Al ingresar al colegio militar “Ramón Castilla” encontramos un pequeño mundo castrense, un lugar regido por la ley del más fuerte, un territorio famoso por su disciplina inquebrantable. Es cosa de hombres. Sin embargo, desde el 2003, las mujeres también son admitidas en el colegio. ¿Podrá este hecho cambiar toda una tradición?
Hoy es la visita al colegio militar Ramón Castilla y he puesto todas mis esperanzas en que haya un disparo. Sólo uno. Me han contado que los cadetes disparan sus fusiles Máuser en la práctica de tiro y que sus cánticos son tan fuertes que pueden escucharse en toda la periferia: sólo alimentan la esperanza de una guerra inexistente. Pero es un hecho que no he podido presenciar. Todavía.
Esta historia comenzó un jueves a las 6 de la mañana. Me levanté de la cama a duras penas, pero lo cierto es que la curiosidad fue más fuerte que la somnolencia: había ganado mi primera batalla. Monté un destartalado taxi, y mientras viajábamos entre la espesa neblina con los últimos destellos de la madrugada, el aire frozen me congelaba hasta los huesos. Hoy es una mañana nublada en medio del desértico paisaje de Chan-Chan, a unos quince minutos de Trujillo. Llegamos a lo que parece a lo lejos una impenetrable fortaleza de muros pintados de blanco. En la entrada, las efigies de dos altivos cadetes, un hombre y una mujer de uniforme, nos reciben con la gallardía y el honor que representan.
El vigilante abre violentamente la rejilla del portón. Sus penetrantes ojos negros me miran con suspicacia. No deben venir muchos civiles acá. Me indicó que mis compañeros se encontraban en el “rancho”. Un fuerte ruido se escucha en el aire. Mis pies me guían hacia el origen del mismo: el comedor ó “rancho”. Ordenados en largas mesas rectangulares, más de cien chicos y chicas conversan animadamente mientras terminan su desayuno. Todas las miradas, algunas curiosas, otras recelosas, se posan en mí. Y claro, pues yo no llevaba uniforme. Y ellos sí. Por primera vez, estuve frente a los cadetes del colegio militar “Ramón Castilla”.
Esta historia comenzó un jueves a las 6 de la mañana. Me levanté de la cama a duras penas, pero lo cierto es que la curiosidad fue más fuerte que la somnolencia: había ganado mi primera batalla. Monté un destartalado taxi, y mientras viajábamos entre la espesa neblina con los últimos destellos de la madrugada, el aire frozen me congelaba hasta los huesos. Hoy es una mañana nublada en medio del desértico paisaje de Chan-Chan, a unos quince minutos de Trujillo. Llegamos a lo que parece a lo lejos una impenetrable fortaleza de muros pintados de blanco. En la entrada, las efigies de dos altivos cadetes, un hombre y una mujer de uniforme, nos reciben con la gallardía y el honor que representan.
El vigilante abre violentamente la rejilla del portón. Sus penetrantes ojos negros me miran con suspicacia. No deben venir muchos civiles acá. Me indicó que mis compañeros se encontraban en el “rancho”. Un fuerte ruido se escucha en el aire. Mis pies me guían hacia el origen del mismo: el comedor ó “rancho”. Ordenados en largas mesas rectangulares, más de cien chicos y chicas conversan animadamente mientras terminan su desayuno. Todas las miradas, algunas curiosas, otras recelosas, se posan en mí. Y claro, pues yo no llevaba uniforme. Y ellos sí. Por primera vez, estuve frente a los cadetes del colegio militar “Ramón Castilla”.
La suboficial Venegas tiene mirada de águila: rápida, penetrante y alerta, siempre alerta a cualquier movimiento que se produce a su alrededor. Y con razón, pues su espalda está expuesta a un – aparentemente – inofensivo grupo de alumnos y un profesor de una universidad civil que ella jamás ha visto. Viste el uniforme color verde petróleo y marrón del Ejército Peruano, boina negra y botas a lo Rambo. Una cadete de tercer año camina distraída. La suboficial Venegas se detiene frente a ella y de un grito la devuelve de sus pensamientos. La chica, avergonzada, le presenta el saludo como una autómata. La suboficial Venegas sigue su camino y nosotros tras ella. Es nuestra guía.
