domingo 5 de abril de 2009

Chica Facebook

¿Nació Facebook para hacerle más llevadera la vida a los solitarios? Tal vez. En esta red social los amantes pueden besarse sin rozar labios, los amigos que no se ven pueden dejarse mensajes sobre muros inexistentes y hasta los antisociales hacer migas con otros de su especie. Bienvenidos, al jardín de los senderos que se bifurcan.

La primera invitación que recibí de Facebook llegó desde Holanda. Era de Natalie, una amiga que se mudó con su familia a las frías tierras neerlandesas cuando éramos niñas. Me explicó que, si me unía a la página, sería mucho más fácil estar en contacto. El mundo se integraba a esta novísima red social, mientras que aquí permanecíamos fieles a una que ahora está en decadencia. Por entonces, había decidido usar sólo el Hi5 para evitar mayores consecuencias – cantidades industriales de spam y publicidad – de las que me había traído la membresía de Bebo, Zebo, Sonico; cada cual con un nombre más estrafalario.
Como era lógico, la invitación de Natalie no fue la primera ni la última. Pronto empezaron a invadir mi bandeja de entrada. Una vocecita resonaba en mi cabeza: únete, únete, únete. Y es que Hi5 iba perdiendo todo rastro de su glorioso pasado. Reconsideré la idea de unirme a la página del logo azul y blanco. Durante ese momento de vacilación, frente a la pantalla, recordé cómo este predecesor del Facebook había tenido tanta acogida en mi generación sin nombre.
En la era teen, vestíamos un mustio uniforme con corbata, escuchábamos soñolientos a Carlos Galdós mientras nos alistábamos para ir al colegio, llevábamos – muy bien camuflados – los Nokia 3320, que compramos con la ilusión de libertad que publicitaba una desaparecida empresa de celulares. Las edulcoradas voces del pop y las chillonas del punk tronaban en la radio, mientras chateábamos en un Messenger prehistórico y descubríamos las bondades del Hi5.
El tiempo y esta página se encargarían de traerme más sinsabores que alegrías. Por un lado, conocí a un puñado de buenos amigos; por otro, a un chico que me llevó de la mano a una relación destinada al fracaso. Y como si no fuera suficiente, empezaron a llover comentarios cursis de sujetos desesperados. Entre ellos, el mensaje colectivo de un arquitecto cuarentón “sólo para chicas lindas”, cómo él mismo se encargó de clasificar. Ofrecía, entre otras cosas, un departamento nuevo y un sueldo mensual para la “afortunada”. ¿No hubiera sido más fácil que lo publicara en los clasificados?
Lo del arquitecto fue la gota que derramó el vaso. En estas páginas sociales, ¿dónde comienza y dónde termina la delgada línea que divide lo privado y lo público? Simplemente no existe. Estaba convencida de esta idea, pero por otros lares, escuchaba que Facebook era “diferente”: un diseño simple y moderno, miles de aplicaciones novedosas y únicas, millones de felices usuarios. Con sólo dar un click y teclear mi nombre, ya estaba dentro de una comunidad en la que, como en los casinos, se pierde la noción del tiempo.

Online
Mark Zuckerberg nunca imaginó que la web que había creado a los 20 años, con la idea de integrar a los estudiantes de Harvard como él, traspasaría los límites virtuales que había establecido en un principio. Facebook, que debe su nombre al boletín que circula entre los alumnos de primer año, tuvo una gran acogida, quizá porque era un respiro dentro de la rígida formalidad y la intensa rutina de estudios propios de la vida en el campus de Boston. Hoy, es también el escape de 175 millones de personas.
Esta plataforma virtual se encuentra sólo a un click de distancia; para los más modernos, a un toque desde sus Iphone o Blackberry. Podemos besarnos sin rozar labios, escribir lo que pensamos sobre muros inexistentes, sembrar árboles y flores dibujadas, jugar como cuando éramos niños. En Facebook siempre habrá algo que hacer. Lo más esperado: los álbumes con cientos de fotos del fin de semana, los vídeos amateur de menos de un minuto, las nuevas parejas y las que ya no volverán. Además, las invitaciones a los eventos que, como una suerte de RSVP, pueden ser desde un multitudinario rave en Mamacona hasta el sorpresivo baby shower de una compañera del colegio.
A pesar del éxito rotundo de Facebook, últimamente ha surgido un debate acerca de cuán segura es la página. Si nuestras publicaciones podrían convertirse, por ejemplo, en un arma de doble filo. Ese fue el caso de Kimberley Swann, una adolescente británica que fue despedida de su trabajo en la compañía Marketing & Logistics por haber escrito en su perfil que “le aburría”. Kimberley nunca mencionó el nombre de la empresa ni dio mayores detalles. Otro fue el de Jon Favreau quien, a pocas horas de haber subido una foto donde aparecía tocándole el busto a una silueta de Hillary Clinton, se enteró que había sido nombrado director de discursos de la Casa Blanca. Se vio obligado a pedir disculpas públicas.

Offline
Definitivamente Facebook, así como Hi5 y otras menos célebres páginas sociales, son la mejor prueba de que nadie quiere estar solo. Basta con mirar los cientos de amigos que tenemos en nuestra página, que a su vez tienen a sus amigos, y así la cadena amical es de nunca acabar. O cuando nos dejan comentarios en las fotos y nos dicen lo lindos (o fatales) que hemos salido. Porque somos miembros al unirnos a los grupos y a las páginas. Usuarios iguales dentro de esta democracia virtual.
¿Si yo hago lo mismo? Claro que sí. Durante las vacaciones he navegado por una página que me ha dado tantas horas de distracción y relajamiento. Pero todo tiene su final. Tiempo es lo que menos sobra y, ahora, Facebook ha sido relegado a un segundo plano en mi horario. Un momento. Creo que ha llegado un nuevo correo. Sí, han escrito en mi muro. Voy a entrar. Por última vez.
Marzo 2009
(Publicado en Dia Treinta)

sábado 28 de febrero de 2009

El Teatro en Llamas


¿Qué ocurre cuando el azar, la distracción y el descuido de un proyectista pueden más que el goce de los espectadores?

