martes 8 de noviembre de 2011

Foster The People - Houdini



"Se nos vino encima una ola gigante y estamos nadando como locos". No, no es un bañista desprevenido que narra su odisea en el mar. Es Mark Foster, un compositor de jingles comerciales, sobre el repentino éxito de la banda que lidera: Foster The People (originalmente Foster & People, pero los fans escucharon otro nombre y quedó así porque significa "hacer algo por la gente". No hay mal que por bien no venga).
Su primer álbum, Torches (2011), es el soundtrack del verano. De cualquier verano. Imposible resistirse, así como a la playa en un día soleado, al ritmo pegajoso y exquisito de las 10 canciones que lo conforman. Son de esas que no puedes dejar de tararear en voz alta, bailar suave y frenéticamente a la vez, tamborilear con los dedos sobre un teclado imaginario.
Fusión de indie pop y rock, dance, synth pop y electrónica suave. ¿El resultado? Un disco muy hipster que tiene a "Pumped Up Kicks" y, más recientemente, "Call It What You Want", como canciones bandera. Si bien encajan perfectamente en el molde de los hits, me quedo con "Houdini". Quizá porque la mezcla fresca de los sintetizadores me trae recuerdos cuando de niña jugaba con un pequeño sintetizador Yahama que me regaló mi padre, con sonidos y efectos parecidos. O, dejando la nostalgia de lado, porque es una buena canción que quiero bailar, cantar, tocar.

Foster The People: Mark Foster (voz, teclados, piano, sintetizadores, guitarra, programación, percusión), Mark Pontius (batería y percusión adicional) y Cubbie Fink (bajo y coros)
Origen: Los Ángeles, California, Estados Unidos
Video: fosterthepeopleVEVO (YouTube)
Foto: www.festivals.vmusic.com.au

jueves 3 de marzo de 2011

¿Se puede ser menos que cero?

Superficialidad y consumismo, dos rasgos que caracterizaron a la llamada Generación MTV, son fáciles de identificar, veinte años después, en este Trujillo de bonanza económica.

No perderé nada por buscarla. Fue lo primero que pensé mientras deambulaba una fría tarde de julio por los estantes de la librería SBS, con el único propósito de encontrar la novela cuya lectura fugaz y cansina –en una versión online incompleta– no había logrado satisfacer mi voraz apetito literario: Menos que Cero (Less Than Zero).
Pero no era la única razón que había despertado mi interés por la primera obra de Bret Easton Ellis. Lejos de producir cualquier emoción cercana a la risa o a las lágrimas –que una buena lectura suele arrancar–, esta ficción me había perturbado. Completamente. Una descarga eléctrica que recorría de los pies a la cabeza.
Lo que parecía más que improbable (encontrar la novela), resultó siendo todo lo contrario. Era extraño: los amantes de la literatura ya nos habíamos resignado a la ausencia de ciertos títulos fundamentales que, para conseguirlos, o bien teníamos que viajar a Lima, esperar a la Feria del Libro o hacer clic en Amazon.
Por eso, cuando extraje a Menos que Cero de las entrañas de una pila de multicolores best-sellers del New York Times, la ansiedad que sentía al principio desapareció. Había rescatado a una novela que, por su ubicación, podría confundirse con una lectura light. A Ellis no le hubiera hecho mucha gracia. Y aunque se preste a esas deducciones porque habla de la superficialidad, es mucho más que eso.

Infierno en la tierra
Ambientada en la plástica Los Ángeles de mediados de los 80’s, Menos que Cero es una fotografía de ese mundillo opulento de magnates de Hollywood llamado Beverly Hills, donde uno puede desaparecer sin notarlo: das vueltas y vueltas en un convertible por el mismo camino flanqueado por altas palmeras en una mañana soleada, pero sin rumbo fijo.
Mientras que en las noches de insomnio, esos giros son acelerados por las drogas y el rock en las discotecas de moda. Es como estar dentro de una licuadora. Son precisamente esos eternos movimientos circulares los que acaban desintegrándote y que, finalmente, te convierten en nada, mucho antes de morir.
Vemos esa realidad a través de los ojos de Clay, el protagonista de la historia, un estudiante de 18 años de una exclusiva universidad del este de Estados Unidos que vuelve a casa en Los Ángeles para las vacaciones de Navidad. No tardamos mucho en descubrir que él es como todos los personajes del libro, un antihéroe: joven, rico, guapo, rubio, alienado, bisexual, drogadicto, indiferente.
Visita a su amiga Muriel, internada en una clínica por anorexia crónica y que se burla de los vídeos de ejercicios; decide si regresa o no con su ex enamorada, Blair, a quien besa pero no siente nada; observa mientras su mejor amigo, Julian, vende su cuerpo bronceado a un empresario para poder costear su adicción a la heroína. Clay se pasea como un fantasma por L.A.


Sentimientos encontrados
El título se presta para una pregunta interesante: ¿Se puede ser menos que cero? Apliquemos la lógica para responderla. Si cero es igual a la nada, entonces menos que cero es ser nada y –estoy convencida de esto– querer desaparecer. Es vivir en la negación perpetua, convertir a la destrucción en un placer, sentir que uno ha venido a este mundo para sufrir.
Esta idea concuerda con la descripción de la contratapa de la edición de Picador: “Una novela acerca del nihilismo que se pone de moda con la juventud y el dinero”. Clay quería ser menos que cero. Y yo quiero estar presente. Sentimientos encontrados (curiosidad y rechazo) me invadían mientras pasaba las páginas de libro, pues era testigo de cómo un mundo de ensueño se tornaba en la más cruenta pesadilla.
Por supuesto, parte de la culpa la tenía esa vena fría, sarcástica y visceral de la escritura del enfant terrible de las letras norteamericanas, pero no por eso dejaba de rozar la maestría. Y es que Menos que Cero es un retrato de la apodada Generación MTV, esa que creció rodeada de muchísimo dinero y muy poco afecto.
“La novela se entendió erróneamente como una autobiografía y sus escenas sensacionalistas estaban inspiradas en rumores morbosos que circulaban entre el grupo en el que me movía por Los Ángeles y no en experiencias directas”, rememoró el autor en su último libro, Lunar Park. Pero las vivencias más agrias de Ellis están omnipresentes, sin duda, en la mala relación de Clay con su padre. Como en la vida real, no tenían nada de qué hablar.
Seguimos con los comentarios de Bret acerca de su primera obra, publicada en 1985: “Era una denuncia no solo de un estilo de vida que conocía bien, sino también –creía yo, presuntuoso– de los años ochenta de Reagan y, de forma más indirecta, del estado de la civilización occidental”.
Quizá ser menos que cero era el reflejo y la tendencia de la época, una práctica filosofía para toda una legión de chicos y chicas que vivían una doble vida, pues sus vidas eran perfectas, relajadas y aparentemente resueltas, pero, por dentro, lidiaban con un vacío que tenían que llenar a como diera lugar o, de lo contrario, estarían condenados a la absoluta soledad.

