas rectangulares, más de cien chicos y chicas conversan animadamente mientras terminan su desayuno. Todas las miradas, algunas curiosas, otras recelosas, se posan en mí. Y claro, pues yo no llevaba uniforme. Y ellos sí. Por primera vez, estuve frente a los cadetes del colegio militar “Ramón Castilla”.
La suboficial Venegas tiene mirada de águila: rápida, penetrante y alerta, siempre alerta a cualquier movimiento que se produce a su alrededor. Y con razón, pues su espalda está expuesta a un – aparentemente – inofensivo grupo de alumnos y un profesor de una universidad civil que ella jamás ha visto. Viste el uniforme color verde petróleo y marrón del Ejército Peruano, boina negra y botas a lo Rambo. Una cadete de tercer año camina distraída. La suboficial Venegas se detiene frente a ella y de un grito la devuelve de sus pensamientos. La chica, avergonzada, le presenta el saludo como una autómata. La suboficial Venegas sigue su camino y nosotros tras ella. Es nuestra guía.
En el patio central del colegio militar no hay tribunas, no hay kiosco, no hay olor a flores frescas, ni risa, ni murmullos, ni siquiera el sonido de la música. Lo único que hay es un silencio sepulcral. El rostro del mariscal Ramón Castilla, pintado sobre una pared blanca, observa la escena con mirada inquisidora. Debajo de él, descansa el lema: DISCIPLINA, MORALIDAD Y TRABAJO. Empieza a garuar, el frío se intensifica. Los cadetes, algunos vestidos con buzos azules y otros con sacos verde petróleo, están formados en sus respectivas secciones, que a su vez forman cuadraditos dentro del gran cuadrado que es el patio. Éstos son hijos de Adán y Eva, que han resistido dos meses de duras pruebas físicas y psicológicas. Tienen los pechos inflados de orgullo y las barbillas alzadas hacia el cielo gris.
- Ésta es la Lista de Diana (término militar para dar inicio a una actividad), explica la suboficial Venegas, señalándolos.- Al comienzo salen dos cadetes, uno reza la Oración del Cadete y otro el Credo.
Al término de la ceremonia, la banda del colegio toca una marcha X, mientras los batallones desfilan hacia sus respectivos salones en perfecto orden. Izquierdo, izquierdo, derecho, izquierdo…
Como en cualquier otro colegio, las 7: 15 de la mañana marca el inicio de las clases. Recorremos los pabellones de dos pisos, pintados de verde claro y blanco. En el salón de tercer año de hombres, el profesor de matemática anota en la pizarra unos ejercicios de logaritmos. Los cadetes lucen aburridos y soñolientos. Uno de ellos, el último de la fila, recorta con tijera unas hojas de colores. Luego, las pega con sumo cuidado sobre una hoja vacía de su cuaderno. Sus delicadas manos se asemejan a las de un creador, un Miguel Ángel de uniforme; imagen que contrasta fuertemente con el lugar que lo rodea, un lugar donde las manos del verdadero artista son las que hacen maravillas con el fusil.
Como las bailarinas de ballet, llevan sus cabellos untados con litros de gel y amarrados con una redecilla negra, formando un tieso moño. Pero, a diferencia de las delicadas danzarinas, que destacan sus suaves y acompasados movimientos, las cadetes mujeres lo hacen por su fuerza y destreza frente a las pruebas. El 2003 fue un año clave en la historia del Ramón Castilla: marcó la llegada de una generación femenina. Y con fuerza, ya que actualmente hay cuarenta cadetes mujeres, número que supera con creces al de los cadetes hombres. La suboficial Venegas ríe por primera vez. Ha dejado de lado esa expresión dura e impenetrable, y ahora es más desenvuelta. Recuerda que ella formó parte de la primera promoción de cadetes mujeres.
- He conversado con varias compañeras y cadetes sobre este tema. La mayoría me dijo que había ingresado al colegio por curiosidad, porque las inspiraba ver a una mujer uniformada por la calle. El respeto e importancia que transmitía. Otras fueron impulsadas por sus padres para seguir la carrera.
¿A qué se debe esta explosión femenina dentro de un oficio que parece hecho sólo para los más machos? Es probable que por la prohibición a las mujeres a enlistarse en el Ejército Peruano a la que estuvieron sujetas por muchos años. Cuando algo es prohibido, la curiosidad por quitar ese velo misterioso que lo rodea puede terminar en obsesión. Pero, eso sí, las cadetes mujeres son las más rápidas en adaptarse, las que gritan con más fuerza, las que menos sufren y las más que menos lloran.