Armando Orozco manejaba el proyector sin mayores dificultades. Sus manos callosas y manchadas de grasa, eran la mejor prueba de su trabajo como técnico; con ellas se aseguraba que el aparato estuviera funcionando correctamente. Cerca de la once y media de la calurosa noche del 21 de febrero de 1910, el Teatro Municipal de Trujillo ofrecía su última función. Orozco estaba de pie, oculto en un rincón oscuro, próximo al palco número siete. Hacía rato que su mirada estaba concentrada, no en la película, que había visto reiteradas veces, sino en el silencioso público. Los palcos estaban casi vacíos. Y es que ésa había probado ser una función popular. Entre los contados caballeros y damas vestidos con lo último de la moda europea, el técnico reconoció al coronel Mariano Galdós y al ayudante de la Prefectura. La expresión de los habitantes de los palcos estaba cargada de una gélida indiferencia: contemplaban la película como si fuera un deber, más que un placer. Pero Orozco estaba seguro de que estarían igual de alegres y divertidos que el resto de asistentes, sino hubieran aprendido a ser tan buenos hijos y seguir al pie de la letra el código de elegancia y buenos modales. Sus ojos recorrieron desde la platea, pasando por la cazuela y finalmente a la galería. En esta última, por los niños y sus madres, que no podían evitar expresar su alegría con gritos ahogados, risas y exclamaciones. Con sus ropas sencillas, sus rostros mestizos, sudorosos que evidenciaban una larga jornada de trabajo. Y en eso, la película terminó y se encendieron las luces del teatro. Un murmullo general se alzó, mientras algunos exclamaban, a toda voz: “¡Que se repita!, ¡Pongan la última escena!”.
Perdido en sus pensamientos, Armando Orozco no sintió el recalentamiento del proyector, ni mucho menos evitar que los alambres conductores de electricidad hicieran cortocircuito y el dínamo del proyector estallara. Las chipas cayeron sobre unos sacos que contenían otros rollos de películas que se habían proyectado antes. Sólo sintió cómo una ola de fuerza lo lanzó hacia atrás y se golpeó contra la pared. Perdió el conocimiento.
El infierno comenzó con una gran explosión e iluminación en el palco de la Prefectura, contiguo a donde estaban Armando Orozco y el proyector, y situado frente al proscenio. Así también estalló el pánico de los cerca de doscientos asistentes, que sólo buscaban la manera de salir de ahí. Lenguas de fuego de seis metros de longitud aparecieron en los palcos del lado izquierdo de la entrada, que no tardaron en llegar hasta el techo, que era el piso de la galería. Los gritos de auxilio y desesperación sucedieron mientras sillas incendiadas empezaron a caer a la platea, y los que estaban ahí veían como el piso empezaba a consumirse.
Los habitantes de los palcos salieron rápidamente, gracias a las dos amplias escalinatas que los condujeron rápidamente al foyer; los de la platea también lograron salir por las puertas laterales de escape, abiertas hace pocos años por don Alberto Larco Herrera, y por la puerta principal. Sin embargo, la desesperación por salir efectuándose en ambos lugares atropellos para llegar a la calle.
La cazuela se había convertido en una trampa mortal. Ahí estaba concentrada la mayor parte del público, y sólo contaba con una estrecha puerta de salida. La gente que intentaba salir en vano la había bloqueado completamente, entre las mujeres se empujaban, se jaloneaban y trataban de impedir que los demás salgan. Los niños lloraban y se aferraban a las piernas de sus madres, algunos se abrazaban entre ellos, cómo dándose fuerzas de que los adultos resolverían el asunto muy pronto. No había nada que temer. Pero el tiempo pasaba, el aire se hacía cada vez más irrespirable, el humo negro iba cubriendo todo el lugar y la destrucción avanzaba a la misma rapidez que las llamaradas.
El piso se desplomó por el extremo izquierdo y muchas personas cayeron sobre los palcos. Otros lo hicieron voluntariamente, sólo para caer contra el piso de la platea y morir con los cráneos destrozados. Cuando se abrió un forado desde una de las casas vecinas, ya no quedaba casi nadie de pie. Muy tarde. En las puertas de la platea se veía sangre y, desperdigados por el piso del foyer, bastones, sombreros y sillas destrozadas.
Desde los tiempos de la colonia, el repiqueteo de las campanas de la iglesia había sido señal de alarma de los desastres y los incendios. Y esa noche, volvieron a sonar para congregar a todos los trujillanos y emprender el rescate de las personas atrapadas en el teatro. Las autoridades, el pueblo, la policía y otras personas, sin importar su clase ni condición, unieron fuerzas para aplacar el fuego. Uno de ellos fue José Dileo, empleado de la Compañía de Luz Eléctrica. Lo primero que hizo al llegar al teatro en llamas fue cortar la conexión del alumbrado, para evitar que la corriente cause más desgracias.
Gracias a la falta de viento, se evitó que el fuego se propagara a las casas colindantes de la calle del Carmen (hoy jirón Bolívar); no obstante, también permitió que el fuego se concentrara solamente en el teatro, como un gran caldero que se consumía a sí mismo.
A la una y media de la mañana, en un tren extraordinario de Salaverry, llegó el prefecto del departamento, acompañado por el gerente del ferrocarril y otras personas provenientes de Moche y del mismo Salaverry, trayendo una bomba contra incendio, que no pudo funcionar por deficiencias de las mangueras.
A las tres de la mañana se logró aislar el fuego, gracias a las acertadas medidas de las autoridades y al estoicismo de los colaboradores. A las cinco de la mañana ya estaba controlado totalmente el fuego.
Luego, un grupo ingresó por la casa del doctor Valderrama, en el calle del Progreso (hoy jirón Pizarro), para seguir combatiendo el fuego, que después de echar abajo el teatro, había formado una suerte de hoguera terrible en el interior, quedando de pie solamente dos columnas de fierro, colocadas a la entrada del foyer. Todo lo demás se había derrumbado, desde el fondo del proscenio hasta la puerta de la platea. Las dos anchas escalinatas que conducían a los palcos estaban quemadas casi en su totalidad. Las paredes y cuadros al óleo, estaban completamente ennegrecidos. Luego, se trajeron mangueras desde los tanques de la casa Valderrama, del almacén de Achayar, Goicochea y Compañía, y otras casas.
Don Pedro Otiniano, un carpintero humilde, mientras conducía el agua hacia la entrada principal del teatro, le cayó una de las cornisas de la fachada, recibiendo graves heridas en el cráneo. Fue conducido al hospital inmediatamente y allí se curó, junto con Armando Orozco, que logró salir finalmente.
Más de cuatro mil personas asistieron a los funerales de las víctimas del incendio del Teatro Municipal. El numeroso séquito se reunió a las cuatro de la tarde en el Cementerio General para dar el último adiós a los hombres, mujeres y niños que no pudieron salir del teatro en llamas.
Febrero 2009
(Publicado en Día Treinta)

jueves 5 de febrero de 2009

El Muro


Berlín Este era la mitad de una ciudad.
Y en un lúgubre y pequeño departamento del bloque A7, el teléfono sonó en medio de la noche. Los cuerpos de una pareja de treintañeros yacían entrelazados sobre una estrecha cama en la única habitación. Dormían. A la quinta timbrada, el hombre despertó; los oxidados resortes crujieron mientras se removía. Alargó la mano izquierda hacia la mesita de noche y, tanteando en la oscuridad, cogió el auricular.
- ¿Sí?- contestó, con un bostezo. Restregó su rostro perlado de sudor con la otra mano.
- ¿Werner Gottlieb?- preguntó una voz femenina.
- Sí, soy yo.
- Llamamos del hospital Karl Marx. Es sobre su madre…
Saltó de la cama. Los últimos rezagos de sueño se habían esfumado cuando escuchó el nombre de su madre.
- ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra bien?
- Hace una semana ingresó…
- ¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué recién me avisan?!
- Cálmese, camarada Gottlieb. Recién le estamos informando porque no teníamos la seguridad de un diagnóstico preciso. Pero ahora sí.
Werner colgó el teléfono con un seco golpe. De repente, una corriente eléctrica sacudió cada rincón de su atlético cuerpo, al que cubrió rápidamente con la camisa a cuadros, los jeans desteñidos y las zapatillas negras que habían estado desperdigadas por el piso.
Martina seguía durmiendo plácidamente. “No hay nada que pueda arrancarme de los brazos de Morfeo”, le había dicho alguna vez, bromeando. Werner no se atrevió a despertarla. Le subió la frazada hasta los hombros y dejó en su frente la húmeda señal de un beso. Fuera, hacía una noche fría y ventosa. No había nadie en la calle Otto Grotewohl; sólo los robles proyectaban su larga sombra negra en las paredes de los edificios. Varios automóviles Lada estaban aparcados al filo de las veredas. Werner se abrigó con la primera casaca que encontró y salió a perderse entre ese paisaje otoñal.