En el patio central del colegio militar no hay tribunas, no hay kiosco, no hay olor a flores frescas, ni risa, ni murmullos, ni siquiera el sonido de la música. Lo único que hay es un silencio sepulcral. El rostro del mariscal Ramón Castilla, pintado sobre una pared blanca, observa la escena con mirada inquisidora. Debajo de él, descansa el lema: DISCIPLINA, MORALIDAD Y TRABAJO. Empieza a garuar, el frío se intensifica. Los cadetes, algunos vestidos con buzos azules y otros con sacos verde petróleo, están formados en sus respectivas secciones, que a su vez forman cuadraditos dentro del gran cuadrado que es el patio. Éstos son hijos de Adán y Eva, que han resistido dos meses de duras pruebas físicas y psicológicas. Tienen los pechos inflados de orgullo y las barbillas alzadas hacia el cielo gris.
- Ésta es la Lista de Diana (término militar para dar inicio a una actividad), explica la suboficial Venegas, señalándolos.- Al comienzo salen dos cadetes, uno reza la Oración del Cadete y otro el Credo.
Al término de la ceremonia, la banda del colegio toca una marcha X, mientras los batallones desfilan hacia sus respectivos salones en perfecto orden. Izquierdo, izquierdo, derecho, izquierdo…
Como en cualquier otro colegio, las 7: 15 de la mañana marca el inicio de las clases. Recorremos los pabellones de dos pisos, pintados de verde claro y blanco. En el salón de tercer año de hombres, el profesor de matemática anota en la pizarra unos ejercicios de logaritmos. Los cadetes lucen aburridos y soñolientos. Uno de ellos, el último de la fila, recorta con tijera unas hojas de colores. Luego, las pega con sumo cuidado sobre una hoja vacía de su cuaderno. Sus delicadas manos se asemejan a las de un creador, un Miguel Ángel de uniforme; imagen que contrasta fuertemente con el lugar que lo rodea, un lugar donde las manos del verdadero artista son las que hacen maravillas con el fusil.
Como las bailarinas de ballet, llevan sus cabellos untados con litros de gel y amarrados con una redecilla negra, formando un tieso moño. Pero, a diferencia de las delicadas danzarinas, que destacan sus suaves y acompasados movimientos, las cadetes mujeres lo hacen por su fuerza y destreza frente a las pruebas. El 2003 fue un año clave en la historia del Ramón Castilla: marcó la llegada de una generación femenina. Y con fuerza, ya que actualmente hay cuarenta cadetes mujeres, número que supera con creces al de los cadetes hombres. La suboficial Venegas ríe por primera vez. Ha dejado de lado esa expresión dura e impenetrable, y ahora es más desenvuelta. Recuerda que ella formó parte de la primera promoción de cadetes mujeres.
- He conversado con varias compañeras y cadetes sobre este tema. La mayoría me dijo que había ingresado al colegio por curiosidad, porque las inspiraba ver a una mujer uniformada por la calle. El respeto e importancia que transmitía. Otras fueron impulsadas por sus padres para seguir la carrera.
¿A qué se debe esta explosión femenina dentro de un oficio que parece hecho sólo para los más machos? Es probable que por la prohibición a las mujeres a enlistarse en el Ejército Peruano a la que estuvieron sujetas por muchos años. Cuando algo es prohibido, la curiosidad por quitar ese velo misterioso que lo rodea puede terminar en obsesión. Pero, eso sí, las cadetes mujeres son las más rápidas en adaptarse, las que gritan con más fuerza, las que menos sufren y las más que menos lloran.
- Ésta es la Lista de Diana (término militar para dar inicio a una actividad), explica la suboficial Venegas, señalándolos.- Al comienzo salen dos cadetes, uno reza la Oración del Cadete y otro el Credo.