Mucho se ha dicho acerca de los militares: que son abusivos, que son prepotentes, que son groseros y una seguidilla de adjetivos por el estilo. En “La ciudad y los perros”, Mario Vargas Llosa describe con crudeza el abuso y la inclemencia de los superiores a los cadetes del colegio militar Leoncio Prado de Lima. Entre otros detalles, los famosos “bautizos”, que también hemos visto en algunas películas hollywoodienses. Sin embargo, la suboficial Venegas afirma que si bien se aproxima a la realidad, también exagera, como toda novela.
- En el caso del “bautizo” y “ritual de bienvenida”, sí se da. Recuerdo que el anteaño pasado vino un coronel y preguntó quiénes eran los nuevos suboficiales. Entre ellos estaba yo. Ordenó que nos bautizaran. Le dije mi coronel, ya me han bautizado, pero… el bautizo consiste en una serie de pruebas que no puedo detallar, pero la verdad terminas muy mal, hasta las patas. Pero esto no se hace en el colegio. Estamos en la mira de la sociedad, y si haces algo, te cae. Estoy agradecida, porque yo no soy amante de la violencia, y el ejército está tratando de llevar mejor las cosas.
Fundado en 1963, el colegio militar Ramón Castilla se alza entre el mar y la arena. Huanchaco y Chan-Chan. El lugar que lleva el nombre del mariscal es tan grande como una hacienda. En sus instalaciones cuenta con enfermería, carpintería, consultorio psicológico, lavandería, sala de computación, mini-museo, canchas de fulbito, básquet y vóley. Pero lo que más llama la atención es, definitivamente, el campo de tiro y de obstáculos. El paisaje no es más que un conjunto de dunas. En el fondo, dos corceles de pelaje marrón se alimentan con el único vestigio de vegetación. Y un poco más acá, un cerco imaginario nos rodea: una pista similar a la de atletismo, con la única diferencia de estar llena de punzantes obstáculos y trampas invisibles; cajas de arena, parecidas a una tribuna, donde el instructor reúne a sus cadetes para explicarles en una maqueta la estrategia del día; y un campo de tiro con sus bullseye perfectamente alineados, unos muñecos de paja sin rostro, acribillados por la inclemencia de las balas.
- ¿Cómo es un día del cadete en el colegio?- era la pregunta más esperada por todos.
- Los cadetes se levantan a las 5:30 AM con el Toque de Diana, es decir, la corneta. Luego se cambian, asean su puesto, arreglan su ropero, tienden su cama y salen a formar. Se verifica que estén todos, luego se pasa al rancho (comida) de 6 a 6:25 AM, e inmediatamente, van a formar para la Lista de Diana. Para nosotros es muy importante, pues se verifica al personal y se habla de las novedades del día. Después, se van a clases con los profesores civiles de 7:30 AM a 1:45 PM. Dejan sus pertenencias en su cuadra (cuarto), se lavan las manos y van al rancho. De 4:30 a 6 PM hacen su gimnasia básica. De 6 a 8 PM, es la Hora del Cadete. Ahí, los cadetes aprovechan para ir al casino (cafetería) a comer algo, a llamar por teléfono, a ver televisión o ir a la cuadra a avanzar sus tareas. A las 10 PM todos deben estar en la cama.
- ¿Y algo más que quisiera agregar?
Las pestañas con rímel negro de nuestra guía se mueven varias veces. Sonríe, con la certeza de que ha llegado hasta una línea que no debe cruzar.
- Hay cosas que no se deben decir. ¡De repente aquí hay un infiltrado chileno y yo estoy hablando de todo esto!
¿Extraña la suboficial Venegas la vida civil? Por supuesto. Con un poco de tristeza en la voz, afirma que la vida militar le limita muchas cosas. No se puede maquillar, no se puede arreglar como ella quisiera. Las mujeres están prohibidas a casarse y a salir embarazadas durante su permanencia en la escuela. Al término del período, ya pueden contraer matrimonio, pero sólo con un oficial del mismo rango y con la debida autorización del alto mando. Las reglas son las reglas.
Llego a la puerta del colegio militar Ramón Castilla con incertidumbre. Después de una emotiva despedida, la suboficial Venegas regresa al pequeño mundo castrense que acabo de conocer. Su anatomía se pierde entre la espesa neblina y se aleja lentamente, hasta esfumarse. En casi tres horas de recorrido, no hubo ni un solo disparo. Que es un lugar surreal, en cambio, fue mi descubrimiento.