El hospital Karl Marx estaba en uno de los distritos más antiguos y olvidados de Berlín Este, una zona caracterizada por los agónicos edificios y las calles estrechas que casi siempre terminaban en una pared de ladrillos. Parecían las engañosas rutas de un laberinto. El hospital, antes de ser reconstruido por los soviéticos en la década del cincuenta, había sido un edificio de oficinas durante la era Hitler.
Werner entró en el hospital con una sensación de vértigo. La creciente palidez de su rostro delataba el pánico que se había apoderado de él. Lo siguiente que supo fue que una regordeta enfermera lo había acompañado hasta el cuarto 21B. Entró solo. Había unas veinte camas alineadas junto a una pared de mayólica celeste. En las cabeceras, bombillas de bajo voltaje desafiaban la presencia de la oscuridad. Werner se paseó entre las camas. Todos los pacientes dormían, incluido un enfermero que roncaba desde un rincón. ¿Reconocería a su madre entre esas personas que, enredadas entre tubos, respiradores y vías, libraban una batalla inmóvil contra la muerte? Se detuvo en la quinta cama, sobre la que Gerda estaba tendida, conectada con el suero. Sus cabellos caían como ríos de oro sobre el camisón blanco. Bajo la luz amarillenta parecía frágil e inocente, algo que nunca había sido.
- Hola, mamá.- dijo Werner.
No la veía desde hacía cinco meses. Lo cierto era que no la visitaba muy a menudo. Y ella nunca se lo había reprochado. Cuando Werner tenía cuatro años, Gerda se fugó con un amante ocasional. Este le había prometido lo que para ella era la única felicidad posible: vivir en Berlín Oeste. Dos meses después, Gerda regresó al hogar destruido a pedir perdón. El padre de Werner le tiró la puerta en la cara. Werner creció sabiendo que el arrepentimiento de su madre era falso y sólo lo había hecho porque no tenía adonde ir; porque su amante la había engañado y había escapado a Occidente solo. Estaba seguro de que si su madre hubiese cruzado la frontera, nunca habría regresado.
Werner se recostó a su lado, sin tocarla. El odio y la frustración que sentía desde pequeño le habían permitido alzar un muro entre su madre y él, uno que ocasionalmente escalaban para encontrarse. Lentamente, tomó su mano izquierda entre las suyas. La sintió áspera y venosa, helada como el viento que corría en las calles, y se preguntó si esta caricia, este repentino impulso de estar junto a ella, podría abrir una brecha en el muro. O derribarlo, para siempre. Se quedó dormido.
Una voz cálida le habló entre sueños:
- Despierte, señor Gottlieb.
Abrió los ojos cuando sintió un leve apretón en el hombro izquierdo. No podía haber dormido mucho: todavía estaba oscuro. Un hombre calvo y longevo estaba de pie frente a él. Vestía el uniforme de médico y una bata blanca que le llegaba hasta las rodillas.
- Soy el doctor Lehmann- se presentó. Su acento era el de una persona cultivada.- Por favor, póngase de pie.
Los ojos azules del médico, escondidos detrás de unas gruesas gafas de montura negra, recorrieron el cuerpo de Werner de una manera que lo incomodó profundamente.
Prosiguió:
- Sé que tiene muchas preguntas, así que iré al grano. Estoy a cargo del caso de su madre desde hace un mes, cuando vino aquí por un fuerte dolor abdominal. Al principio, creí que se trataba de una gastritis, entonces le receté unas pastillas.
- Entonces, no es nada grave…
- No, señor Gottlieb. Su madre regresó a la semana siguiente. El dolor era más intenso esta vez. Le sugerí que se internara para hacerle los análisis. Y así encontramos el tumor en su estómago.
De repente, Werner sintió un ligero escozor en el estómago. Extraño, era como si pudiera sentir el dolor de su madre en su propio cuerpo. Volteó a mirarla, preocupado.
- Quiero que me diga la verdad, doctor.
- Vamos a mi consultorio. Sígame.

El capitán Witte odiaba esperar. Sentado sobre el escritorio, movía las piernas con creciente impaciencia y jugueteaba con un encendedor de plata entre sus manos. Se le antojó que todos los objetos del consultorio del doctor Lehmann seguían un esquema de orden y pulcritud. Especialmente, su colección literaria de tomos gruesos y una fotografía enmarcada de Erich Honecker que colgaba de la pared. La puerta se abrió, el doctor Lehmann ingresó seguido por el joven del que tanto habían hablado. Con un pie, empujó la silla metálica frente a él.
- Siéntese, Gottlieb.- dijo, sin la menor cortesía.
Werner obedeció, confundido. El doctor Lehmann se colocó detrás de él y lo sujetó por los hombros. El capitán Witte, como un buitre al acecho, daba vueltas por la habitación. Encendió un cigarrillo y lanzó una larga bocanada de humo. Era alto y fornido, de rasgos morenos acentuados por la casaca de cuero negro que llevaba encima.
- La camarada Gerda Müller es una buena paciente. Lamentablemente, este hospital no está equipado para tratar el tipo de cáncer que padece.
- Pero hay otros hospitales, ¿no?
- No en nuestro país.- terció el doctor Lehmann.- Pero nosotros podríamos llevarla al mejor hospital de Oeste. Y sanaría, seguramente.
Werner volteó para mirar al doctor Lehmann, que le respondió con una sonrisa. A pesar de la aparente calma del ambiente, una furtiva tensión se iba acumulando entre los tres personajes.
- ¿Cómo podrían hacer eso?- preguntó Werner.- Es imposible cruzar la frontera… pero si conocen otra manera, estoy dispuesto a pagar todos los gastos.
El capitán Witte aspiró su cigarrillo y se inclinó sobre Werner.
- Eso no es cierto. Un obrero metalúrgico jamás podría pagar un tratamiento como éste.
- ¿Cómo lo sabe?
- Sabemos muchas cosas, Gottlieb. Quizá la más importante, y que hoy comparto con usted, es que cuando una vida está en juego, no podemos permitirnos ni una sola vacilación.
- No sé adónde quieren llegar ustedes. Pero ya no quiero seguir con esta conversación, así que iré a consultar con otro doctor.
Werner se levantó con tanta fuerza que casi golpea al doctor Lehmann. Sin pronunciar ni una palabra, se acercó a la puerta y cogió la manija.
- Si cruza esa puerta, mataré a su madre ahora mismo.- amenazó el capitán Witte.
Como haciendo una señal, se quitó el cigarrillo de los labios, lo tiró al piso y lo apagó de un pisotón. Werner experimentó los primeros síntomas del odio: el escozor ardiéndole en la garganta, las lágrimas acumulándose en sus ojos. El doctor Lehmann meneó la cabeza, pero el joven encaró al capitán Witte.
- ¿Qué es lo que quieren?- habló con fuerza. No se permitió ni un temblor de su voz.
- Ah, veo que al fin nos entendemos. Muy bien, se lo diré. Queremos que sea un informante.
- ¿Un qué?- respondió Werner, estupefacto.
El doctor Lehmann intervino.
- Vamos, no es nada del otro mundo. Usted sabe que todo el mundo lo hace en su momento, ¿no es cierto? Piense en que su madre estará muy bien atendida, sanará pronto y…- miró al capitán Witte.
- Podría quedarse en Oeste, si lo desea.- agregó, mientras encendía otro cigarrillo.
- Son de la Stasi, ¿no?
- Nuestra oferta ya está hecha, Gottlieb. Y sólo la ofrecemos una vez.
Las opciones de Werner se reducían a dos, tratándose de la policía secreta. Era la misma historia de siempre: blanco o negro. Pero de ninguna manera dejaría a su madre abandonada a su suerte. Después de todo, la propuesta era buena: en Oeste, su madre sanaría y viviría feliz, como siempre lo quiso.
- Sea sensato, camarada.- agregó el doctor Lehmann, para calmar las aguas.
- No me pida eso, doctor. Porque si fuera sensato realmente, haría todo lo contrario de lo que haré ahora. Acepto su propuesta.
El capitán Witte y el doctor Lehmann intercambiaron una sonrisa de mutua satisfacción. Uno se había puesto del lado de Werner y le había hablado como un padre; el otro, lo había amenazado y le había hablado como un verdugo. Empujando con menos y más fuerza, ambos lo habían encaminado hacia el no retorno.
Werner se puso de pie y el doctor Lehmann, a modo de despedida, le dijo:
- Sabemos que vive en uno de los bloques de departamentos que se construyeron en el ‘84. Son cientos de personas viviendo allí; bien pueden ser leales servidores del socialismo, como todos afirman serlo, o los futuros traidores que destruyen los sueños de nuestra patria. Descúbralos, señor Gottlieb.
- Vamos, el auto espera afuera-. sonrió el capitán Witte.
Werner lo siguió a través del pasillo del hospital. Y miró hacia delante, olvidándose, de pronto, a quién iba a culpar.
Ganador del Concurso de Cuento de la Cuarta Feria del Libro de Trujillo