Ayer y hoy
Parece que lo mismo está sucediendo en Trujillo. Soy testigo de cómo esta novela de Bret Easton Ellis, a pesar de ser tan lejana a nuestra realidad latinoamericana, se ha materializado en esta ciudad cada vez menos primaveral y más cosmopolita, que ha adoptado los rezagos de una década peligrosamente consumista como la ochentera, que tenía a la codicia como valor supremo y al monto de dinero como indicador exclusivo del éxito.
No pretendo satanizar el progreso que ha transformado la cara de nuestra urbe –producto del boom económico de la agroindustria, la minería y el comercio– pues eso significa un avance en muchos sentidos. Pero lo que sí ha cambiado es la actitud de los trujillanos, especialmente de los más jóvenes.
Vivimos en una suerte de mundo virtual configurado con esta nueva realidad, embelesados por la tecnología, pendientes al comentario que nos dejarán en Facebook y con los oídos sordos por las dos mil canciones reproducidas en el Ipod.
Esperando con ansia el fin de semana para visitar esos malls que satisfacen a todos los sectores, observar los sofisticados paneles publicitarios con modelos inalcanzables, contar las vallas que te persiguen donde vayas y enterarnos de quién sale con quién, cuál será el próximo lugar de moda, cuando nos entregarán la quinta tarjeta de crédito, dónde iremos a comprar (aprovechando los días fantásticos de cada semana), cuántas bolsas de plástico más seguiremos coleccionando.
La superficialidad llegó tardíamente.

miércoles 8 de diciembre de 2010

"No hay más que hoy"


Rent, la afamada obra de Broadway, se estrenó en Lima con gran éxito. Un grupo de jóvenes bohemios lucha contra el sida, las drogas y la marginalidad en la Nueva York de inicios de los 90's. Sus mejores armas: la música, el amor y el deseo de vivir.

Tras la caída del Muro de Berlín, los que soñaban con un mundo mejor quedaron desamparados. El 9 de noviembre de 1989, mientras los alemanes de los puntos cardinales opuestos celebraban que en su país ya no habría barreras físicas ni ideológicas que los separaran, Francis Fukuyama anunciaba El Fin de la Historia: la lucha de ideologías había llegado a su fin, y el neoliberalismo se impondría en el futuro.

Algo tuvo de razón, pero no del todo. A 6.373 kilómetros de distancia de Berlín, conviven dos modelos contrapuestos en Nueva York: el capitalismo salvaje de los brokers de terno azul de Wall Street, que predicaba Fukuyama; pero también el otro lado, ese refugio de la bohemia conocido como East Village y su emblemático vecindario Alphabet City, hogar de seres errantes como Mark, Roger, Mimi, Tom, Angel, Maureen, Joanne y Benjamin.

Ocho jóvenes que saben que no hay más que hoy, pues les ha tocado vivir una época de transición entre una década superficial y monótona (80’s) a una crítica y de vuelta a las raíces del hippismo (90’s). Un periodo donde se entremezclan los conflictos de la sociedad como el sida, la pobreza y las drogas con los conflictos personales como el desamor, el bloqueo creativo, la adicción, la homosexualidad y el miedo a la muerte.

Corazón de la ciudad

Esta es, a grandes rasgos, la trama de Rent, ópera prima del compositor y dramaturgo neoyorkino Jonathan Larson, basada en La Bohème, de Giacomo Puccini, pero también en su propia vida: él, al igual que sus personajes, había convivido en un loft sin calefacción, con una bañera en medio de la cocina y un timbre malogrado. Las visitas llamaban del teléfono público y les arrojaba las llaves desde la ventana.

“Papá, envíame dinero porque estoy escribiendo la gran ópera americana”, le dijo a su progenitor, mientras trabajaba como mozo en el Moondance Diner los fines de semana y trabajaba en sus musicales el resto de días. Tras siete años de intensa actividad creativa, de aciertos y errores, Jonathan no viviría para ver su obra en ese Hollywood del teatro llamado Broadway.

En la víspera del 25 de enero de 1996 –curiosamente, el aniversario Nº 100 de La Bohème– estaba muy nervioso. Una aneurisma de aorta le tumbó mientras se preparaba un té en casa. Murió. Al día siguiente, fue el estreno de Rent que, tras 12 años en las tablas, 4 Premios Tony, 1 Premio Pulitzer, 5.124 funciones, 10 millones de espectadores, 1 película y US$ 280 millones en recaudación, cerró su producción en septiembre de 2008.

Estreno en Lima

El boom del teatro que vive Lima desde hace algunos años se refleja en la mejora de todo el engranaje dramatúrgico, especialmente a nivel de producción, dirección y actuación. Algunas peruanas, otras adaptaciones, lo cierto es que nombres famosos como Cabaret o La Jaula de las Locas han recorrido sus carteleras con gran éxito de público. Rent también se subió a la ola artística del 18 al 28 de noviembre.