Al término de la ceremonia, la banda del colegio toca una marcha X, mientras los batallones desfilan hacia sus respectivos salones en perfecto orden. Izquierdo, izquierdo, derecho, izquierdo…
Como en cualquier otro colegio, las 7: 15 de la mañana marca el inicio de las clases. Recorremos los pabellones de dos pisos, pintados de verde claro y blanco. En el salón de tercer año de hombres, el profesor de matemática anota en la pizarra unos ejercicios de logaritmos. Los cadetes lucen aburridos y soñolientos. Uno de ellos, el último de la fila, recorta con tijera unas hojas de colores. Luego, las pega con sumo cuidado sobre una hoja vacía de su cuaderno. Sus delicadas manos se asemejan a las de un creador, un Miguel Ángel de uniforme; imagen que contrasta fuertemente con el lugar que lo rodea, un lugar donde las manos del verdadero artista son las que hacen maravillas con el fusil.
Como las bailarinas de ballet, llevan sus cabellos untados con litros de gel y amarrados con una redecilla negra, formando un tieso moño. Pero, a diferencia de las delicadas danzarinas, que destacan sus suaves y acompasados movimientos, las cadetes mujeres lo hacen por su fuerza y destreza frente a las pruebas. El 2003 fue un año clave en la historia del Ramón Castilla: marcó la llegada de una generación femenina. Y con fuerza, ya que actualmente hay cuarenta cadetes mujeres, número que supera con creces al de los cadetes hombres. La suboficial Venegas ríe por primera vez. Ha dejado de lado esa expresión dura e impenetrable, y ahora es más desenvuelta. Recuerda que ella formó parte de la primera promoción de cadetes mujeres.
- He conversado con varias compañeras y cadetes sobre este tema. La mayoría me dijo que había ingresado al colegio por curiosidad, porque las inspiraba ver a una mujer uniformada por la calle. El respeto e importancia que transmitía. Otras fueron impulsadas por sus padres para seguir la carrera.
¿A qué se debe esta explosión femenina dentro de un oficio que parece hecho sólo para los más machos? Es probable que por la prohibición a las mujeres a enlistarse en el Ejército Peruano a la que estuvieron sujetas por muchos años. Cuando algo es prohibido, la curiosidad por quitar ese velo misterioso que lo rodea puede terminar en obsesión. Pero, eso sí, las cadetes mujeres son las más rápidas en adaptarse, las que gritan con más fuerza, las que menos sufren y las más que menos lloran.
Mucho se ha dicho acerca de los militares: que son abusivos, que son prepotentes, que son groseros y una seguidilla de adjetivos por el estilo. En “La ciudad y los perros”, Mario Vargas Llosa describe con crudeza el abuso y la inclemencia de los superiores a los cadetes del colegio militar Leoncio Prado de Lima. Entre otros detalles, los famosos “bautizos”, que también hemos visto en algunas películas hollywoodienses. Sin embargo, la suboficial Venegas afirma que si bien se aproxima a la realidad, también exagera, como toda novela.
- En el caso del “bautizo” y “ritual de bienvenida”, sí se da. Recuerdo que el anteaño pasado vino un coronel y preguntó quiénes eran los nuevos suboficiales. Entre ellos estaba yo. Ordenó que nos bautizaran. Le dije mi coronel, ya me han bautizado, pero… el bautizo consiste en una serie de pruebas que no puedo detallar, pero la verdad terminas muy mal, hasta las patas. Pero esto no se hace en el colegio. Estamos en la mira de la sociedad, y si haces algo, te cae. Estoy agradecida, porque yo no soy amante de la violencia, y el ejército está tratando de llevar mejor las cosas.
Fundado en 1963, el colegio militar Ramón Castilla se alza entre el mar y la arena. Huanchaco y Chan-Chan. El lugar que lleva el nombre del mariscal es tan grande como una hacienda. En sus instalaciones cuenta con enfermería, carpintería, consultorio psicológico, lavandería, sala de computación, mini-museo, canchas de fulbito, básquet y vóley. Pero lo que más llama la atención es, definitivamente, el campo de tiro y de obstáculos. El paisaje no es más que un conjunto de dunas. En el fondo, dos corceles de pelaje marrón se alimentan con el único vestigio de vegetación. Y un poco más acá, un cerco imaginario nos rodea: una pista similar a la de atletismo, con la única diferencia de estar llena de punzantes obstáculos y trampas invisibles; cajas de arena, parecidas a una tribuna, donde el instructor reúne a sus cadetes para explicarles en una maqueta la estrategia del día; y un campo de tiro con sus bullseye perfectamente alineados, unos muñecos de paja sin rostro, acribillados por la inclemencia de las balas.