sábado 3 de enero de 2009

Bailando en la Oscuridad

Que una señorita de una tradicional familia de Lima, que una agraciada y talentosa bailarina reconocida en el medio artístico de la capital, haya formado parte del sanguinario grupo terrorista Sendero Luminoso, y escondido en 1992 a Abimael Guzmán, entonces el hombre más peligroso del Perú, resulta casi imposible de creer. Esta es la paradójica historia de Maritza Garrido Lecca.
“Ése era su vértigo: era la llamada de una dulce (casi alegre) renuncia a su destino y a su alma”
(Milan Kundera, La Insoportable Levedad del Ser)
¿Cómo llegó esta bailarina a ser una terrorista? Esa parece ser la primera pregunta que nos haríamos después de observar la primera fotografía. Los finos rasgos de su rostro están moldeados sobre una pálida y suave piel. Unas cejas pobladas, apenas delineadas, acompañan a sus ojos claros levemente entrecerrados. Está sentada sobre sus rodillas en el piso de madera. Al fondo, una pared blanca adornada con una barra de madera nos transporta inmediatamente a un salón de baile. Se le nota feliz. Su cuerpo esbelto está cubierto por una ajustada malla bicolor lila y morado, seguido de las pantys y zapatillas de ballet rosadas. Sus manos entretejen su cabello azabache en una trenza, sin embargo, algunas hebras se le han escapado, como si tan sólo unos minutos antes hubiera estado ensayando y un hipotético moño se hubiera desarmado por el movimiento. Sus hombros están inclinados hacia adelante, como si estuviera relajándose después de una rígida rutina. Pero lo que más impacta es su sonrisa, tan amplia y sincera, que pareciera ser la expresión de una chica alegre y enérgica, alguien que realmente disfruta lo que hace.
En la segunda fotografía resulta difícil de creer que sea la misma bailarina. Lo es y no lo es. Ahora lleva el pelo suelto, pero se le nota maltratado y opaco. Viste un traje de preso que parece copiado de una caricatura: polo y pantalones anchos, adornados con rayas horizontales en blanco y negro, con un número grabado a la altura del pecho. Está más pálida que nunca, su piel teñida con un tono amarillento, como si estuviera enferma. O como un fantasma, un débil rezago de lo que alguna vez fue. Tiene la barbilla alzada, la expresión altiva, como si el orgullo fuera un escudo impenetrable contra la humillación de ser presentada como terrorista ante el país y el mundo. Ya no impacta su sonrisa, la que lleva a medias, sino su mirada. Es una mirada desafiante, que pareciera ser avivada por un fuego interior de odio y fanatismo, una mirada que perturba a pesar de que ahora está apresada.


La vida de Maritza Yolanda Garrido Lecca Risco era una de esas que transcurría con aparente normalidad. Nació dentro de una familia de clase media alta, muy bien relacionada dentro de los círculos artísticos y culturales de Lima. Era la menor de cinco hermanos hombres, y la más engreída por sus padres. Estudió en el colegio Sophianum, de San Isidro. Las madres del Sagrado Corazón educaban a las señoritas bajo una estricta formación católica, una devoción que se acentuó en Maritza por el ambiente de ortodoxa religiosidad que vivía en casa. Así, creció una chica inteligente y estudiosa, la primera en apoyar las obras de proyección social. En secundaria formaba grupos de reflexión, que se reunían en los recreos para conversar sobre temas de actualidad. Pero también creció una chica atractiva con suerte en el amor, que conquistaba a los chicos con su natural dulzura y serenidad.
Desde pequeña, Maritza supo cuál iba a ser su destino. Rodeada de un exquisito ambiente artístico, le fue fácil dar sus primeros pasos… pero de bailarina. Ingresó al Ballet de Miraflores, donde sus maestros reconocieron su talento y le propusieron que pensara en el baile como futuro profesional. Después se integró al Ballet Nacional y completó su formación. Ya en su juventud quizá anhelaba una libertad que la rigidez y disciplina del ballet clásico no podían ofrecerle. Así, se interesó por la danza contemporánea y, por intermedio de su prima Maureen Llewellyn Jones, se unió al grupo “Danza Lima”. Mientras tanto, se graduó con honores de la carrera de Educación de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Se casó con el publicista de origen judío Saúl Mankevich, que curiosamente estuvo vinculado con Vladimiro Montesinos durante el régimen fujimorista. Pero el matrimonio no duró mucho.