“Mi objetivo en esta oportunidad es contar una historia real, lejos de la ficción”, refiere su director, Doménico Poggi, en el programa de la obra. “Nuestro gran reto fue encontrar el mix artístico idóneo para Rent y que cada personaje sea parte de un engranaje perfecto para cumplir con nuestra misión: contar una historia y transmitir diferentes emociones a nuestro público”.

A medida que las luces se apagaban, también lo hacían las cientos de voces para dejar paso al silencio sepulcral en el teatro Luigi Pirandello. Un solo escenario, 16 actores y una banda en vivo, nos trasladan a ritmo frenético de rock a ese pedacito bohemio de Nueva York. El juego de las sombras a la luz y viceversa impregna más el existencialismo de la trama, así como el sentido de vida que trata de encontrar cada uno de los personajes.

Roger (Marco Zunino) es un músico cuya prometedora carrera se vino abajo por su adicción a la heroína y el suicidio de su novia April, tras descubrir que portaba el VIH. Aunque se siente atraído por Mimi (Tati Alcántara), una bailarina de club nocturno, la rechaza porque las heridas aún no cierran. Mientras graba un documental sobre sus amigos, Mark (Gabriel Anselmi) se debate entre la vocación artística y el éxito comercial.

La contestataria Maureen (Karina Jordán), acaba de dejar a Mark por una abogada de Harvard, Joanne (Fiorella Rojas). Ambas tendrán que encontrar un balance entre el deseo de libertad de la primera y la necesidad de controlar de la segunda. Tom (Gustavo Mayer), un profesor de filosofía expulsado tras plantear teorías “vanguardistas”, luego de ser asaltado es socorrido por Angel (Jeffrie Fuster), un simpático drag queen, y se enamoran.

El antagonista es, por supuesto, el yuppie. Benjamin (Renato Medina), abandonó a sus mejores amigos y a sus ideales para casarse con la hija de un millonario. No solo ha faltado a su promesa de dejar vivir a sus antiguos compañeros en el loft, sino que pretende desalojarlos para construir un moderno centro tecnológico. He ahí que una de las canciones transmite ese temor: ¿Cómo vamos a pagar la renta?

Reyes de la noche

Si bien aquí no existen divisiones geográficas marcadas que separan a estos estilos de vida opuestos, algunos nexos nos recuerdan que la bohemia es universal y que la cultura underground sigue luchando por preservar su identidad entre la masa y frente al mercado. Mientras Trujillo se va amoldando con el buen momento económico, aún subsiste esta suerte de templos a donde los contraculturales acuden religiosamente los fines de semana.

Todo empezó con El Beso Fugaz. Hacia fines de los 80’s y principios de los 90’s, fue punto de reunión de múltiples corrientes fuera del status quo como el viejo punk y el new wave. Pero, como dice su nombre, el local de la avenida César Vallejo desapareció al poco tiempo y le cedió la posta al Chaska Rock Bar. Artistas plásticos, poetas, músicos y simples melómanos encontraron allí a un escape de la conservadora sociedad trujillana.

Luego de mudarse –como en un juego de ping-pong eterno– entre tres casonas del centro histórico, desapareció en el 2010 porque gran parte de su público fetiche se sintió defraudado por los cambios estilísticos que experimentó el viejo reducto. Pero el disfraz de camaleón no resultó ni para lo uno ni para lo otro: las nuevas generaciones preferían el establishment y los fieles seguidores se sintieron traicionados.

Bohemios no hace honor a su nombre. Y es que los que allí se reúnen no son como los personajes de Rent, que anteponían sus ideas al bienestar personal. Este bar ofrece sólo una ilusión para los que buscan liberarse del estrés, pero no es su culpa. En nuestra época, ser bohemio es tarea difícil y que pocos se atreven a seguir. Aunque, quedará para la posteridad la filosofía de esta afamada obra neoyorkina: un año son 525.600 minutos. Vivamos al máximo.

martes 14 de septiembre de 2010

"Yo soy Gia, y tú no eres nadie"


Mientras muchas jóvenes aspiran a vivir en un mundo de glamour y ensueño, las que llegan a la cúspide de la belleza y la admiración sólo piensan en abandonar este mundo fabricado de ilusiones vacías.

Las supermodelos son seres de otro planeta. Este término, acuñado en la década de los 80’s, se le atribuye a Janice Dickinson –una de sus mejores representantes– para intentar una aproximación a esas mujeres altísimas, de cuerpos perfectos y lindos rostros, que muchas veces no es posible en la realidad. Cuenta la anécdota que su mánager, preocupada por la carga de trabajo que Janice tenía en el pináculo de su carrera, le dijo: “Tú no eres Superman”. A lo que ella, suelta de huesos, le respondió: “No soy Superman, soy una supermodelo”.
Algunas matarían, literalmente, por ser como una de ellas. Pero otras, dejarían este mundo antes de tiempo por dejar de ser lo que eran: objetos del deseo. Como Ruslana Korshunova, que de camarera de pub de una ex república soviética había acaparado la portada de la Biblia del fashion business, Vogue, se tirara por la ventana de su departamento en el noveno piso de un edificio de Manhattan. La veinteañera escribió en su blog poco antes de morir: “Estoy tan perdida. ¿Me encontraré a mí misma alguna vez?”.
Esa misma desolación fue la que empujó a la colombiana Lina Marulanda a encerrarse en su habitación y caer del balcón al vacío. Mientras tanto, en la sala de su apartamento conversaban sus padres, su ex esposo y un médico sobre cómo ayudarla a salir de la crisis emocional que la afectaba. “Locura depresiva y sobretrabajo, cuanto más gano más sola estoy. Soy como un fantasma”, posteó Daul Kim antes de ahorcarse en su departamento de París. Un amigo descubrió el cuerpo de la surcoreana que había sido una de las favoritas de Chanel.
Lo mismo ocurrió con una modelo británica que había cambiado las pasarelas por la pantalla grande. Dos días antes de cumplir 29 años, Lucy Gordon, una de las protagonistas de Spiderman 3, puso fin a sus días en su piso en la capital francesa. Su novio irrumpió en una tienda, clamando a gritos por ayuda, pero ya era demasiado tarde. Al margen, existen otras formas de suicidio, lentas y dolorosas, que van borrando cualquier rastro de felicidad hasta que no queda otra salida que el abismo. Como las que empiezan y terminan con una jeringa cargada de heroína.