Junio 2008
(Publicado en La Industria)

jueves 5 de junio de 2008

Ciudad Lunar

Lo que más se parece a las calles de Trujillo es el suelo lunar: cráteres por doquier y una arena levantisca que azota el rostro de conductores y transeúntes. Si el parecido no es muy convincente, ahí tienen las imágenes de una ciudad bombardeada: Bagdad, por ejemplo. ¿En qué se parece la Ciudad de la Eterna Primavera a ese desastre?
Somos cómplices los dos / Al menos sé que huyo porque amo / Necesito distensión / Estar así despierto, es un delirio de condenados… Los Soda Stereo ponen la nota dentro del taxi que en este momento recorre la Av. Los Incas. Es casi las once de la mañana de un día frozen y nublado. La destartalada station wagon se detiene frente a un semáforo en rojo. El chofer, un extraño de pelo largo y piel cetrina llamado Erick, tamborilea los dedos distraídamente sobre el timón al ritmo de la canción. Reina una cuasi-perfecta-tranquilidad que, repentinamente, se ve interrumpida por esa estridente sinfonía de claxons, gritos y otros ruidos, propia de la vertiginosidad con que se mueve nuestra – cada vez más – caótica urbe.
- Así que quiere ir por las calles con más huecos, ¿eh?- afirma Erick, sonriendo con una pizca de ironía.- No iremos muy lejos…
De repente, esa momentánea paz se ve interrumpida por un ligero temblor. Antes que Erick abra la boca de nuevo, el taxi empieza a bambolearse de abajo hacia arriba, de izquierda a derecha con furia incontrolable. No estamos en medio de un ataque terrorista en Irak. Ni en el epicentro de un terremoto. Estamos en Trujillo, donde se libra día a día la Guerra de los Mil Huecos. Como usted y el resto de trujillanos ya lo habrán comprobado – o mejor dicho, sufrido – las pistas se encuentran infestadas, desde hace ya varios años, por una plaga conocida como bache.
Ni siquiera el Diccionario de la Real Academia Española puede acaso describir, en toda su magnitud, el significado que tiene este bisílabo en la Capital de la Primavera. A la hora del viaje, ya sea en bus, micro, taxi, carro, moto o bicicleta, los huecos serán siempre la piedra del zapato del recorrido. Y los hay de todo tamaño (gigantescos, grandes, medianos, pequeños, minúsculos) y forma (redondos, cuadrados, rectangulares, asimétricos). Por ejemplo, el hueco por el que acaba de pasar el taxi de Erick es uno de, al menos, un metro y medio de largo y un metro de ancho, de forma rectangular.
A comienzos del 2007, el recién nombrado alcalde César Acuña Peralta, cual profeta, extendió sus brazos y anunció a los cuatro vientos que “el gran cambio” se avecinaba para Trujillo. Las apuestas y las esperanzas estaban puestas sobre la mesa. Pero, como buen político, no pudo resistirse al agridulce embelesamiento del poder absoluto, y prefirió dedicarse a otras actividades, entre ellas, su deporte favorito: el tenis – léase intercambio de acusaciones – con sus archienemigos: los apristas.
Tenemos que resignarnos a presenciar cómo estas “intrigas palaciegas” frenan cualquier intento de progreso en la ciudad. Entre la interminable lista de promesas de campaña del alcalde Acuña, destaca una que se lee como mandamiento: “No más parches en las pistas, sino todas nuevas”. Para hacerle recordar su ofrecimiento, sería una buena idea redactar una lista de las urbanizaciones, las zonas y los distritos que quejas. Empezaría así: 1) Los vecinos de la Urb. Santa María están hartos de que Sedalib rompa las pistas para hacer sus arreglos, y casi siempre, ni se preocupan de parcharlas de nuevo. 2) Las calles de la Urb. La Esmeralda, próxima al Mall Aventura Plaza, están repletas de pequeños y asimétricos huecos. 3) En la Av. América Sur, cerca del Óvalo Grau, es alarmante el estado de la vía. 4) Hace poco, un grupo de obreros de una empresa X abrió unos huecos rectangulares en la Av. Fátima, junto al colegio Claretiano… Baches, baches y más baches. Es de nunca acabar.
All we hear is / Radio ga ga/ Radio goo goo / Radio ga ga / Radio blah blah / Radio what’s new? / Radio someone still loves you… Los Queen le cantan una apología a la radio mientras pasamos cerca de la Clínica Peruano Americana. Por más que intento conversar con Erick del tema, él parece hipnotizado por la genial mezcla de los sintetizadores. Confiesa con orgullo que es súper fanático de la música ochentera. Cuando le digo que yo también, sus ojos negros y melancólicos brillan fugazmente por el espejo retrovisor. Entre comentarios que vienen y van, finalmente toma la iniciativa. Quién mejor que él, que tiene la desgracia de manejar todo el santo día.
- Si tengo suerte, y es un hueco chiquito, sólo siento un pequeño temblor en el carro. Y pasa a cada rato. Lo que más me preocupa es que se malogre la resistencia del carro, que no es mío. Pero casi siempre, los huecos son grandes o no los veo, y termino golpeándome fuerte la cabeza contra el techo o la ventana. Ya me ha pasado unas diez veces.
- ¿Nada más?.- le pregunté.
- Son tantos huecos, pero aún así, ya sé de memoria en dónde están.- ríe.
Ahora, ¿se imagina esa sensación de fastidio, que puede durar algunos segundos, multiplicada por diez? ¿Cien? ¿Mil? ¿O por el número de viajes que hace al día? ¿A la semana? ¿Al año? ¿En diez años, tal vez?
Es increíble que en una ciudad como Trujillo, que crece a pasos agigantados y donde abundan las nuevas construcciones, sus pistas estén en un perpetuo y deplorable estado. Por otro lado, demos gracias a la venida del Foro de Cooperación Internacional Asia Pacífico (APEC) en noviembre, en el que se invertirán 25 millones de soles en obras, y entre ellas, el parchado y refacción de las principales vías. Mientras tanto, no queda otra que sujetarse con fuerza de donde se pueda y, como dice la canción, esperar a que pase el temblor.

Mayo 2008
(Publicado en Dia Treinta)