El Perú en los 80’s era lo más parecido a un panorama caótico. A la peor crisis económica de nuestra historia se sumaba una guerra silenciosa entre el Estado y Sendero Luminoso, una lucha cuyos latidos se sentían con desgarradora fuerza en la sierra. Aunque las vibraciones también llegaron a la costa, no pudieron romper el hielo que se había formado con la indiferencia y la frialdad de sus habitantes, especialmente de los sectores medio y alto. Porque esa guerra no les pertenecía: era del lejano mundo de los Andes.
Mientras en Lima aparecían perros callejeros colgados en los postes, emergían las pintas comunistas en las paredes, estallaban los coches bomba y las noches sin luz se volvían eternas, Maritza Garrido Lecca se presentaba en los mejores escenarios de la capital. Había demostrado su gran capacidad técnica y expresiva en varios montajes, especialmente en “Siete solos para seis bailarinas”. Sin embargo, la joven bailarina tenía otras aspiraciones más allá de la fama y el éxito. Las ideas de izquierda bullían en su cabeza, tan fuertes que sentía que iba a explotar en cualquier momento. Deseaba enviar un mensaje político a través de la danza, por ello prefería los personajes con los que mejor se identificaba: los inconformistas. Como el de Magdalena, una mujer de 29 años que se rebelaba a las imposiciones de su estrictísima madre Bernarda. Eso fue en 1986, cuando participó en el cortometraje “Estigma”, una adaptación libre de “La Casa de Bernarda Alba”. Luego vendría “Hexagrama”, montaje que analizaba las consecuencias de la violencia extrema, la represión y la inestabilidad económica. Pero estas ideas no eran compartidas del todo por los compañeros de Maritza, quienes no lograran percibir las señales de que la bailarina se adentraba cada vez más en un camino oscuro y sin retorno.
Además de su trabajo como bailarina, Maritza trabajó como profesora en el colegio Los Reyes Rojos, de Barranco, pero también en otros de zonas populares. Quizá el contacto cercano con la cruda realidad del Perú, aunado a su sensibilidad artística, alimentó aún más sus pensamientos revolucionarios. Poco después conocería al que sería el hombre más importante de su vida: Rafael Dávila Franco-Cavero, poeta y estudiante de Biología de la Universidad Agraria La Molina. Para Maritza era un joven guapo, de barba larga y sonrisa franca, que la cautivaba con los versos que le dedicaba. Para la policía era un “intelectualoide ligado al MRTA”.
Era 1987. La bailarina y el poeta se mudaron juntos. La pareja frecuentaba “Kloaka”, grupo poético que buscaba cambiar la sociedad para hacerla más justa. Pero no era lo único que Maritza visitaba. Una mañana, el coronel PNP Marco Miyashiro la vio conversando con un hombre llamado Francisco Miranda. Estaban en la puerta de una imprenta clandestina de Jesús María, donde se imprimía propaganda subversiva para el MRTA. Le tomaron varias fotografías y la ficharon. Ese mismo año, su grupo de danza viajaba a Barcelona para presentar “El Río”, basado en el poema homónimo de Javier Heraud. La bailarina se disculpó y les explicó que no podía ir, porque viajaba a Cuba a seguir un curso de Educación. Pero todo parecía indicar que no era el único motivo de su viaje.
Cuando regresó a Lima, conoció al ingeniero Carlos Incháustegui Degola. Ni su familia ni sus amigos podían comprender como una mujer bella, inteligente y apasionada pudo fijarse en un hombre áspero y frío como él. Lo cierto es que se casaron, se fueron de viaje al Cusco y Maritza volvió muy diferente. El cambio más evidente fue en su forma de vestir. Dejó los jeans desteñidos, el pelo suelto y el look bohemio por uno mucho más recatado: blusas, faldas a la rodilla y moños ajustados.
- Es que trabajo en una agencia de traducción.- era su excusa.
La metamorfosis se acentuó paulatinamente cuando empezó a faltar a los ensayos, se alejó de su familia y disminuyó su vida social. Poco a poco se fue encerrando en su perturbado mundo, uno donde sólo existían Sendero Luminoso y ella.


Su hirsuto y poblado bigote negro se movía ligeramente mientras revisaba la evidencia. El entonces comandante PNP Benedicto Jiménez y el recién creado Grupo Especial de Inteligencia (GEIN) acababan de allanar una casa en Monterrico conocida como “El Palomar”. Era el 31 de enero de 1991 y allí fue donde encontraron lo que parecía ser el archivo central de Sendero Luminoso: obras de arte inspiradas en batallas y guerrilleros senderistas, documentos firmados por Abimael Guzmán, cartas, archivos informáticos, agendas con los teléfonos y direcciones de los dirigentes, y el famoso video en donde se ve a los miembros del Comité Central bailando con la música de “Zorba, el Griego”. El comandante Jiménez tenía sentimientos encontrados. Estaba satisfecho por el hallazgo, pero una vez más Abimael Guzmán se había escapado. A pesar de ello, habían capturado a Nelly Evans Risco, ex – monja, educada en uno de los colegios más exclusivos de Lima y encargada de dar refugio al líder terrorista. Era tía de Maritza Garrido Lecca. La policía afirma que al ser capturada, la sobrina y su esposo asumieron sus funciones.
Siguiendo esa pista, los agentes del GEIN llegaron el 27 de julio de 1992 a una casa de Surquillo, ubicada en el 459 de la calle Uno, urbanización Los Sauces. Allí vivían Carlos y Maritza, que fueron apodados los “Lolos”. En el primer piso, Maritza tenía su academia de danza, frecuentada por sus alumnas, amigas del jet-set limeño y compañeras de baile. Carlos salía temprano todos los días cargando una mochila y sus planos bajo el brazo. Era la fachada perfecta hasta que cometieron un grave error. Los agentes revisaron las bolsas de basura provenientes de la casa. Eran demasiados residuos para dos personas. También encontraron cajetillas de cigarrillos Winston Life e Yves Saint Laurent. Ni Carlos ni Maritza fumaban. Según sus datos, eran las marcas preferidas de Abimael Guzmán y de Elena Iparraguirre, cabecillas de Sendero Luminoso.


Dos enamorados habían pasado casi todo el día del 12 de septiembre besándose y abrazándose en una bodega frente a la casa de Maritza Garrido Lecca. Eran los agentes Gaviota y Ardilla, que en realidad no necesitaban actuar porque eran novios de verdad. Estaban nerviosos y entusiasmados: había llegado el Día D. Cerca de los 8:45 de la noche, escucharon el golpe metálico de la puerta al abrirse. Ardilla intercambió una mirada rápida con Gaviota:
- Ahora es. ¡Prepárate!- dijo, mientras desfundaban sus revólveres.
Los primeros en salir fueron Celso Garrido Lecca, tío de Maritza, con su novia, la bailarina Patricia Awapara. Los esposos los estaban despidiendo, cuando vieron aproximarse a un hombre y una mujer vestidos de civiles, apuntándolos con sus armas. Carlos se abalanzó sobre Ardilla y trataba de quitarle el arma. Maritza gritaba a todo pulmón:
- ¡Qué pasa! ¡Nos asaltan! ¡Qué buscan ustedes!
La bailarina sabía que la policía los había encontrado, y sus gritos de fingida confusión eran para alertar a los que estaban en el segundo piso. Gaviota alzó el brazo y disparó al aire. El sonido paralizó a Carlos. Los agentes redujeron a los cuatro y Gaviota se encargó de llevarlos a la sala. A Maritza la tiró boca abajo, le puso un cojín encima, le vendó los ojos y le amarró las manos. Como sus compañeros se demoraban, Ardilla subió solo al segundo piso. Temblaba de pies a cabeza cuando encontró a Abimael Guzmán, sentado tranquilamente en un sillón con el televisor encendido, rodeado por Elena Iparraguirre, Laura Zambrano y María Pantoja, la cúpula de Sendero Luminoso.
- Está bien, muchacho, ya perdí.- le dijo Guzmán al agente que lo apuntaba con su revólver.


“¿Alguna vez ha permanecido, aunque sólo sea por un momento, en un cuarto tan pequeño que le impida mover su cuerpo normalmente? Ahora, ¿se imagina qué significa esto para una persona que naturalmente se expresa a través del movimiento al punto que ha hecho de él su profesión y modo de vida?”. Maritza Garrido Lecca describe así su vida en la primera parte del libro “Libertad para Danzar”, que escribió en el 2005 desde su celda de máxima seguridad en el penal Santa Mónica.
Después de su captura en 1992, la bailarina pasó quince días en la sede de la DINCOTE y finalmente llevada a una base militar en La Joya (Arequipa). Encadenada a una silla incrustada en el piso, fue sometida a un juicio castrense en una sala rodeada de espejos que le impedía ver los rostros de los jueces. Un soldado la apuntaba directamente con su fusil, mientras leían su sentencia:
- Cadena perpetua por Traición a la Patria.
- Porque es una dirigente en potencia.- agregó otro.
- ¡Entonces encierren a los niños!- exclamó Maritza, iracunda.
En el 2005, el Poder Judicial inició nuevos juicios contra los senderistas. Maritza recibió veinte años. La verdad sobre el papel de la bailarina dentro de Sendero Luminoso permanece como una incógnita. Ella repite el mismo argumento: que no sabía nada y que no existen pruebas concretas en su contra. Según Benedicto Jiménez, existen fotografías y videos que la incriminan, y afirma que Maritza se encargaba de organizar las reuniones del Comité Central, de recoger documentación del extranjero, hacer llamadas a los contactos desde cabinas públicas y traducir documentos del inglés al castellano. Por otro lado, Óscar Ramírez Durand, jefe militar de Sendero Luminoso, dice que ella era alguien sin importancia, pues nunca estuvo presente en una sesión oficial, solo en celebraciones o reuniones sociales. Lo único cierto es que está bailando en la oscuridad.

martes 11 de noviembre de 2008

Días de Santiago

Las comparaciones son odiosas, cuando se trata de un viaje. Lo importante es disfrutar y no pensar cuándo será la hora de llegada o de partida, sobre todo, si entre las sorpresas que nos tiene reservada la vida, conocemos a alguien encantador.