Estrella fugaz
Gia Marie Carangi nació el 29 de enero de 1960 en un suburbio de Filadelfia, Estados Unidos. Era la niña de los ojos del matrimonio conformado por Joe, un pequeño empresario, y Kathleen, una ex modelo de catálogos. La felicidad duró poco, ya que el ambiente familiar era tenso. Su hermano, Michael, recordó en una entrevista para E! True Hollywood Story: “Gia y yo solíamos sentarnos en las escaleras todas las noches y escuchar cómo discutían, lo odiábamos”. El divorcio era inminente. Gia, que era muy cercana a su madre, sufrió muchísimo cuando esta los abandonó a su suerte.
Musicalmente hablando, el disco era el rey indiscutible de las pistas de baile de los años 70’s. Sin embargo, fue en otros géneros más oscuros como el glam rock y el punk en los que la adolescente Gia encontró refugio a su soledad. La escasa atención que le dio su padre contribuyó decisivamente a forjar ese carácter rebelde y temerario que fascinaría al mundo de la moda años después. The Bowie Kids, grupo que rendía culto al andrógino intérprete de Modern Love, acercó a Gia a sus primeras experiencias con el alcohol, las pastillas, la marihuana y las relaciones bisexuales.
Con 17 años a cuestas, había desarrollado una figura perfecta. Su madre, creyendo que el modelaje podría cambiar la personalidad conflictiva de su hija, la impulsó a seguir ese camino. Y fue así como Maurice Tannenbaum, un estilista y aspirante a fotógrafo, la descubrió. “La vi una noche en un club. Estaba fascinado por la idea de que quería fotografiarla, y que ella quería ser fotografiada. Tenía una belleza pura”, contó. Luego, envió las fotografías a Wihelmina Cooper, que dirigía una de las agencias de modelos más importantes de Nueva York. Quería conocerla personalmente.
La Gran Manzana recibió a Gia en 1978 y la envolvió en su vertiginosidad. Con un contrato con Wihelmina Models bajo el brazo, esta descendiente de italianos, que vestía jeans rotos y casaca de cuero, supo abrirse paso en una industria dominada por las rubias glamorosas y ojiverdes. Así, llegó a trabajar con fotógrafos de la talla de Richard Avedon, Francesco Scavullo, Arthur Elgort y Chris Von Wangenheim. Precisamente, con este último trabajó su primer gran reportaje para Vogue. Una vez terminado, le pidió que se quedara para hacerle unas tomas más conceptuales.
Von Wangenheim también invitó a la conocida maquilladora Sandy Linter a unirse a la sesión, que posteriormente bautizaría como The girl behind the fence. Ambas se quitaron la ropa y posaron desnudas en un alambrado para el lente del artista gráfico. Este encuentro despertó en ellas una mutua atracción, que las condujo a un tórrido romance. “Era el tipo de persona, y todos los que la conocieron lo sabían, que si se aparecía en tu puerta y entraba a tu departamento, inevitablemente entraba a tu vida. Así era ella”, detalló, en una entrevista brindada a la cadena ABC.

Infierno personal
Para mala suerte de Gia, que creía haber encontrado cierta estabilidad emocional en una época convulsa y frívola, su relación con Sandy no sobrevivió más allá de un año. Esto, aunado a la inesperada muerte de su mentora y amiga, Wihelmina Cooper, en 1980, la sumió en una profunda depresión de la que nunca consiguió librarse. Mientras la cocaína, la droga chic del momento, que consumía eventualmente en sus salidas nocturnas a Studio 54 y The Mudd Club, fue reemplazada por otra vía de escape, más destructiva que la anterior: la heroína.
Al poco tiempo, nada quedaba de aquella chica vivaz y ocurrente que había sido la engreída de las revistas Vogue, Cosmopolitan, Harper’s Bazaar y Glamour, así como de diseñadores top como Giorgio Armani, Christian Dior, Yves Saint Laurent y Gianni Versace. Ni el maquillaje podía disimular las horribles marcas que en sus brazos habían dejado las inyecciones de heroína, no menos evidente que su demacrado y amarillento semblante. Su adicción la llevó a gastar toda su fortuna en ese polvo marrón, incluso a prostituirse en los bajos fondos de Atlantic City para poder comprarla.
El inicio de la década de los 80’s coincidió con la expansión de un nuevo y mortal virus: el sida. Gia, quien alguna vez ganara US$ 10 mil dólares por sesión, finalmente se declaró indigente para poder acceder a un programa de rehabilitación en el Hospital Eagleville de Pennsylvania. Si bien lo llegó a completar, tres meses después regresó a su natal Filadelfia, robó dinero a su madre y volvió a las andadas. Por un cuadro de neumonía, es internada y los análisis concluyeron que la enfermedad era generada por el VIH. Su muerte era inevitable.
Un 18 de noviembre de 1986, a las 10 de la mañana, Gia falleció a los 26 años de edad. Su madre, que había permanecido día y noche a su lado, velaba por ella como no lo había hecho muchos años atrás. El 23 de noviembre se realizó su funeral, al cual sólo asistieron familiares. Nadie de la industria de la moda se hizo presente, salvo Francesco Scavullo, que envío una tarjeta de condolencias unas semanas después de enterarse de su partida.
Septiembre 2010

domingo 5 de abril de 2009

Chica Facebook

¿Nació Facebook para hacerle más llevadera la vida a los solitarios? Tal vez. En esta red social los amantes pueden besarse sin rozar labios, los amigos que no se ven pueden dejarse mensajes sobre muros inexistentes y hasta los antisociales hacer migas con otros de su especie. Bienvenidos, al jardín de los senderos que se bifurcan.

