lunes 5 de mayo de 2008

Ensayo de Orquesta

Como en la película de Federico Fellini, la orquesta sinfónica de trujillo (en minúsculas para ser realistas) ensaya para que nadie la oiga. Por el número de integrantes, se trata en realidad de una orquesta de cámara con instrumentos gastados por el uso y partituras copiadas al desgaire. La que fue alguna vez la segunda en importancia en el Perú, es ahora la primera en declararse en estado de emergencia.
En la noche del 28 de julio de 1957, mientras la bandera rojiblanca ondeaba en cada mástil de cada casa del centro histórico, la créme de la créme de la conservadora sociedad trujillana hacía su ingreso triunfal al Teatro Municipal de Trujillo. Gallardos caballeros y altivas damas, luciendo sus mejores ternos y vestidos de gala respectivamente, ocuparon sus asientos de terciopelo rojo mientras comentaban sobre lo magnífica que se veía la arquitectura rococó del lugar.
Era una noche fría y húmeda, propia del invierno, sin embargo, la sensación dentro del teatro era como estar frente a una acogedora chimenea. Un fuerte murmullo se apoderó de la estancia, pero se apagó al mismo tiempo que lo hicieron las pequeñas luces amarillas. Lentamente, el pesado telón se levantó, dejando a la vista a cincuenta y seis músicos ataviados con elegantes smokings negros, distribuidos en una media luna horizontal. Cada uno de ellos portaba un instrumento musical, ya fuese de cuerdas, de maderas, de metales o de percusión. Los cálidos aplausos de bienvenida no se hicieron esperar. En el palco de honor, Manuel Roberto Ganoza, Virgilio Rodríguez Nache y Monseñor Andrés Ulises Calderón sonreían visiblemente complacidos por la cristalización de un sueño que había empezado tan sólo unos meses atrás, el 7 de marzo. Esta tríada de conocidos personajes trujillanos había sido el artífice de esta novísima orquesta. Por un extremo del escenario apareció el afamado director Francesco Russo. El maestro hizo una venia al cada vez más entusiasmado público. Giró sobre sus talones, y encarando a sus músicos, les dirigió una mirada de plena confianza. Elevó sus brazos enérgicamente, y por primera vez, la flamante Orquesta Sinfónica de Trujillo interpretó el primer movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven.
Cincuenta años después de la triunfal noche de estreno, secundada por un rito de interminables aplausos y jubilosos ¡Bravo! ¡Bravo!, hoy la Orquesta Sinfónica de Trujillo es apenas una sombra de su glorioso pasado, uno de esos frágiles recuerdos que se desvanecen con un suspiro.
Lunes por la mañana. 9:30 AM. En un amplio salón de paredes blancas y piso de madera, veinticinco músicos están sentados sobre chirriantes sillas metálicas. Diez de ellos están de pie por una sencilla razón: no hay asientos para todos. Sin embargo, todos comparten una expresión de cansancio y aburrimiento. Algunos aprovechan el momento para pedir prestado unos céntimos a sus compañeros para fotocopiar las partituras. Si no, ¿cómo podrían ensayar? Un silencio sepulcral se apodera del ambiente. Teófilo Álvarez, el veterano director de la Orquesta Sinfónica de Trujillo, llega con media hora de retraso.
- Buenos días.- saluda apresurado.- Empecemos de una vez.
Nadie protesta por la demora, a pesar que debieron comenzar, como de costumbre, a las 9 AM. Bajo la guía de su maestro, los discípulos tocan un conjunto de suaves melodías con sus instrumentos. Teófilo Álvarez, con el rostro contraído por la concentración, alza la mirada repentinamente. Ordena a todos que se detengan y mira furioso al grupo de violinistas.
- ¡Violines, estamos en si bemol!
- Sí, maestro.- responde uno de los violinistas.- Son las cuerdas. Están muy gastadas y ya no suenan igual.
Los demás músicos aprovechan la ocasión para sumarse al reclamo.
- Maestro, la caña de mi flauta está llena de tierra y no sale con nada.- dijo una joven.
- Y la mayoría de los violonchelos están quiñados.- agregó un profesor de música.
- ¡Un momento, por favor!- gritó el aturdido director.- No hay necesidad de repetirlo todo el tiempo. Por favor, sabemos de las limitaciones de esta orquesta…
No. No todos saben de la perpetua odisea que estos Ulises de la música viven día tras día. La burocracia y el egoísmo del Estado para aumentar el presupuesto, aunado a la falta de identificación del público trujillano, son la madre de la mayoría de problemas que atraviesa el grupo. La Asociación Pro Sinfónica, fundada en el 2006 para contribuir al mejoramiento de la misma, invitó el año pasado al maestro José Quezada Macchiavello a evaluar a la que otrora fue la segunda orquesta más importante del Perú. Estos fueron los resultados: en el aspecto positivo, los músicos tienen un buen nivel interpretativo. “Los jefes de cada instrumento, y los músicos de forma general, no tienen nada que envidiar al resto. Son profesionales que pueden acompañar a cualquier maestro, a cualquier orquesta. Es un buen material musical”. Pero en el aspecto negativo, el conductor del programa de TV “Perú Barroco” señaló que la calidad técnica deja mucho que desear: los instrumentos no están en buen estado y falta adquirir otros para mejorar la calidad del sonido.
Actualmente, son 37 los músicos que conforman la Orquesta Sinfónica de Trujillo. Un número que, lamentablemente, no cumple con el requisito para considerársele una orquesta sinfónica. Veamos por qué. La palabra “orquesta” proviene del latín orchestra, que en la antigüedad era el espacio reservado al coro o a los músicos en los teatros griegos. Según el Diccionario Enciclopédico de El Comercio, una orquesta sinfónica es “la que está formada por un número de músicos que oscila entre ochenta y cien profesores; comprende cuatro grupos: de cuerda, de madera, de metal y de percusión. En algunos casos se incorporan el piano y el órgano”. En todo caso, lo que tenemos es una orquesta de cámara, que es “la que está formada por un reducido número de músicos que no llega a cuarenta”.
En un país como el Perú, donde el sector artístico vive en el olvido y sobrevive “haciendo malabares”, no tener una orquesta sinfónica no sorprende a nadie. Sin embargo, en otros lugares del mundo, la realidad es diametralmente opuesta. En Europa, especialmente en países con una rica tradición artística como Alemania, Austria, Inglaterra y Rusia, los conservatorios forman músicos y directores de primer nivel; y sus gobiernos se preocupan de que la música llegue a todos los sectores, pues saben que el arte es vital para la formación de ciudadanos cultos y visionarios. Sin ir muy lejos, Venezuela es el país con más orquestas sinfónicas, especialmente infantiles y juveniles, en Latinoamérica. Esperemos que la consolidación de la Orquesta Sinfónica de Trujillo no sea un sueño perdido más entre los muchos que rondan por nuestra cada vez más cosmopolita y menos cultural urbe.
Abril 2008
(Publicado en Dia Treinta)