- Hola, ¿cómo estái? Sí po’, acabamo’ de aterriza’, pero no puedo baja’ todavía, el pasillo etá lleno, ¿cachái?- dijo el hombre cuando contestó su celular.
Al escuchar esta bizarra configuración de la lengua castellana, sé que ya no estoy más en el Perú. Después de tres horas y media de vuelo, encadenada a un asiento vertical y sometiendo con el Ipod a una masiva descarga melódica a mis ya inflamados oídos, hemos aterrizado en una metrópolis próxima al Polo Sur. Janice, mi compañera en este viaje, cierra su libro sobre el cerebro emocional y se quita los lentes rectangulares que le dan un aire intelectual. Luce agotada. No quiero imaginarme como me vería yo frente al espejo. Cruzamos la manga que une al avión de LAN con el aeropuerto Andrés Merino Benítez, que nos recibe, solitario, en medio de un silencio sepulcral. Después de pasar bajo la severa mirada de la Policía Internacional, llegamos a las luminosas tiendas del Duty Free al ritmo de música disco: hay perfumes, chocolates y souvenirs por doquier. Janice compra el perfume que olvidó en Lima. Mientras tanto, me apresuro a empujar el carrito con las pesadas maletas y, al cruzar la puerta, sé que es la salida del aeropuerto, pero también, la entrada a Santiago de Chile.
Es lunes a medianoche. El cielo se asemeja a un inmenso manto negro sin estrellas. A cada segundo que pasa, el frío es más intenso. Dos miembros de la familia Ruiz, emigrantes peruanos que me acogerán en su hogar, nos recogen del aeropuerto en una camioneta pick-up blanca. Christian pisa el acelerador y avanza a ciento veinte kilómetros por la despejada autopista que nos llevará a Santiago. Empieza a llover. Él trata de ver a través del salpicado parabrisas y yo de la ventana empañada, que me sirve como una suerte de marco para las fotografías que captura mi mente de estos lares. Los campos se extienden hacia un nebuloso, incierto horizonte; los álamos se multiplican a lo largo de nuestro camino y… de súbito, nos encontramos dentro de un amplio túnel alumbrado por pequeños faros de neón verde. Diez minutos después, salimos, por fin, a la capital. Mi primer recuerdo es el de un Santiago atrapado entre sus altísimos edificios, como una acuarela pintada con la brumosa luz de los postes y los colores de la noche. Las paletas publicitarias anuncian el estreno de la película Oxford Crimes, así como el de un especial de TV sobre Salvador Allende. Irónicamente, la señora Ruiz se jacta de que todo el desarrollo que estoy observando se moldeó gracias a la mano de hierro de Augusto Pinochet.



Los primeros tres días de mi viaje los pasé en una modesta casa de madera de la comuna Las Condes, ubicada en el sector oriente de Santiago. Debe curiosamente su nombre a unas condesas peruanas que vivían en uno de los fundos de la zona a comienzos del siglo XX. En ese entonces, los extensos terrenos de Las Condes habían sido campos agrícolas; hoy, conservan la humedad y la vegetación como frágiles recuerdos de su pasado bucólico, ya que el cemento es el símbolo de su presente urbano.
- Hija, tengo que decirte algo. Estamos sin calefacción. Se malogró hace tres meses.- anunció, fatalista, la señora Ruiz.
Y como si no fuera suficiente, agregó:
- Y la llave de agua caliente de la ducha se rompió. Así que aquí todos nos bañamos con agua helada.
Helada me quedé después de escucharla. Me sentí como una Bridget Jones en medio de una racha de mala suerte. Pero, al igual que la regordeta inglesa, tenía que hacer frente con estoicismo y una sonrisa a la presente situación. ¡Estaba a miles de kilómetros lejos de casa! Nada ni nadie iba a impedir que disfrutara este viaje. Así que tuve que ingeniármelas. El baño se convirtió en una suerte de ritual: calentaba el agua con el hervidor eléctrico y la mezclaba con agua fría en un balde. Luego, usaba un bol para bañarme. En las noches, la temperatura podía descender hasta menos tres grados. Vestía un atuendo - que era todo menos pijama - con el que parecía una esquimal: calentadores, pijama de polar, bata de polar, medias de lana y guantes. Sin contar, por supuesto, las cinco frazadas que envolvían mi cama y las innumerables tazas de manzanilla calientita. Y aún así, el frío seguía atrapado en mis rodillas. Las mañanas sirvieron para reencontrarme con un pasatiempo que creía perdido: las caminatas. Recorrí la avenida Paul Harris y las calles cercanas. Hay un parque con juegos sin niños y con bancas sin enamorados. El invierno es soleado y melancólico. Arriba, justo debajo del cielo, los cerros albergan las portentosas casas de la clase alta santiaguina. Y detrás, siguiendo la línea del horizonte, la Cordillera de los Andes exhibe sus montañas azules con un topping de nieve. ¿Podría esta norteña, acostumbrada al calor de la línea ecuatorial, resistir el frío del fin de Sudamérica?