La primera invitación que recibí de Facebook llegó desde Holanda. Era de Natalie, una amiga que se mudó con su familia a las frías tierras neerlandesas cuando éramos niñas. Me explicó que, si me unía a la página, sería mucho más fácil estar en contacto. El mundo se integraba a esta novísima red social, mientras que aquí permanecíamos fieles a una que ahora está en decadencia. Por entonces, había decidido usar sólo el Hi5 para evitar mayores consecuencias – cantidades industriales de spam y publicidad – de las que me había traído la membresía de Bebo, Zebo, Sonico; cada cual con un nombre más estrafalario.
Como era lógico, la invitación de Natalie no fue la primera ni la última. Pronto empezaron a invadir mi bandeja de entrada. Una vocecita resonaba en mi cabeza: únete, únete, únete. Y es que Hi5 iba perdiendo todo rastro de su glorioso pasado. Reconsideré la idea de unirme a la página del logo azul y blanco. Durante ese momento de vacilación, frente a la pantalla, recordé cómo este predecesor del Facebook había tenido tanta acogida en mi generación sin nombre.
En la era teen, vestíamos un mustio uniforme con corbata, escuchábamos soñolientos a Carlos Galdós mientras nos alistábamos para ir al colegio, llevábamos – muy bien camuflados – los Nokia 3320, que compramos con la ilusión de libertad que publicitaba una desaparecida empresa de celulares. Las edulcoradas voces del pop y las chillonas del punk tronaban en la radio, mientras chateábamos en un Messenger prehistórico y descubríamos las bondades del Hi5.
El tiempo y esta página se encargarían de traerme más sinsabores que alegrías. Por un lado, conocí a un puñado de buenos amigos; por otro, a un chico que me llevó de la mano a una relación destinada al fracaso. Y como si no fuera suficiente, empezaron a llover comentarios cursis de sujetos desesperados. Entre ellos, el mensaje colectivo de un arquitecto cuarentón “sólo para chicas lindas”, cómo él mismo se encargó de clasificar. Ofrecía, entre otras cosas, un departamento nuevo y un sueldo mensual para la “afortunada”. ¿No hubiera sido más fácil que lo publicara en los clasificados?
Lo del arquitecto fue la gota que derramó el vaso. En estas páginas sociales, ¿dónde comienza y dónde termina la delgada línea que divide lo privado y lo público? Simplemente no existe. Estaba convencida de esta idea, pero por otros lares, escuchaba que Facebook era “diferente”: un diseño simple y moderno, miles de aplicaciones novedosas y únicas, millones de felices usuarios. Con sólo dar un click y teclear mi nombre, ya estaba dentro de una comunidad en la que, como en los casinos, se pierde la noción del tiempo.

Online
Mark Zuckerberg nunca imaginó que la web que había creado a los 20 años, con la idea de integrar a los estudiantes de Harvard como él, traspasaría los límites virtuales que había establecido en un principio. Facebook, que debe su nombre al boletín que circula entre los alumnos de primer año, tuvo una gran acogida, quizá porque era un respiro dentro de la rígida formalidad y la intensa rutina de estudios propios de la vida en el campus de Boston. Hoy, es también el escape de 175 millones de personas.
Esta plataforma virtual se encuentra sólo a un click de distancia; para los más modernos, a un toque desde sus Iphone o Blackberry. Podemos besarnos sin rozar labios, escribir lo que pensamos sobre muros inexistentes, sembrar árboles y flores dibujadas, jugar como cuando éramos niños. En Facebook siempre habrá algo que hacer. Lo más esperado: los álbumes con cientos de fotos del fin de semana, los vídeos amateur de menos de un minuto, las nuevas parejas y las que ya no volverán. Además, las invitaciones a los eventos que, como una suerte de RSVP, pueden ser desde un multitudinario rave en Mamacona hasta el sorpresivo baby shower de una compañera del colegio.
A pesar del éxito rotundo de Facebook, últimamente ha surgido un debate acerca de cuán segura es la página. Si nuestras publicaciones podrían convertirse, por ejemplo, en un arma de doble filo. Ese fue el caso de Kimberley Swann, una adolescente británica que fue despedida de su trabajo en la compañía Marketing & Logistics por haber escrito en su perfil que “le aburría”. Kimberley nunca mencionó el nombre de la empresa ni dio mayores detalles. Otro fue el de Jon Favreau quien, a pocas horas de haber subido una foto donde aparecía tocándole el busto a una silueta de Hillary Clinton, se enteró que había sido nombrado director de discursos de la Casa Blanca. Se vio obligado a pedir disculpas públicas.

Offline
Definitivamente Facebook, así como Hi5 y otras menos célebres páginas sociales, son la mejor prueba de que nadie quiere estar solo. Basta con mirar los cientos de amigos que tenemos en nuestra página, que a su vez tienen a sus amigos, y así la cadena amical es de nunca acabar. O cuando nos dejan comentarios en las fotos y nos dicen lo lindos (o fatales) que hemos salido. Porque somos miembros al unirnos a los grupos y a las páginas. Usuarios iguales dentro de esta democracia virtual.
¿Si yo hago lo mismo? Claro que sí. Durante las vacaciones he navegado por una página que me ha dado tantas horas de distracción y relajamiento. Pero todo tiene su final. Tiempo es lo que menos sobra y, ahora, Facebook ha sido relegado a un segundo plano en mi horario. Un momento. Creo que ha llegado un nuevo correo. Sí, han escrito en mi muro. Voy a entrar. Por última vez.
Marzo 2009
(Publicado en Dia Treinta)

sábado 28 de febrero de 2009

El Teatro en Llamas


¿Qué ocurre cuando el azar, la distracción y el descuido de un proyectista pueden más que el goce de los espectadores?