- ¿Cómo es un día del cadete en el colegio?- era la pregunta más esperada por todos.
- Los cadetes se levantan a las 5:30 AM con el Toque de Diana, es decir, la corneta. Luego se cambian, asean su puesto, arreglan su ropero, tienden su cama y salen a formar. Se verifica que estén todos, luego se pasa al rancho (comida) de 6 a 6:25 AM, e inmediatamente, van a formar para la Lista de Diana. Para nosotros es muy importante, pues se verifica al personal y se habla de las novedades del día. Después, se van a clases con los profesores civiles de 7:30 AM a 1:45 PM. Dejan sus pertenencias en su cuadra (cuarto), se lavan las manos y van al rancho. De 4:30 a 6 PM hacen su gimnasia básica. De 6 a 8 PM, es la Hora del Cadete. Ahí, los cadetes aprovechan para ir al casino (cafetería) a comer algo, a llamar por teléfono, a ver televisión o ir a la cuadra a avanzar sus tareas. A las 10 PM todos deben estar en la cama.
- ¿Y algo más que quisiera agregar?
Las pestañas con rímel negro de nuestra guía se mueven varias veces. Sonríe, con la certeza de que ha llegado hasta una línea que no debe cruzar.
- Hay cosas que no se deben decir. ¡De repente aquí hay un infiltrado chileno y yo estoy hablando de todo esto!
¿Extraña la suboficial Venegas la vida civil? Por supuesto. Con un poco de tristeza en la voz, afirma que la vida militar le limita muchas cosas. No se puede maquillar, no se puede arreglar como ella quisiera. Las mujeres están prohibidas a casarse y a salir embarazadas durante su permanencia en la escuela. Al término del período, ya pueden contraer matrimonio, pero sólo con un oficial del mismo rango y con la debida autorización del alto mando. Las reglas son las reglas.
Llego a la puerta del colegio militar Ramón Castilla con incertidumbre. Después de una emotiva despedida, la suboficial Venegas regresa al pequeño mundo castrense que acabo de conocer. Su anatomía se pierde entre la espesa neblina y se aleja lentamente, hasta esfumarse. En casi tres horas de recorrido, no hubo ni un solo disparo. Que es un lugar surreal, en cambio, fue mi descubrimiento.
- En el caso del “bautizo” y “ritual de bienvenida”, sí se da. Recuerdo que el anteaño pasado vino un coronel y preguntó quiénes eran los nuevos suboficiales. Entre ellos estaba yo. Ordenó que nos bautizaran. Le dije mi coronel, ya me han bautizado, pero… el bautizo consiste en una serie de pruebas que no puedo detallar, pero la verdad terminas muy mal, hasta las patas. Pero esto no se hace en el colegio. Estamos en la mira de la sociedad, y si haces algo, te cae. Estoy agradecida, porque yo no soy amante de la violencia, y el ejército está tratando de llevar mejor las cosas.
Fundado en 1963, el colegio militar Ramón Castilla se alza entre el mar y la arena. Huanchaco y Chan-Chan. El lugar que lleva el nombre del mariscal es tan grande como una hacienda. En sus instalaciones cuenta con enfermería, carpintería, consultorio psicológico, lavandería, sala de computación, mini-museo, canchas de fulbito, básquet y vóley. Pero lo que más llama la atención es, definitivamente, el campo de tiro y de obstáculos. El paisaje no es más que un conjunto de dunas. En el fondo, dos corceles de pelaje marrón se alimentan con el único vestigio de vegetación. Y un poco más acá, un cerco imaginario nos rodea: una pista similar a la de atletismo, con la única diferencia de estar llena de punzantes obstáculos y trampas invisibles; cajas de arena, parecidas a una tribuna, donde el instructor reúne a sus cadetes para explicarles en una maqueta la estrategia del día; y un campo de tiro con sus bullseye perfectamente alineados, unos muñecos de paja sin rostro, acribillados por la inclemencia de las balas.
- ¿Cómo es un día del cadete en el colegio?- era la pregunta más esperada por todos.