- ¿Eres colombiana?- preguntó la secretaria, con una sonrisa afable.
Me encontraba en la mesa de inscripción para el evento que era el principal motivo de mi viaje a Santiago: el V Congreso Mundial para el Talento de la Niñez, organizado por la Fundación ELIC y auspiciado por la UNESCO. Le devolví la sonrisa a la secretaria y le dije no, yo no vengo de la tierra del café, sino de la de Macchu Picchu. La cita se dio en el Centro Cultural Gabriela Mistral, construido en 1972 por el gobierno de Allende y ubicado en pleno corazón de Santiago Centro. Fueron cinco jornadas de intenso intercambio cultural, de conocimientos y de experiencias, en las que cerca de cuatrocientas personas de todas partes del globo – científicos, educadores, artistas, comunicadores, entre otros – trabajábamos para impulsar el potencial de la niñez. En una tarde pude conocer parte de la zona antigua de Santiago, caminando por la avenida Libertador O’Higgins. Se respira un aire europeo. La arquitectura neoclásica domina el escenario: para muestra, el Palacio de la Moneda o la Universidad Católica de Chile. Los carabineros, enfundados con sus abrigos marrones y apostados en cada esquina, saludan cordialmente a los apresurados transeúntes. Al borde de las veredas, los escasos ambulantes ofrecen barras de chocolate Cadbury y Nestlé. Prometen que con un mordizco ya no sentiré más frío.
En el metro, una chica lee la última novela de Carlos Ruiz Zafón mientras saborea una manzana. Hinchas del Colo Colo saltan y corean el himno del equipo de sus amores. Dos enamorados se funden en un profundo beso. Son casi las seis de la tarde y la mayoría de santiaguinos retornan a sus hogares. Janice y yo hemos salido a conocer el otro lado de la ciudad, al que llegaremos en quince minutos por la línea L3. Las puertas se cierran. Hay que sujetarse con fuerza, mientras todo se acelera. Un afiche reza ¿Sabe Ud. de qué están hechas las cosas? y explica en cinco párrafos el origen de la materia. Así como éste, son muchos los carteles en Santiago con similar contenido: muestra tus buenos modales, dile no a las drogas, protege el medioambiente. Es evidente cómo se impulsa la educación y la cultura en esta sociedad.
Llegamos a la Escuela Militar, última estación del metro en la comuna Providencia, vecina de Las Condes. Subimos a uno de los buses verde y blanco de Transantiago. Un panel electrónico sobre el parabrisas anuncia el número y la ruta a la que se dirige. Pasamos la tarjeta Bip! por el sensor electrónico y automáticamente cobra el pasaje. Qué tranquilidad sin la música chicha a todo volumen, sin las frenadas en seco que sacan el alma del cuerpo y sin los empujones de los otros pasajeros: el chófer sólo se detiene en las paradas que le corresponden. La nuestra es el mall Parque Arauco, el más exclusivo de Santiago. Construido al aire libre en tres niveles, este shopping center enciende sus letreros de luces multicolores. Los concurridos restaurantes y cafés rodean un pequeño escenario donde toca una banda de rock, y el blah blah blah se pierde con las tonadas de You Get What You Give. Chicos y chicas llegan en relucientes BMW y Mercedes Benz, usan lo último de moda - con gamas entre morado, negro y gris - con peinados de peluquería y hablando con sus nuevos Iphone 3G. Acompaño a Janice a comprarse unas zapatillas: ya no aguanta las altísimas botas con las que ha caminado todo el día. Mientras buscábamos en Ripley, un chico delgado y de ojos verdes se acercó, haciéndose el disimulado. Nos preguntó, coqueto, de dónde éramos y que hacíamos en Santiago.
- Me llamo Guido, ¿y tú?
- Andrea.- le respondí y, en un rápido movimiento, capturó mi mano entre las suyas.
- Tienes las manos tan suaves… como el papel higiénico.
Tuve que hacer un gran esfuerzo para no reírme frente a él, pero su rostro tomó el color del tomate y más aún cuando Janice le dijo chau de una vez. Se despidió rápidamente y su figura se perdió entre los maniquíes.



Conocí a Daniel, como diría Kundera, por dos casualidades. El domingo asistimos, después de la última conferencia del día, al concierto “Sinfonía Oriente y Occidente” de la Orquesta Sinfónica Estudiantil Región Metropolitana, en el campus de la Universidad Andrés Bello. Mientras la música erizaba los sentidos, nuestras miradas se cruzaron furtivamente. Primera casualidad. Un amigo común nos presentó y conversamos durante el regreso al Centro Cultural Gabriela Mistral. Janice había salido con unos amigos a cenar y yo no sabía cómo regresar al hospedaje. Segunda casualidad. Daniel vivía en una casona en una calle paralela a la mía, así que me acompañó junto con Gabriel, su roommate, y Yolanda, una comunicadora cuzqueña que también se hospedaba en San Marino. Así, los cuatro nos “perdimos” entre los caminos del centro de Santiago. Daniel y yo reíamos intercambiando las jergas de nuestros países; éramos una aspirante a escritora y un fotógrafo amateur hablando sobre el arte y con un paisaje no menos artístico: plazuelas, cafés, museos y calles adoquinadas. Una noche inmortalizada.
"Pasajeros de LAN con destino a la ciudad de Lima, sírvanse abordar la puerta de embarque 18". Estoy en el avión de regreso, soñolienta, pero recordando los días de Santiago. Pienso en lo maravilloso que es viajar. Por la ventanita observo un mar de nubes y el horizonte multicolor que despide a la luz y da la bienvenida a la noche. Aterrizamos con una hora de retraso en Lima porque el viento sopló fuerte y en contra, como anunció el capitán. En el aeropuerto Jorge Chávez llueve como nunca. Como el primer día en Santiago.

Octubre 2008

(Publicado en Dia Treinta)

viernes 12 de septiembre de 2008

Clubes Trujillanos

¿Para qué fundan clubes los seres humanos? ¿Para diferenciarse de quienes no pueden acceder a ellos o para hacer más entretenidas sus vidas? Un recorrido por los tres principales clubes de Trujillo nos descubre parte de una historia olvidada.