Armando Orozco manejaba el proyector sin mayores dificultades. Sus manos callosas y manchadas de grasa, eran la mejor prueba de su trabajo como técnico; con ellas se aseguraba que el aparato estuviera funcionando correctamente. Cerca de la once y media de la calurosa noche del 21 de febrero de 1910, el Teatro Municipal de Trujillo ofrecía su última función. Orozco estaba de pie, oculto en un rincón oscuro, próximo al palco número siete. Hacía rato que su mirada estaba concentrada, no en la película, que había visto reiteradas veces, sino en el silencioso público. Los palcos estaban casi vacíos. Y es que ésa había probado ser una función popular. Entre los contados caballeros y damas vestidos con lo último de la moda europea, el técnico reconoció al coronel Mariano Galdós y al ayudante de la Prefectura. La expresión de los habitantes de los palcos estaba cargada de una gélida indiferencia: contemplaban la película como si fuera un deber, más que un placer. Pero Orozco estaba seguro de que estarían igual de alegres y divertidos que el resto de asistentes, sino hubieran aprendido a ser tan buenos hijos y seguir al pie de la letra el código de elegancia y buenos modales. Sus ojos recorrieron desde la platea, pasando por la cazuela y finalmente a la galería. En esta última, por los niños y sus madres, que no podían evitar expresar su alegría con gritos ahogados, risas y exclamaciones. Con sus ropas sencillas, sus rostros mestizos, sudorosos que evidenciaban una larga jornada de trabajo. Y en eso, la película terminó y se encendieron las luces del teatro. Un murmullo general se alzó, mientras algunos exclamaban, a toda voz: “¡Que se repita!, ¡Pongan la última escena!”.
Perdido en sus pensamientos, Armando Orozco no sintió el recalentamiento del proyector, ni mucho menos evitar que los alambres conductores de electricidad hicieran cortocircuito y el dínamo del proyector estallara. Las chipas cayeron sobre unos sacos que contenían otros rollos de películas que se habían proyectado antes. Sólo sintió cómo una ola de fuerza lo lanzó hacia atrás y se golpeó contra la pared. Perdió el conocimiento.
El infierno comenzó con una gran explosión e iluminación en el palco de la Prefectura, contiguo a donde estaban Armando Orozco y el proyector, y situado frente al proscenio. Así también estalló el pánico de los cerca de doscientos asistentes, que sólo buscaban la manera de salir de ahí. Lenguas de fuego de seis metros de longitud aparecieron en los palcos del lado izquierdo de la entrada, que no tardaron en llegar hasta el techo, que era el piso de la galería. Los gritos de auxilio y desesperación sucedieron mientras sillas incendiadas empezaron a caer a la platea, y los que estaban ahí veían como el piso empezaba a consumirse.
Los habitantes de los palcos salieron rápidamente, gracias a las dos amplias escalinatas que los condujeron rápidamente al foyer; los de la platea también lograron salir por las puertas laterales de escape, abiertas hace pocos años por don Alberto Larco Herrera, y por la puerta principal. Sin embargo, la desesperación por salir efectuándose en ambos lugares atropellos para llegar a la calle.
La cazuela se había convertido en una trampa mortal. Ahí estaba concentrada la mayor parte del público, y sólo contaba con una estrecha puerta de salida. La gente que intentaba salir en vano la había bloqueado completamente, entre las mujeres se empujaban, se jaloneaban y trataban de impedir que los demás salgan. Los niños lloraban y se aferraban a las piernas de sus madres, algunos se abrazaban entre ellos, cómo dándose fuerzas de que los adultos resolverían el asunto muy pronto. No había nada que temer. Pero el tiempo pasaba, el aire se hacía cada vez más irrespirable, el humo negro iba cubriendo todo el lugar y la destrucción avanzaba a la misma rapidez que las llamaradas.
El piso se desplomó por el extremo izquierdo y muchas personas cayeron sobre los palcos. Otros lo hicieron voluntariamente, sólo para caer contra el piso de la platea y morir con los cráneos destrozados. Cuando se abrió un forado desde una de las casas vecinas, ya no quedaba casi nadie de pie. Muy tarde. En las puertas de la platea se veía sangre y, desperdigados por el piso del foyer, bastones, sombreros y sillas destrozadas.
Desde los tiempos de la colonia, el repiqueteo de las campanas de la iglesia había sido señal de alarma de los desastres y los incendios. Y esa noche, volvieron a sonar para congregar a todos los trujillanos y emprender el rescate de las personas atrapadas en el teatro. Las autoridades, el pueblo, la policía y otras personas, sin importar su clase ni condición, unieron fuerzas para aplacar el fuego. Uno de ellos fue José Dileo, empleado de la Compañía de Luz Eléctrica. Lo primero que hizo al llegar al teatro en llamas fue cortar la conexión del alumbrado, para evitar que la corriente cause más desgracias.
Gracias a la falta de viento, se evitó que el fuego se propagara a las casas colindantes de la calle del Carmen (hoy jirón Bolívar); no obstante, también permitió que el fuego se concentrara solamente en el teatro, como un gran caldero que se consumía a sí mismo.
A la una y media de la mañana, en un tren extraordinario de Salaverry, llegó el prefecto del departamento, acompañado por el gerente del ferrocarril y otras personas provenientes de Moche y del mismo Salaverry, trayendo una bomba contra incendio, que no pudo funcionar por deficiencias de las mangueras.
A las tres de la mañana se logró aislar el fuego, gracias a las acertadas medidas de las autoridades y al estoicismo de los colaboradores. A las cinco de la mañana ya estaba controlado totalmente el fuego.
Luego, un grupo ingresó por la casa del doctor Valderrama, en el calle del Progreso (hoy jirón Pizarro), para seguir combatiendo el fuego, que después de echar abajo el teatro, había formado una suerte de hoguera terrible en el interior, quedando de pie solamente dos columnas de fierro, colocadas a la entrada del foyer. Todo lo demás se había derrumbado, desde el fondo del proscenio hasta la puerta de la platea. Las dos anchas escalinatas que conducían a los palcos estaban quemadas casi en su totalidad. Las paredes y cuadros al óleo, estaban completamente ennegrecidos. Luego, se trajeron mangueras desde los tanques de la casa Valderrama, del almacén de Achayar, Goicochea y Compañía, y otras casas.
Don Pedro Otiniano, un carpintero humilde, mientras conducía el agua hacia la entrada principal del teatro, le cayó una de las cornisas de la fachada, recibiendo graves heridas en el cráneo. Fue conducido al hospital inmediatamente y allí se curó, junto con Armando Orozco, que logró salir finalmente.
Más de cuatro mil personas asistieron a los funerales de las víctimas del incendio del Teatro Municipal. El numeroso séquito se reunió a las cuatro de la tarde en el Cementerio General para dar el último adiós a los hombres, mujeres y niños que no pudieron salir del teatro en llamas.
Febrero 2009
(Publicado en Día Treinta)