- Los cadetes se levantan a las 5:30 AM con el Toque de Diana, es decir, la corneta. Luego se cambian, asean su puesto, arreglan su ropero, tienden su cama y salen a formar. Se verifica que estén todos, luego se pasa al rancho (comida) de 6 a 6:25 AM, e inmediatamente, van a formar para la Lista de Diana. Para nosotros es muy importante, pues se verifica al personal y se habla de las novedades del día. Después, se van a clases con los profesores civiles de 7:30 AM a 1:45 PM. Dejan sus pertenencias en su cuadra (cuarto), se lavan las manos y van al rancho. De 4:30 a 6 PM hacen su gimnasia básica. De 6 a 8 PM, es la Hora del Cadete. Ahí, los cadetes aprovechan para ir al casino (cafetería) a comer algo, a llamar por teléfono, a ver televisión o ir a la cuadra a avanzar sus tareas. A las 10 PM todos deben estar en la cama.
- ¿Y algo más que quisiera agregar?
Las pestañas con rímel negro de nuestra guía se mueven varias veces. Sonríe, con la certeza de que ha llegado hasta una línea que no debe cruzar.
- Hay cosas que no se deben decir. ¡De repente aquí hay un infiltrado chileno y yo estoy hablando de todo esto!
¿Extraña la suboficial Venegas la vida civil? Por supuesto. Con un poco de tristeza en la voz, afirma que la vida militar le limita muchas cosas. No se puede maquillar, no se puede arreglar como ella quisiera. Las mujeres están prohibidas a casarse y a salir embarazadas durante su permanencia en la escuela. Al término del período, ya pueden contraer matrimonio, pero sólo con un oficial del mismo rango y con la debida autorización del alto mando. Las reglas son las reglas.
Llego a la puerta del colegio militar Ramón Castilla con incertidumbre. Después de una emotiva despedida, la suboficial Venegas regresa al pequeño mundo castrense que acabo de conocer. Su anatomía se pierde entre la espesa neblina y se aleja lentamente, hasta esfumarse. En casi tres horas de recorrido, no hubo ni un solo disparo. Que es un lugar surreal, en cambio, fue mi descubrimiento.
Junio 2008
(Publicado en La Industria)







6 comentarios:
era q t qedes dentro y aprendas a ser un ombre ;)
jeje
estupenda crónica, una prosa elegante, felicidades!!
y mucha suerte con tus proyectos.
un beso desde Madrid
Ala! 5:30 de la madrugada!
Los débiles no sirven para este oficio...los que nos levantamos tarde, tampoco!
Chévere el artículo y congratulations por la publicación en La Industria!
Una vez mas quedo maravillado con tu prosa super exquisita... eres lo máximo amiguita :D
Felicitaciones... y exitos con tu primera novela =)
Hola, acabo de leer el artículo. Creo que es la primera vez que te comento, aunque te tengo desde hace un tiempo en el lector. Y es que tus post son muy densos, aunque he de decir que muy interesantes.
También me gustaría hacerte una pequeña crítica constructiva desde mi humilde posición de lector y teniendo en cuenta que no sé para qué contexto editorial fue escrito el artículo, así que supongo que es un artículo real y no imaginado. Si no es así ruego que me perdones y deseches el comentario como si no existiera.
En mi opinión, el texto es muy ágil y atrapa muy bien la lectura. Pero peca de ser demasiado edulcorado, sobre todo en la comparación de un cadete haciendo recortes con Miguel Ángel o en la exageración constante de los atributos de la suboficial Venegas, como si fuese una máquina perfecta de matar, cuando es sólo un ser humano vestido de verde. Eso hace que las descripciones que realizas del resto del conjunto queden un tanto desvirtuadas llegando el lector a no poder distinguir qué atributos son reales y cuales recursos literarios (que en mi opinión no deben abundar en un texto de estas características).
Por otra parte prescindes de cualquier tipo de crítica personal. Un artículo de similares características sin recoger la opinión de su autor, una opinión que tienda a ser científica y analítica... pierde bastante valor. Parece que todo te parece fantástico, te impresiona y te apabulla.
Y nada más. De veras escribes muy bien. Espero que aprecies mi opinión.
Un abrazo!
yo he conocido militares y policias realmente debiles y miedosos,,no todo es como lo ves..pero es agradable y divertido tomarce un parcito con un amigo verde,,
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