Pareciera ser que los clubes fueron creados con un solo propósito: unir al hombre con otros hombres, para apoyarse unos a otros mientras lidian con una carga tan pesada como la soledad. Es como un feedback de compañerismo, digamos. Ya los había en los tiempos remotos: cazadores, pescadores, recolectores, entre otros; en Roma y Grecia existían grupos que se enfrascaban en juiciosos debates sobre filosofía, metafísica y política. Pero la palabra “club”, como la institución que promueve la amistad y la socialización entre sus miembros, recién se hizo popular en Inglaterra a mediados del siglo XVII con la introducción de los coffee houses, puntos de reunión para las tertulias literarias y para, de paso, criticar despiadadamente a la corona británica. Así, los clubes, como las personas que los conforman, son mundos individuales que han ido multiplicándose hasta convertirse en una suerte de universo de infinitas posibilidades. En Trujillo los hay, y muy tradicionales.
Es un lunes, día ideal para un tradicional shambar en el Club Central, pero todavía no es hora de almuerzo. Un voraz sol de mediodía eleva temperaturas y rememora los estragos del calor del pasado verano. En el patio, las mesas rodean a la fuente de agua. Un grupo de elegantes señores beben pisco sour y fuman a raudales, mientras se carcajean con un chiste sobre un político peruano. Una nube de humo gris baila sensualmente sobre sus cabezas. Más allá, una pareja de treintañeros en pleno flirting intercambia mimos y besos fugaces. Él, rubio y parecido a Heath Ledger, tiene la mirada perdida en ella, espigada y con un aire a Kate Moss. Un mozo, inmaculado, con su uniforme blanco de botones dorados, se acerca a tomar el pedido. No podríamos referirnos al Club Central sin antes hablar de su sede: el Palacio Iturregui. Edificada a mediados del siglo XIX, perteneció al general lambayecano Don José Manuel Iturregui y Aguilarte. Este prócer de la Independencia encargó a diversos artistas de Europa y América Central la construcción de su pomposo hogar. Él les entregó un terreno de 3350 metros cuadrados y ellos le devolvieron un palacio neoclásico de cuarenta y tres habitaciones, dos patios, dos salones principales, decorado con laja arequipeña, mármol, pan de oro, arañas de cristal, finos tallados en madera y las tradicionales ventanas coloniales de fierro fundido. El 15 de noviembre de 1895 se fundó el Club Central. Su primer presidente fue Don José Ignacio Chopitea. Desde entonces, para integrarse a este club es requisito ser presentado por un socio activo; luego, si los trece miembros de la Junta Directiva lo aprueban, se paga una inscripción de dos mil quinientos dólares. La cuota varía de acuerdo al tipo de socio: ciento veinte soles mensuales para los socios activos, doscientos cuarenta soles anuales para los socios ausentes (viven fuera de Trujillo) y trescientos sesenta soles anuales para los socios transeúntes (gerentes de los bancos). El Club Central fue hace tiempo sinónimo de un club sólo para caballeros - un equivalente al Club Nacional de Lima - pero desde el mes pasado se aprobó una ley para que las damas también puedan ser socias, aunque hasta el momento no hay ninguna.
Golfistas, tenistas, nadadores, futbolistas, voleibolistas, basquetbolistas, corredores. Hombres y mujeres. Vestidos con Lacoste o con un sencillo polo de algodón. Igual la sudan. El Golf y Country Club está conformado por pequeños campos de reunión y de batalla, donde deportistas de todas las edades y todos los background entrenan con disciplina inquebrantable, ya sea bajo el sol o la lluvia. En 1965, Don Guillermo Ganoza Vargas se dio cuenta que faltaba en Trujillo un centro de esparcimiento, uno parecido al Country Club, el que solía visitar en Lima. Entonces, se asoció con un grupo de amigos bajo el nombre “Inmobiliaria Trujillo Country Club S.A.”. Las obras comenzaron en 1966, a cargo del arquitecto Miguel Ángel Ganoza Plaza en un terreno ubicado en la ex – hacienda La Encalada (hoy Urb. El Golf). Una vez inaugurado, familias enteras solían congregarse allí para disfrutar de la piscina y los comedores. Se reunían en los famosos almuerzos dominicales, amenizados por una orquesta local hasta las cinco de la tarde. En ese entonces, para ser socio era obligatorio comprar una acción de la empresa constructora. Hoy, el requisito es llenar el formato de Solicitud de Socio y ser presentado por dos socios activos. La Junta Calificadora evalúa la solicitud y, si es aprobada, es enviada al Directorio para su aprobación. Luego, como Cuota de Ingreso pagará siete mil soles y una mensualidad de ciento veinte soles.
Aunque no tiene el conocido aviso de fondo amarillo con el dibujo en negro de “Hombres Trabajando”, definitivamente el Club Libertad está under construction. Los albañiles circulan. A lo lejos hay indicios de una (re) construcción. Aunque es, evidentemente, un club deportivo, en esencia parece que sus directivos quieren dejar todo en orden para la temporada del concurridísimo Concurso Nacional de Marinera, las salerosas peñas y el níveo Baile del Perol cada verano. Quizá es su única preocupación en esta época, pero no siempre fue así. Fundado en 1886, el Club Libertad nació como una sociedad de tiro al blanco. Un grupo de honorables trujillanos creían con pavor que tras la vergonzosa derrota en la Guerra del Pacífico, llegaría una nueva guerra; por ello decidieron enseñar a los jóvenes como tener una puntería a lo Robin Hood. Con el tiempo se fueron integrando otras actividades deportivas y sociales. En 1960, Don Guillermo Ganoza Vargas le sugirió a su hermano Juan Julio, por entonces presidente del Club Libertad, que organizara un concurso de marinera para reivindicar el valor de nuestra danza. El resto es historia. Para ser socio sólo se necesita pagar un ingreso de dos mil soles y una mensualidad de cien soles.
Eso sí, no olvidar que para entrar a cualquiera de los tres clubes, ser mayor de edad y gozar de una buena reputación.

Agosto 2008
(Publicado en Dia Treinta)

martes 19 de agosto de 2008

Encuentro Novia


El sábado fue la presentación en Trujillo del libro “Busco Novia”, basado en el popularísimo blog del periodista limeño Renato Cisneros. Para mi (grata) sorpresa, fui invitada por mi profesor Luis Eduardo García para ser una de las presentadoras junto con Pepe Hidalgo, periodista de La Industria. A las 7:30 p.m. nos reunimos todos en la librería Crisol e increíblemente, los nervios que sentí los días previos se fueron disipando, el nudo que me apretaba el estómago se fue soltando. Es extraño, ya que cuando uno va a hablar en público se siente morir, ¿no?. Todas las miradas posándose en un mismo punto: tú. Pero esa noche parecía que un manto de serenidad nos cubría. El propio Renato, muy simpático, estaba tranquilo y risueño. Creo el ambiente cálido (familia, amigos, compañeros, conocidos), aunado al entusiasmo de una primera experiencia como presentadora, fue decisivo.
Dos chicos de Starbucks ofrecían amablemente shots de café para calmar el frío, mientras los asistentes llegaban uno a uno y se atiborraban en el cada vez más reducido espacio. Si vamos a las cifras, el 80% de la sala había sido invadido por un tropel de chicas que, armadas con sus mejores sonrisas y sus cámaras digitales, inmortalizaron cada minuto de la velada. Miraban con ilusión al busconovia materializado, por supuesto. Después de la presentación inicial, mi turno:
“Buenas noches a todos. No podría comentar el libro Busco Novia sin antes hablar del blog que lleva el mismo nombre. Recuerdo que el año pasado me reuní con unos amigos para crear nuestros blogs, pero no sabíamos de que escribir. Justo un amigo me pasó la voz de que había uno muy interesante en la web de El Comercio y que se estaba volviendo muy popular. Llevaba por título: Busco Novia. Al dar click, me di cuenta de que el autor no era otro que el periodista Renato Cisneros. Ya había leído antes sus crónicas en El Comercio y desde entonces, me gustaba su estilo libre, fluido y rico de metáforas. Al leer su blog, me gustó mucho la idea del diario personal de un soltero que, entre las vivencias del día a día y las reflexiones nocturnas, desnuda las relaciones amorosas y nos las muestra tal y como son, en su verdadera esencia. Porque el estilo de Renato, alimentado por la vena poética y la crónica periodística, dos géneros que ha sabido cultivar hábilmente, es meramente metafórico y que es justamente su fuerte, ya que al ir leyendo sus anécdotas, permite echar a volar la imaginación y trae el recuerdo de tantas situaciones que nos resultan familiares y que seguramente hemos pasado, estamos pasando o pasaremos en las arenas movedizas del amor. Quizá su rotundo éxito reside allí: que todos los que lo leemos descubrimos que somos sólo unos principiantes. Lo que cautiva, a mi parecer, es la delgada línea que divide la realidad de la ficción: por momentos ya no sabemos si el que escribe es Renato, el periodista y poeta, o RC, el buscanovia que estampa su firma al final de cada post. Aunque la ficción es sinónimo de realidad, en este caso. El libro “Busco Novia” agrupa los 30 mejores posts del blog, y en cada uno, los 5 mejores comentarios del público. Lo novedoso del libro es su formato: planteado como un blog, cuenta con fecha y con el cuadro de comentarios respectivo, lo que le suma puntos a la creatividad del mismo. Los dibujos del artista Alfonso Vargas Saitua, alias Robotv, que acompañan cada post y juegan con la idea de la mezcla de inocencia infantil con los encuentros eróticos al estilo de El Principito. Pero, porsiacaso, Busco Novia no es un manual de instrucciones para buscar pareja. Son las vivencias y reflexiones que un soltero empedernido comparte con nosotros, y que nosotros compartimos con él con nuestros comentarios, un soltero que aun no se ha dado por vencido. Muchas gracias”.
Todo salió muy bien. Después fue el turno de Pepe Hidalgo, que hizo una reflexión general sobre el amor y la vida en pareja. Finalmente, el más esperado de la noche: Renato. Contó, muy suelto de huesos y sin dejar de ser ameno, la historia del blog, las razones que lo llevaron a escribir esta bitácora virtual, sus teorías sobre el amor y las parejas, entre otros. Según diversas fuentes, Busco Novia es el blog más leído de habla hispana. Vale.