jueves 5 de febrero de 2009

El Muro


Berlín Este era la mitad de una ciudad.
Y en un lúgubre y pequeño departamento del bloque A7, el teléfono sonó en medio de la noche. Los cuerpos de una pareja de treintañeros yacían entrelazados sobre una estrecha cama en la única habitación. Dormían. A la quinta timbrada, el hombre despertó; los oxidados resortes crujieron mientras se removía. Alargó la mano izquierda hacia la mesita de noche y, tanteando en la oscuridad, cogió el auricular.
- ¿Sí?- contestó, con un bostezo. Restregó su rostro perlado de sudor con la otra mano.
- ¿Werner Gottlieb?- preguntó una voz femenina.
- Sí, soy yo.
- Llamamos del hospital Karl Marx. Es sobre su madre…
Saltó de la cama. Los últimos rezagos de sueño se habían esfumado cuando escuchó el nombre de su madre.
- ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?
- Hace una semana ingresó…
- ¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué recién me avisan?!
- Cálmese, camarada Gottlieb. Recién le estamos informando porque no teníamos la seguridad de un diagnóstico preciso. Pero ahora sí.
Werner colgó el teléfono con un seco golpe. De repente, una corriente eléctrica sacudió cada rincón de su atlético cuerpo, al que cubrió rápidamente con la camisa a cuadros, los jeans desteñidos y las zapatillas negras que habían estado desperdigadas por el piso.
Martina seguía durmiendo plácidamente. “No hay nada que pueda arrancarme de los brazos de Morfeo”, le había dicho alguna vez, bromeando. Werner no se atrevió a despertarla. Le subió la frazada hasta los hombros y dejó en su frente la húmeda señal de un beso. Fuera, hacía una noche fría y ventosa. No había nadie en la calle Otto Grotewohl; sólo los robles proyectaban su larga sombra negra en las paredes de los edificios. Varios automóviles Lada estaban aparcados al filo de las veredas. Werner se abrigó con la primera casaca que encontró y salió a perderse entre ese paisaje otoñal.

El hospital Karl Marx estaba en uno de los distritos más antiguos y olvidados de Berlín Este, una zona caracterizada por los agónicos edificios y las calles estrechas que casi siempre terminaban en una pared de ladrillos. Parecían las engañosas rutas de un laberinto. El hospital, antes de ser reconstruido por los soviéticos en la década del cincuenta, había sido un edificio de oficinas durante la era Hitler.
Werner entró en el hospital con una sensación de vértigo. La creciente palidez de su rostro delataba el pánico que se había apoderado de él. Lo siguiente que supo fue que una regordeta enfermera lo había acompañado hasta el cuarto 21B. Entró solo. Había unas veinte camas alineadas junto a una pared de mayólica celeste. En las cabeceras, bombillas de bajo voltaje desafiaban la presencia de la oscuridad. Werner se paseó entre las camas. Todos los pacientes dormían, incluido un enfermero que roncaba desde un rincón. ¿Reconocería a su madre entre esas personas que, enredadas entre tubos, respiradores y vías, libraban una batalla inmóvil contra la muerte? Se detuvo en la quinta cama, sobre la que Gerda estaba tendida, conectada con el suero. Sus cabellos caían como ríos de oro sobre el camisón blanco. Bajo la luz amarillenta parecía frágil e inocente, algo que nunca había sido.
- Hola, mamá.- dijo Werner.
No la veía desde hacía cinco meses. Lo cierto era que no la visitaba muy a menudo. Y ella nunca se lo había reprochado. Cuando Werner tenía cuatro años, Gerda se fugó con un amante ocasional. Este le había prometido lo que para ella era la única felicidad posible: vivir en Berlín Oeste. Dos meses después, Gerda regresó al hogar destruido a pedir perdón. El padre de Werner le tiró la puerta en la cara. Werner creció sabiendo que el arrepentimiento de su madre era falso y sólo lo había hecho porque no tenía adonde ir; porque su amante la había engañado y había escapado a Occidente solo. Estaba seguro de que si su madre hubiese cruzado la frontera, nunca habría regresado.
Werner se recostó a su lado, sin tocarla. El odio y la frustración que sentía desde pequeño le habían permitido alzar un muro entre su madre y él, uno que ocasionalmente escalaban para encontrarse. Lentamente, tomó su mano izquierda entre las suyas. La sintió áspera y venosa, helada como el viento que corría en las calles, y se preguntó si esta caricia, este repentino impulso de estar junto a ella, podría abrir una brecha en el muro. O derribarlo, para siempre. Se quedó dormido.
Una voz cálida le habló entre sueños:
- Despierte, señor Gottlieb.
Abrió los ojos cuando sintió un leve apretón en el hombro izquierdo. No podía haber dormido mucho: todavía estaba oscuro. Un hombre calvo y longevo estaba de pie frente a él. Vestía el uniforme de médico y una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas.
- Soy el doctor Lehmann- se presentó. Su acento era el de una persona cultivada.- Por favor, póngase de pie.
Los ojos azules del médico, escondidos detrás de unas gruesas gafas de montura negra, recorrieron el cuerpo de Werner de una manera que lo incomodó profundamente.
Prosiguió:
- Sé que tiene muchas preguntas, así que iré al grano. Estoy a cargo del caso de su madre desde hace un mes, cuando vino aquí por un fuerte dolor abdominal. Al principio, creí que se trataba de una gastritis, entonces le receté unas pastillas.
- Entonces, no es nada grave…
- No, señor Gottlieb. Su madre regresó a la semana siguiente. El dolor era más intenso esta vez. Le sugerí que se internara para hacerle los análisis. Y así encontramos el tumor en su estómago.
De repente, Werner sintió un ligero escozor en el estómago. Extraño, era como si pudiera sentir el dolor de su madre en su propio cuerpo. Volteó a mirarla, preocupado.
- Quiero que me diga la verdad, doctor.
- Vamos a mi consultorio. Sígame.

El capitán Witte odiaba esperar. Sentado sobre el escritorio, movía las piernas con creciente impaciencia y jugueteaba con un encendedor de plata entre sus manos. Se le antojó que todos los objetos del consultorio del doctor Lehmann seguían un esquema de orden y pulcritud. Especialmente, su colección literaria de tomos gruesos y una fotografía enmarcada de Erich Honecker que colgaba de la pared. La puerta se abrió, el doctor Lehmann ingresó seguido por el joven del que tanto habían hablado. Con un pie, empujó la silla metálica frente a él.
- Siéntese, Gottlieb.- dijo, sin la menor cortesía.
Werner obedeció, confundido. El doctor Lehmann se colocó detrás de él y lo sujetó por los hombros. El capitán Witte, como un buitre al acecho, daba vueltas por la habitación. Encendió un cigarrillo y lanzó una larga bocanada de humo. Era alto y fornido, de rasgos morenos acentuados por la casaca de cuero negro que llevaba encima.
- La camarada Gerda Müller es una buena paciente. Lamentablemente, este hospital no está equipado para tratar el tipo de cáncer que padece.
- Pero hay otros hospitales, ¿no?
- No en nuestro país.- terció el doctor Lehmann.- Pero nosotros podríamos llevarla al mejor hospital de Oeste. Y sanaría, seguramente.
Werner volteó para mirar al doctor Lehmann, que le respondió con una sonrisa. A pesar de la aparente calma del ambiente, una furtiva tensión se iba acumulando entre los tres personajes.
- ¿Cómo podrían hacer eso?- preguntó Werner.- Es imposible cruzar la frontera… pero si conocen otra manera, estoy dispuesto a pagar todos los gastos.
El capitán Witte aspiró su cigarrillo y se inclinó sobre Werner.
- Eso no es cierto. Un obrero metalúrgico jamás podría pagar un tratamiento como éste.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sabemos muchas cosas, Gottlieb. Quizá la más importante, y que hoy comparto con usted, es que cuando una vida está en juego, no podemos permitirnos ni una sola vacilación.
- No sé adónde quieren llegar ustedes. Pero ya no quiero seguir con esta conversación, así que iré a consultar con otro doctor.
Werner se levantó con tanta fuerza que casi golpea al doctor Lehmann. Sin pronunciar ni una palabra, se acercó a la puerta y cogió la manija.
- Si cruza esa puerta, mataré a su madre ahora mismo.- amenazó el capitán Witte.
Como haciendo una señal, se quitó el cigarrillo de los labios, lo tiró al piso y lo apagó de un pisotón. Werner experimentó los primeros síntomas del odio: el escozor ardiéndole en la garganta, las lágrimas acumulándose en sus ojos. El doctor Lehmann meneó la cabeza, pero el joven encaró al capitán Witte.
- ¿Qué es lo que quieren?- habló con fuerza. No se permitió ni un temblor de su voz.
- Ah, veo que al fin nos entendemos. Muy bien, se lo diré. Queremos que sea un informante.
- ¿Un qué?- respondió Werner, estupefacto.
El doctor Lehmann intervino.
- Vamos, no es nada del otro mundo. Usted sabe que todo el mundo lo hace en su momento, ¿no es cierto? Piense en que su madre estará muy bien atendida, sanará pronto y…- miró al capitán Witte.
- Podría quedarse en Oeste, si lo desea.- agregó, mientras encendía otro cigarrillo.
- Son de la Stasi, ¿no?
- Nuestra oferta ya está hecha, Gottlieb. Y sólo la ofrecemos una vez.
Las opciones de Werner se reducían a dos, tratándose de la policía secreta. Era la misma historia de siempre: blanco o negro. Pero de ninguna manera dejaría a su madre abandonada a su suerte. Después de todo, la propuesta era buena: en Oeste, su madre sanaría y viviría feliz, como siempre lo quiso.
- Sea sensato, camarada.- agregó el doctor Lehmann, para calmar las aguas.
- No me pida eso, doctor. Porque si fuera sensato realmente, haría todo lo contrario de lo que haré ahora. Acepto su propuesta.
El capitán Witte y el doctor Lehmann intercambiaron una sonrisa de mutua satisfacción. Uno se había puesto del lado de Werner y le había hablado como un padre; el otro, lo había amenazado y le había hablado como un verdugo. Empujando con menos y más fuerza, ambos lo habían encaminado hacia el no retorno.
Werner se puso de pie y el doctor Lehmann, a modo de despedida, le dijo:
- Sabemos que vive en uno de los bloques de departamentos que se construyeron en el ‘84. Son cientos de personas viviendo allí; bien pueden ser leales servidores del socialismo, como todos afirman serlo, o los futuros traidores que destruyen los sueños de nuestra patria. Descúbralos, señor Gottlieb.
- Vamos, el auto espera afuera-. sonrió el capitán Witte.
Werner lo siguió a través del pasillo del hospital. Y miró hacia delante, olvidándose, de pronto, a quién iba a culpar.
Ganador del Concurso de Cuento de la Cuarta Feria del Libro de Trujillo